Bajé a la cocina. Encontré a una de las empleadas de confianza, la señora Marta. —Necesito que le prepare una cena muy ligera y reconfortante a la señorita Amy —ordené, tratando de sonar tranquilo. —Algo caliente y necesito que me avise cuando esté lista. —Sí, señor Bastian —respondió Marta, con una mirada de preocupación hacia la escalera. Me fui al despacho de la planta baja. Me desplomé en el sillón, sin encender la luz. La oscuridad se sentía como mi elemento natural. La culpa era un veneno lento que me corría por las venas. Si no la hubiese forzado a quedarse hasta tan tarde en la empresa… si la hubiera llevado a casa, aunque ella me hubiese rechazado… si no la hubiese dejado sola en esa acera oscura… —Es mi culpa —me dije para mí mismo. Yo era el responsable directo de que la

