La despedida

1871 Words
Amy estaba hablando, su voz era un lamento desgarrador. —Llevé al enemigo a casa, Mamá. Lo llevé yo. Todo por culpa de mi estúpido corazón. —No digas eso, hija —respondió Francesca, su voz era más fuerte ahora, defensiva. —Tú no eres la culpable. No eres culpable de enamorarte de un hombre que solo quería vengarse. —Aun así me siento culpable —dijo Amy. —Yo… lo amo. Lo amo con todo mi corazón, Mamá. Incluso sabiendo quién es, sabiendo que mintió, sabiendo que es un monstruo… El aire se congeló en mis pulmones. Me apreté contra la pared, incapaz de moverme. Francesca continuó, tratando de consolarla. —Ese dolor que te ha provocado hará que lo olvides, Amy. Con el tiempo, la traición superará al amor. —Eso no es posible —dijo Amy, levantándose del sofá, su voz estaba cargada de una desesperación madura y resignada. —No lo olvidaré tan fácil. Además, me pongo en su lugar, Mamá. Mi padre le destruyó la vida a él y a sus padres. Entiendo en cierto punto su venganza… Hubo un silencio, y luego la voz de Amy se quebró en un llanto de agonía. —Pero lo que no entiendo… lo que no puedo perdonarle… es que me haya usado para hacerlo. Francesca se levantó y la abrazó con fuerza mientras, Amy lloraba amargamente. —Me usó… para destruir a mi propia familia… Y aun así… no puedo dejar de amarlo. Al escuchar todo eso, no pude evitar sentirme absurdamente mal. Mi victoria se desmoronó. Lo que había comenzado como una venganza fría y calculada se había convertido en un amor prohibido, mutuo, contaminado por la traición. La ruina de los Morrow era un hecho, pero la ruina de mi corazón era un daño colateral que no había previsto, y el dolor de Amy era insoportable, especialmente sabiendo que ella, la víctima, todavía me amaba. El monstruo había ganado el juego, pero había perdido lo único que le quedaba por ganar: la oportunidad de ser feliz. Los días que siguieron a la confesión fueron un purgatorio. Amy y yo éramos dos extraños forzados a compartir el mismo lugar en la mansión. Apenas nos mirábamos, yo me refugiaba en la biblioteca o en el despacho de Tadeo, ahora mío, planeando la liquidación de los activos restantes, mientras ella evitaba cualquier pasillo que nos acercara. Finalmente, llegó el día en que Tadeo Morrow fue dado de alta del hospital. Era de noche cuando regresó a la mansión. Entró apoyado en un bastón, frágil, pero con la misma arrogancia intacta en sus ojos. Francesca lo ayudaba, su rostro estaba marcado por la ansiedad. Y allí estaba yo, esperándolo. De pie en el salón principal, con una copa de whisky en la mano, un símbolo de mi nueva posición como amo y señor. Tadeo me vio y su respiración se aceleró, su rostro se tornó de un color escarlata peligroso y se soltó de Francesca. —¡Márchate! —exigió, su voz era débil pero llena de ira. —¡Márchate de mi mansión! Llevé la copa a mis labios, saboreando el líquido y el momento. —No puedo irme, Tadeo —dije con una calma condescendiente. —Hice un tratado con tu esposa, Francesca, y tu hija, Amy. Tadeo se giró hacia Francesca, buscando una negación. —Francesca, ¿qué locura es esta? Francesca bajó la mirada, incapaz de sostener la de su marido. —Tadeo, para pagar los gastos médicos… y para mantener la casa. Tuvimos que aceptar que él se quedara. No tuvimos opción. Tadeo me miró, la ira luchaba contra el miedo. —Eres un hombre perverso, Bastian. Utilizar la enfermedad de un hombre… para seguir vengándote, habla de lo que eres. —Perverso, dices —respondí riendo, mi sonrisa era cortante. —Eso seguro lo aprendí de ti, Tadeo. ¿Recuerdas quién me enseñó que la debilidad es una herramienta y que la vida de otros es un precio justo por la ambición? —No aprendiste bien. Yo lo hice por mantener mi imperio. —Y yo lo hago por reclamar lo que me robaste. —¡Basta! —Amy intervino con la voz fuerte, interponiéndose entre nosotros. Su rostro estaba lleno de resentimiento hacia mí y asco hacia su padre. —Basta ya. Lo que le hiciste a los padres de Bastian es imperdonable, papá. Tadeo se quedó atónito ante la defensa de su hija. —¿De qué lado estás, Amy? ¿Del lado de tu familia o del lado de un mentiroso que se infiltró en nuestras vidas? —Estoy del lado de la verdad —respondió Amy, sin titubear. —Y tu verdad es imperdonable. Tadeo, herido por la traición de su propia hija, apuntó hacia mí con su bastón. —¡No te olvides que Bastian te usó para vengarse! ¡Te mintió, te engañó, y sobretodo te humilló! Amy se encogió de brazos. El dolor regresó a sus ojos, pero se mantuvo con la frente en alto. —No lo olvido y jamás le perdonaré eso. Jamás. No dije nada más, mi victoria era clara. La familia estaba quebrada moral y financieramente. Dejé la copa de whisky sobre la mesa de la sala y me dirigí a las escaleras, rumbo a la habitación. Entré en la habitación de matrimonio, ahora mi celda personal. Abrí un armario y saqué la maleta que había traído hace meses. Era hora de irme, no podía quedarme más tiempo allí. La venganza había terminado. Mi presencia solo servía ahora para infligir un dolor