Veinte minutos después.
El ascensor ejecutivo se detuvo en el último piso.
Las puertas se abrieron, revelando la alfombra de diseño y las paredes de mármol pulido que ahora me pertenecían.
Había regresado a Morrow Enterprises, pero esta vez, mi entrada no era la de un yerno ambicioso, sino la de un propietario absoluto.
Edward caminaba a mi lado. Entré en la que solía ser la oficina de Tadeo Morrow.
El espacio era vasto, con ventanales que ofrecían una vista inigualable del skyline que ahora yo dominaba.
La mesa de caoba maciza, donde Tadeo firmó mi venganza, estaba limpia, esperando a su nuevo dueño.
Era un altar a mi victoria. Me senté en el sillón de cuero que Tadeo había ocupado durante décadas, sintiendo el poder bajo mis dedos.
La silla era firme, fría, y el control que me ofrecía era el único consuelo que mi alma rota podía aceptar.
—Es tuya, Bastian —dijo Edward, deteniéndose frente al escritorio. —De vuelta a ti y ecuperada. Estoy seguro de que harás un excelente trabajo y de que podrás recuperar todo lo que tu familia perdió desde esta posición de dueño.
—Pienso lo mismo —respondí.
Mi voz era grave, impregnada de una sobriedad que reflejaba tanto el triunfo como el alto costo emocional que había pagado.
Justo antes de que Edward pudiera responder, la puerta de la oficina se abrió con un golpe leve. Era Amy.
Entró con unos documentos en las manos, vestida con un traje de negocios inmaculado.
Había una palidez en su rostro que delataba las semanas de dolor, pero sus ojos me miraban con profesionalismo.
Parecía decidida a enfrentar la realidad.
—Lamento interrumpir, Edward —dijo, evitando cuidadosamente mi mirada. —Pensaba que estabas solo.
Edward se irguió, consciente de que este era el momento de establecer la nueva jerarquía.
—Amy, has vuelto en un momento clave. Debes saber que, de ahora en adelante, ya no me darás cuenta a mí. Le darás cuenta directamente a Bastian.
Amy no reaccionó visiblemente. Su compostura era notable, una pared de hielo que no permitía que ninguna emoción traspasara.
—Edward tiene razón —confirmé, obligándola a reconocer mi voz.
Amy se acercó al escritorio, ignorándome casi por completo, y extendió los documentos hacia Edward.
—Aquí está el informe de facturación del trimestre, Edward.
Edward tomó los papeles, pero de inmediato los depositó frente a mí, sobre la mesa de caoba.
—Amy, te recuerdo que tu jefe ya no soy yo.
Amy no miró los papeles. Mantuvo la vista fija en un punto justo encima de mi cabeza.
—Bien. El informe está allí —dijo, dirigiéndose solo a Edward.
La tensión en la oficina era asfixiante.
Sabía que no podíamos trabajar así.
Necesitaba que Amy se fuera… y que Edward no estuviera presente para el round final.
—Edward —dije, sin apartar la mirada de Amy. — ¿podrías dejarnos solos?
Edward captó la orden y la súplica implícita.
—Claro, amigo. Los veo más tarde.
La puerta se cerró detrás de él, y la oficina, que era lo más grande de la ciudad, se hizo insoportablemente pequeña.
Me recosté en el sillón, sintiendo el peso de la corona de espinas.
—Toma asiento, Amy —le ordené.
—Parada estoy bien —respondió ella, con una voz que era la definición misma de la resistencia gélida.
Amy no se movió. Se mantuvo a unos metros del escritorio, como si un campo invisible la protegiera de mí.
Me permití un largo suspiro. No había tiempo para juegos.
La única razón por la que Amy seguía siendo mi empleada era porque yo se lo había permitido.
Yo era el dueño. Ella era la vencida.
Pero el dolor que le había infligido le había dado una fortaleza inesperada.
—Bien. Si quieres estar parada, está bien —dije.
Saqué de mi portafolio un sobre de Manila, delgado, blanco.
Lo deslicé sobre la superficie del escritorio.
—El divorcio está listo —anuncié.
