El verdadero monstruo.

1815 Words
Al bajar las escaleras, el encuentro con Tadeo y Francesca fue inevitable. Tadeo me esperaba en el hall, su rostro pálido, apoyado en el bastón, con Francesca a su lado, buscando una fuerza que no tenía. —¡Bastian! —rugió Tadeo, usando mi nombre en su boca con fuerza. — ¡Devuélveme todo lo que me quitaste! ¡Ahora mismo! Abrí mi maleta, fingiendo buscar algo, y luego me reí. Una risa amarga y despectiva. —Eso no va a pasar, Tadeo. No, Porque tú nunca le devolviste nada a mi padre. ¿Recuerdas? Murió en prisión por tu culpa. Tadeo estalló de ira. —¡Tu padre era un mediocre! ¡Un ingenuo! Confiaba ciegamente, y por eso le pasó todo eso! En los negocios no se confía, se calcula. —Parece que tú también eras un mediocre, Tadeo —dije, mi tono era cortante como el hielo. —Porque confiaste en el hijo. Me diste las llaves de tu imperio. ¿Qué clase de hombre de negocios hace eso? —¡Esta venganza no resultará con frutos! ¡Yo haré que tengas que devolverme todo! ¡Iré a la justicia! —Ve a la justicia, Tadeo —dije, sintiendo el placer del último golpe. —Ve, y yo les enseñaré todas las pruebas que tengo en tu contra. Tadeo se quedó en silencio, una duda mortal reflejada en sus ojos. Él sabía que su confesión a mí, el extorsionador, era una prueba letal. —No es cierto. Solo tienes la confesión que me hiciste aquí. No tienes nada más. Sonreí, era la sonrisa era de depredador. —Grabé todo, Tadeo. Nuestra conversación en la sala de reuniones, cuando te jactaste de arruinar a mi padre, y la conversación en el hospital, donde me confesaste que habías comprado al juez. Con esa confesión irías a la cárcel de por vida. Tadeo se quedó petrificado; la comprensión de su destino era total. Francesca intervino, su voz era un ruego roto. —¡Por favor, Bastian! ¡Ya dejen de discutir! Nadie irá a la cárcel. Ya estás satisfecho. —Yo iba a ser bondadoso—dije, mirando a Francesca. —Iba a dejarlos quedarse en la mansión, por la súplica de Amy. Pero Tadeo tiene que entender su derrota. Me acerqué a Tadeo, mirándolo a los ojos. —Tienen un mes, un mes para irse. Tienen que desalojar la mansión. Tadeo se echó a reír, una risa histérica y desesperada. —¡Esto no pasará! ¡La casa es nuestra! —Sí que pasará —dije, mi voz no admitía réplica. —El día de la fiesta, cuando firmó el acuerdo, no cedió solo el dinero. Firmó un documento legal donde me cedía todas sus pertenencias a mí. La mansión, la empresa, los activos. Todo, es mío. Legalmente, eres mi inquilino, Tadeo y te estoy desalojando. Tadeo se irritó, la ira lo consumía. —¡Eres un desgraciado! —No más que tú, Tadeo —dije. Levantando mi maleta. —Y tienen solo un mes para dejar la mansión. Disfruta de la libertad, Tadeo. No es tan cómoda como creías. No esperé más respuesta. Me di la vuelta y caminé hacia la puerta. Dejé a los Morrow, rotos, arruinados y sin dignidad. Mi venganza había terminado y con ella, mi vida como Bastian Cross Black. Conduje sin rumbo hasta que me encontré en el camino que llevaba a mi propia mansión. El hogar que mi padre, Jett, había mantenido para mí y, en secreto, para mi madre. Al entrar, sentí que volvía a la única base sólida que me quedaba, pero el lugar se sentía vacío. La victoria no traía paz, solo un silencio ensordecedor. Edward me esperaba en el salón, un vaso de agua en la mano. Apenas me vio, se acercó y me abrazó con una fuerza que no usaba a menudo. —Bastian. Lamento mucho todo lo que está pasando —dijo Edward, palmeándome la espalda. Me separé de él, sintiendo el cansancio de años en mis huesos. —Yo también, Edward. Pero fue lo mejor. Todo terminó. Ya no soportaba estar un minuto más cerca del enemigo, fingiendo. Edward se sentó, señalándome un sillón. —¿Y Amy? ¿Cómo la dejaste? —Se acabó. Definitivamente. No podemos estar juntos —dije, sintiendo la punzada de la verdad. —Aunque… la amo. Pero no puedo quedarme con la hija de ese hombre. —Quizás lo único bueno que tenía Tadeo era Amy —dijo Edward, pensativo. —No lo dudo ni un instante —respondí—. Ella es la única persona inocente en todo esto. Pero ella siempre me recordará el pasado con tan solo mirarla. El dolor de mi padre, la cama de mi madre. Es una herida abierta que no puedo cerrar si ella está a mi lado. Incluso me abofeteó. —Es entendible, Bastian —dijo Edward, asintiendo. —Entonces, lo mejor es que te olvides de todos ellos y comiences a hacer una nueva vida. Ya tienes la libertad y la riqueza que buscabas. —Así es —afirmé. Había llegado el momento de cerrar los cabos sueltos, por dolorosos que fueran. —Tramita mi divorcio con Amy. Que sea rápido, limpio, y que los abogados se encarguen de los detalles. —Lo haré de inmediato. —Y además, notifícale que puede seguir trabajando en la empresa. La empresa ahora me pertenece a mí, su talento es innato. Que se quede si quiere. Edward me miró con una ceja levantada. —Eres muy bondadoso, incluso después de que