innecesario. Empecé a echar mis cosas, doblando metódicamente la ropa y guardándola. Amy entró en la habitación. Estaba pálida, observando mis acciones. —¿Qué haces? —preguntó, desconcertada. —Me voy —respondí, sin mirarla. —Ya me voy, Amy. Cumplí mi objetivo. La mansión, la compañía, las cuentas en el extranjero. Todo es mío. Me detuve, levanté la vista y la miré a los ojos por última vez. —Y, por cierto, el día de la fiesta de compromiso, lo que Tadeo firmó no fue un simple acuerdo de negocios. Fue un documento donde cedía todos los bienes a mí, para yo hacer el uso que me venga en gana. La noticia final, la última traición, la pulverizó. Amy se acercó a mí, sus ojos estaban llenos de una ira helada y una pena inconmensurable. Levantó la mano y me dio una bofetada. Esta vez, el golpe no fue de ira confusa, fue de absoluto odio. —Te odio —dijo, con la voz entrecortada. —El odio es mutuo, Amy —respondí, sintiendo la mentira en mi boca, pero la tenía que decir. La tenía que alejar. Terminé de empacar, cerré la maleta y me dirigí hacia la puerta. Mi mano estaba en el pomo. Un paso más, y sería libre de mi promesa de venganza. —Bastian —dijo Amy. Me detuve. No dijo nada más, solo mi nombre. No dijo “no te vayas” ni “te amo”. Solo mi nombre, una sola palabra que no haría cambiar nada, aunque el fondo deseaba que fuera exactamente eso, un cambio. No quise mirar atrás, yo sabía que si miraba hacia atrás, me quedaría y no podía. No podía quedarme. Sin voltearme, logré contestarle. —¿Qué quieres, Amy? Hubo un silencio agonizante en la habitación y eso me ayudó a escuchar su respiración. —Quiero saber —dijo, con la voz apenas audible. —si en tanta venganza, llegaste a quererme, aunque sea un poquito. La pregunta era simple y directa. Era la única pregunta que importaba. Me giré. La maleta de cuero se deslizó de mi mano, cayendo con un golpe sordo en la lujosa alfombra y meacerqué a ella. Amy estaba de pie, con los ojos húmedos, el rostro dolido por el odio, pero la vulnerabilidad de su pregunta era la rendición final de su corazón. No dije nada, las palabras no servían, las palabras eran mentiras, herramientas de destrucción. Caminé hacia ella. Vi la confusión en sus ojos mientras acortaba la distancia. Puse mis manos en sus mejillas, sintiendo la suavidad de su piel, el leve rastro de la bofetada que aún ardía en mi mejilla. La atraje hacia mí y sin pensármelo dos veces, la besé. El beso fue un acto de desesperación, un torrente de arrepentimiento, amor prohibido, odio, y la necesidad de grabar su sabor en mi memoria. Ella dudó un instante, y luego se aferró a mí. El beso se hizo más apasionado, un diálogo sin voz donde ambos nos perdonábamos y nos condenábamos al mismo tiempo. El abrazo era la confirmación de la verdad, No, no solo la quería, la amaba. La amaba más de lo que amaba mi venganza. La levanté en mis brazos sin romper el beso. Quité el vestido que llevaba y cayó al suelo. La llevé a la cama, rindiéndonos por última vez a la pasión que había nacido en la mentira, pero que había crecido con una verdad irrefutable. En ese último encuentro, en la habitación de la mansión de su padre arruinado, nos convertimos en el amor más prohibido y destructivo que jamás pudo existir, sellando nuestro destino en la desesperación. Después que todo terminó, me levanté de la cama, mi cuerpo se sentía exhausto pero extrañamente sereno. Me vestí rápidamente sin mirarla, cada prenda que me ponía era una armadura que sellaba la promesa que acababa de romper y renovaba la que había hecho hace años. Amy se sentó en el borde de la cama, observándome en silencio. Había una dignidad terrible en su dolor. —Eso fue una despedida —afirmó, no como una pregunta, sino como una dolorosa conclusión. Me abroché la camisa y la miré a los ojos. —Estás en lo correcto. No me podría quedar, Amy. No puedo vivir al lado de la hija de Tadeo Morrow. Confieso que voy a odiar a ese hombre toda mi vida. Amy me miró con tanto dolor, aceptando la inevitabilidad. —Lamento todo lo que mi padre te hizo. Lo lamento profundamente. Pero usarme para una venganza... no era la forma, Bastian. Yo no tenía la culpa. —Para mí era la única forma —respondí, Mi garganta esa a a punto de cerrarse pero no lo permití. No podía ofrecerle consuelo, solo la verdad desnuda. —Entonces, ¿qué vas a hacer ahora? —preguntó, poniéndose de pie. — ¿Qué vas a hacer con nosotros? Conmigo y con mis padres. —Están en bancarrota, Amy —dije, señalando el vacío en sus vidas. —Tadeo arruinó la empresa. Todo lo que tenían me pertenece. La casa, la empresa, las cuentas. Todo es mío. Amy se llevó la mano a la boca. La magnitud de su derrota era inmensa. —Jamás pensé que estaba entrando un monstruo a mi familia. Un ser tan frío y calculador. —El único y verdadero monstruo es tu padre —dije, mirándola fijamente a los ojos. —Será mejor que termines de irte —dijo, dando un paso atrás. —Ya no puedo verte más a la cara. Tomé la maleta y me dirigí a la puerta. Era el final.
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