La frase resonó en la oficina enorme.
—Firma el divorcio ahora, Amy. Ya está listo.
Amy se acercó lentamente, con una cautela digna de quien se acerca a una serpiente.
Tomó el documento sin tocar la madera cerca de mis manos.
Sus ojos recorrieron las primeras líneas.
La formalidad legal parecía absurda después del caos que habíamos vivido.
—Voy a leerlo —dijo, levantando finalmente la vista para mirarme. —Lo leeré detenidamente, Bastian. No voy a firmar una trampa como lo hizo mi padre.
Una punzada me cayó como salga al cuerpo. Ella tenía todo el derecho a desconfiar.
—No hay trampas en ese documento, Amy —respondí con sinceridad. —Solo quiero estar lejos de ti y no tener ninguna relación con los Morrow. Ni legal, ni profesional, ni personal. La separación es necesaria.
—Aun así lo voy a leer —insistió.
Tomó los papeles y los sostuvo contra su pecho, como un escudo.
No esperó respuesta ni despedida. Se dio la vuelta y caminó hacia la puerta con la misma profesionalidad austera con la que había entrado.
El sonido de la puerta al cerrarse resonó como un disparo final.
Me recosté en la silla, pasando la mano por mi rostro.
La venganza estaba completa, pero la guerra con Amy apenas comenzaba. Y yo ya había perdido mi corazón en ella.
La firma de ese documento sería el cierre. La única forma de obligarme a mirar hacia el futuro que había construido, aunque fuera sobre escombros.
Había pasado exactamente una hora desde que Amy salió de la oficina con los documentos del divorcio.
Había estado observando la ciudad, el vasto imperio que había tomado, pero mi mente estaba lejos, reviviendo el último beso, sintiendo el ardor de la bofetada.
Yo era el dueño de todo, pero me sentía completamente vacío.
La puerta se abrió, y me sacó de todos mis pensamientos.
Amy regresó, su figura era tensa y determinada.
El sobre de Manila estaba en su mano.
—Bastian —dijo, con un tono profesional y cortante. —No estoy de acuerdo con algo que dice este documento.
Me giré lentamente, cansado ya de esta guerra eterna.
—¿A qué te refieres, Amy?
Ella deslizó el documento sobre el escritorio, señalando una cláusula específica con un dedo firme.
—Esta sección. Dice que me darás una suma compensatoria de dinero. No la quiero. No quiero nada que venga de ti o de esta venganza.
Una sonrisa sarcástica se dibujó en mis labios.
El orgullo de Amy, incluso en la bancarrota, era irritante.
—No te hagas la digna, Amy. Tu familia necesita ese dinero. Tu padre está en el hospital, no estará en una cama pero de den ir constantemente a chequeos caros. Hay gastos legales y de mudanza.
—Para eso estoy yo —dijo, desafiándome con la mirada. -1Para trabajar y darles todo lo que necesiten.
—¿Y si te despido? —pregunté con voz baja y peligrosa. —Si te quedas sin trabajo, ¿qué harás entonces? Acepta el dinero.
Ella dio un paso hacia adelante. Por un momento pensé que iba a gritar, pero su voz se mantuvo baja, temblando de emoción.
—Ya no puedes hacerme sufrir más de lo que ya lo has hecho, Bastian. Has destruido mi vida, mi matrimonio, la reputación de mi familia… y has matado a mi hijo no nacido. No hay nada más que puedas quitarme. El dinero no significa nada comparado con eso.
La mención del bebé me golpeó como un rayo. Era mi punto débil, mi infierno personal.
Usé el único escudo que me quedaba: el futuro frío que me había obligado a inventar.
—No busco hacer sufrir a nadie. Mi vida se está recomponiendo —mentí. —Voy a ser padre, Amy y me iré a vivir con Alina. Acabo de decidirlo, necesito un hogar para mi hijo.
Vi cómo la pequeña chispa de esperanza que todavía brillaba en sus ojos se apagaba por completo, reemplazada por un dolor profundo.
Era la confirmación final de que había sido reemplazada.
