Amy se secó una lágrima con el dorso de la mano. —Prometo venir a verla todos los días que esté aquí. Le leeré buenas historias, le hablaré para que no se sienta sola. Es lo mínimo que puedo hacer. Sentí un nudo en la garganta que me impedía respirar. Entré en la habitación con pasos tranquilos. —Ese sería un gesto muy noble de tu parte, Amy —dije. Ella se sobresaltó un poco, pero no soltó la mano de mi madre. Me miró con una comprensión nueva, una que me dolió más que su odio. —Bastian... verla aquí, así... entiendo la magnitud del dolor que te provocó mi padre. Entiendo por qué hiciste lo que hiciste. No justifica el haberme usado, pero entiendo de dónde viene tanto odio en tu corazón. —Ya no menciones más a Tadeo —dije, sintiendo que el nombre de ese hombre contaminaba el aire de