te abofeteó. —Es la única forma de demostrarle que yo no soy Tadeo —dije, cerrando los ojos. —Gracias, Edward. Gracias por siempre estar conmigo y ayudarme en cada paso de esta venganza. —Eres mi mejor amigo, Bastian. Lo que te hicieron fue algo muy cruel. Estaremos bien, juntos. Me levanté, sintiendo que aún tenía una tarea pendiente antes de poder descansar. —Tengo que salir, debo ir a ver a Alina. Ella está embarazada, y necesito saber cómo va ese embarazo. Edward se puso de pie, su expresión era seria. —Cuando ese bebé nazca, Bastian, tienes que hacerle una prueba de ADN. Podría no ser tuyo. No puedes confiar en ella. —Lo sé —dije. —Es lo que haré tan rápido ese bebé nazca. Es mi precaución final. Salí de la mansión y me dirigí al departamento de Alina. La noche pintaba el cielo de colores y eso me hacía sentir más tranquilo. Al llegar al departamento, toqué dos veces el timbre, y pocos segundos después, Alina abrió la puerta. Lo primero que mis ojos captaron fue su vientre, ya abultado y evidente. Era un recordatorio físico de otra de mis responsabilidades. —Bastian —dijo Alina, visiblemente sorprendida. —No esperaba verte. —Si ese hijo es mío, Alina, me haré cargo —dije, yendo directo al grano. —Es tu hijo —afirmó ella, con una sonrisa demasiado rápida. —Y cuando nazca, le podrás hacer una prueba de ADN. No tengo problema con eso. —Eso es lo que haré. Alina cambió de tema, su tono era más suave y sorprendentemente maternal. —Te ves cansado, Bastian. Siéntate, por favor. Te prepararé un té. —Te lo agradecería mucho —dije, sintiéndome vulnerable. Unos minutos después, Alina me entregó una taza de té. Se sentó frente a mí con su mirada era inquisitiva. —¿Tu esposa sabe que viniste a verme? —Ya no tengo esposa. Aunque sigo legalmente casado, el proceso de divorcio está en marcha —dije, observando su reacción. Alina se sorprendió, pero no pudo ocultar la emoción triunfante en sus ojos. —¿Cuál fue la razón para dejarla? ¿No podía darte un hijo? —Fueron cosas personales —respondí, desviando la pregunta. Alina intentó acercarse, su mano tocó mi rodilla. —Entonces, Bastian, vive conmigo. Podemos criar juntos a nuestro hijo. —Acabo de salir de un matrimonio, Alina. No estoy en condiciones de pensar en otra relación. —No te pido que iniciemos nuevamente una relación —mintió, sus ojos llenos de esperanza. —Solo te pido que vivas conmigo, ya que estoy embarazada. Tengo miedo de estar sola cuando nazca el bebé. —Lo voy a pensar —dije, terminando el té. Dejé la taza a un lado y me levanté. —Debo irme, Alina. —Esperaré tu respuesta. Toqué su vientre brevemente, sintiendo la vida que, quizás, era mía. —Te veré luego, Alina. Pasaron dos meses. Dos meses en los que me sumergí en el trabajo y la soledad de mi mansión. La depresión me había consumido. Había adquirido un imperio, pero había perdido mi alma. Yo mismo me castigaba con el aislamiento. Estaba en el despacho de la mansión, rodeado de informes financieros de las empresas Morrow, que ahora llevaban el nombre de Cross & Black Corporation. Edward entró en ese momento, él era mi mano derecha, mi mejor amigo, el único que entendía toda esta venganza. —Bastian, ya no puedes seguir más tiempo encerrado. Necesitas salir. Tienes un imperio que dirigir. Tienes que hacerte cargo de las empresas que eran de los Morrow. —Lo sé —dije, frotándome los ojos. —Sé que tengo que salir, Edward. Pero esta ha sido la única manera de reprimir mi dolor. Por toda esa venganza… y por el amor de Amy. —Hablando de Amy —dijo Edward, con un cambio en el tono de su voz. —Ella volvió a la empresa. Está trabajando como si nada hubiera pasado y además, me notificó que ya desalojaron la mansión de los Morrow. Dejaron las llaves en la portería. Me quedé como si no me hubiese dicho nada, no sentí alegría, no pude. —Debería sentirme feliz por eso, ¿no es así? —dije, con una risa amarga. —Debería estar celebrando mi victoria. Pero solo me siento el hombre más miserable del mundo. Edward se acercó al escritorio. —Además de eso, el divorcio está listo, Bastian. Dos firmas, y todo habrá acabado. Deslizó el documento del divorcio sobre la madera. Lo tomé entre mis manos. Miré la tinta negra sobre el papel blanco. —Este divorcio —dije, sintiendo un nudo en la garganta. —sería el cierre de todo. El final de la venganza. Me levanté sin decir una palabra. Salí del despacho, subí las escaleras. Fui a mi habitación, tomé una ducha. Me vestí con un traje formal, mi armadura de CEO. El reflejo del espejo mostraba a Bastian Cross Black, el hombre que había forjado. Veinticinco minutos después, bajé al despacho. Edward me esperaba. —Es tiempo de marcharse, Edward —dije, sintiendo la determinación regresar. —Es tiempo de retomar mis actividades. El pasado terminó. Edward sonrió, aliviado. —Has tomado la decisión correcta, Bastian. Es hora de vivir.
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