—Espero —dijo Amy, con su voz apenas audible pero afilada como una maldición. —que después de tanto odio puedas ser verdaderamente feliz… con eso que dices.
Saqué mi bolígrafo y señalé el documento.
—Firma el divorcio, Amy, ahora. Y quédate hasta tarde terminando todos los pendientes del día.
No puedes dejar trabajo atrasado en mi empresa.
Amy cerró los ojos por un instante. Luego, con una resignación que rompió mi corazón, respondió.
—Sí, jefe. Me quedaré hasta tarde.
Tomó el bolígrafo. Apoyó el documento contra la fría caoba del escritorio de Tadeo y, con una mano firme que desmentía la fragilidad de su cuerpo, plasmó su firma en el papel.
Amy Cross ya no existiría legalmente.
—Finalmente —dijo, levantando la mirada; sus ojos eran dos pozos oscuros de tristeza. —estaremos divorciados. Y espero que tú puedas vivir con todo el dolor que me has provocado, porque yo lo haré.
Se giró para irse. Era su último acto de dignidad: marcharse sin esperar mi respuesta, sin darme la satisfacción de verla suplicar.
Pero entonces se detuvo. Llevó una mano a su frente y su figura se tambaleó.
Me levanté de la silla con una velocidad que me sorprendió.
Antes de que cayera al piso, la sostuve por los brazos. Su cuerpo era ligero y temblaba.
—¿Estás bien? —pregunté, la voz me salió más alta, más humana, borrando la máscara de frialdad.
Amy parpadeó, intentando recomponerse y se separó apenas de mí.
—Sí. Sí, estoy bien. Solo fue… la presión que me bajó. Por discutir contigo, seguramente.
—Ya no discutas más conmigo —dije, sosteniéndola todavía. —Por favor, ya no lo hagas. Todo lo que hice… no tiene vuelta atrás.
Amy me miró. Había una aceptación terrible en su rostro.
—En eso tienes razón.
Se recompuso, recuperó el equilibrio y se alejó de mí.
Caminó hacia la puerta. La abrió y salió, dejando tras de sí el silencio más denso que jamás había sentido.
Me quedé mirando la puerta cerrada.
El divorcio estaba firmado. El imperio era mío. El enemigo estaba en bancarrota. La victoria era mía.
Me pasé las manos por el cabello mientras me sentaba lentamente en la silla de Tadeo.
Me dije a mí mismo, forzándolo: Ya está. Es libre.
Pero la verdad era un peso aplastante. No, no creía que pudiera olvidar a Amy.
Me había enamorado de ella. Profunda y desesperadamente.
Su imagen, sus lágrimas, su desafío… y, sobre todo, nuestro último beso, estaban grabados a fuego en mi memoria.
Si tan solo pudiera olvidar que era la hija de Tadeo…
Si tan solo pudiera olvidar la sangre que corría por sus venas…
Iría detrás de ella. La encontraría y diría cuánto la amo. Le rogaría que me perdonara.
Pero era imposible. La sangre era la condena. Tadeo, incluso rodeado de hospitales, seguía ganando, porque me había robado la única oportunidad de felicidad.
Era hora de trabajar. El trabajo era el único lugar donde podía fingir que mi corazón no estaba hecho pedazos.
Las horas pasaron lentamente. Estuve inmerso en la revisión de los informes de Amy, encontrando un error solo para poder enviarle una nota cortante pero ella no respondió.
A pesar de mi dolor, y de la necesidad de castigarla aunque fuera con minucias profesionales, era irresistible.
La noche cayó por completo.
A las diez, el silencio en la Torre Cross (el nuevo nombre que le había dado al edificio) era absoluto.
Estaba de pie en la oficina de Tadeo, mirando la ciudad, cuando escuché el ding del ascensor ejecutivo que se detenía en mi piso.
Salí del despacho, y cuando llegué al lobby ejecutivo, Amy estaba entrando al ascensor.
—¿Te vas, Amy? —pregunté, con la voz neutra.
—Sí, jefe —respondió ella sin mirarme, entrando al ascensor.
Entré detrás de ella. El espacio cerrado amplificaba la tensión entre nosotros.