Me quedé solo en la semioscuridad, con el olor a neumáticos quemados.
No solo había perdido a mi vía de acceso a la familia Morrow, sino que ahora tenía un rival.
Un rival emocional y un obstáculo práctico que acababa de complicar mi venganza hasta un punto peligroso.
Después de aquella noche, habían pasado varios días desde la confrontación en el estacionamiento.
Días en los que tuve que arrastrar a Edward a la oficina de Tadeo para hablar de números y proyecciones, mientras mi verdadera batalla se libraba contra la fría profesionalidad de Amy.
Ella no cedía. Todas mis llamadas, mis notas, mis intentos de reuniones personales eran devueltos o desviados a su asistente.
Finalmente, conseguí arrastrarla a una "cena de negocios" para discutir los pormenores de la inversión.
Elegí un restaurante de lujo, con la esperanza de que ese lugar pudiera suavizar el hielo que me había puesto.
Estábamos sentados uno frente al otro en una mesa discreta. Ella revisaba unos documentos que yo había enviado, sin levantar la vista.
—Amy —dije, apoyando los codos en la mesa, cansado del juego. Dejé que un poco de mi frustración se filtrara en mi tono. —Espero que, algún día, podamos dejar de hablar solo de márgenes de ganancia y flujos de efectivo.
Ella terminó de revisar una cifra, hizo una pequeña marca con su pluma y finalmente me miró.
Su expresión era serena, profesional, y completamente desinteresada.
—Eso no pasará, Señor Black —respondió, cerrando la carpeta.
—pues no pierdo la esperanza de que pase. Deseo con todo mi corazón que usted pueda dejar de ignorarme.
Dejó la carpeta a un lado y metió la mano en su bolso de diseño. Sacó algo de papel de seda, lo dobló cuidadosamente, y me lo deslizó sobre la mesa.
—Por cierto —dijo con una sonrisa pequeña, casi imperceptible, pero que me pareció una punzada cruel.
La miré seriamente, sintiendo un escalofrío. El tamaño y la textura del papel no eran los de un contrato.
Lo abrí, era un sobre formal, de marfil y letras doradas.
Leí en voz alta, mi garganta se cerró con cada palabra.
—El señor Tadeo Morrow y la señora Francesca de Morrow tienen el honor de invitarle al matrimonio de su amada hija… Amy y Luciano…
Levanté la vista, mi corazón empezó a latir furiosamente en mi pecho, tratando de procesar que esto no era solo un chisme, sino una realidad inminente.
—No. No acepto que te cases con alguien más —dije, con una ira incontrolable.
Amy se reclinó en su silla, cruzando las piernas con una elegancia imperturbable.
—No le pedí permiso para casarme, Bastian —dijo, sonriéndome con picardía, como si supiera que me estaba volviendo loco. —Y jamás lo haré.
Golpeé la mesa con mi puño, apenas fue un leve roce, pero el ruido seco hizo que un par de comensales voltearan a vernos.
—¡No puedes casarte con otro hombre que no sea yo! —exclamé.
La verdad de mi necesidad de control, ya fuera por venganza o por una atracción incipiente, se desnudó.
Amy se rio si ver mi actitud.
—Es muy tarde para esa conversación. La fecha está fijada. Debes confirmar tu asistencia a la boda antes del final de la semana.
Me recosté en la silla, exhalando un suspiro pesado. Tomé la invitación y la rompí en dos, luego en cuatro, y arrojé los pedazos sobre la mesa.
—Desde ahora mismo te confirmo que no iré —le dije, con la mirada fija en ella.
La batalla de voluntades había encontrado un nuevo y peligroso campo de juego. El tiempo se había agotado.
Los pedazos de la invitación se quedaron esparcidos en la mesa, un testimonio mudo de mi frustración.
Amy se levantó con gracia, con es elegancia que la definía.
—Si no hay más negocios que discutir, me gustaría irme a casa —dijo, con su tono aún profesional, pero con un poco de cansancio.
—Yo la llevo —respondí de inmediato, levantándome también.
Salimos del restaurante y nos dirigimos a mi coche.
El viaje fue insoportable, ella solo miraba por la ventana, mientras yo pensaba en como haría para vengarme de su familia.
Veinte minutos, llegamos a la inmensa reja de la mansión Morrow. Tan pronto como el coche se detuvo, Amy buscó la manija de la puerta.
—Gracias por traerme, Bastian. No es necesario que me acompañe a la puerta —dijo, manteniendo la distancia.
—Claro que es necesario —respondí, bajando del auto antes que ella.
Rodeé la parte delantera del vehículo y abrí su puerta. Ella salió, intentando pasar de largo, pero yo fui más rápido.
La agarré con cuidado por el brazo, justo por encima del codo, deteniéndola en la entrada.
—No. No puedo dejarla ir tan fácil —dije, acercándola a su rostro.
Nuestros cuerpos quedaron peligrosamente cerca, el calor estaba emanando de ella contra el frío de la noche.
—No puedo permitir que se case.
—Ya lo decidí —dijo ella, intentando zafarse, pero su forcejeo no tenía tanta fuerza como para lograrlo.
En ese momento, la razón se fue. El pánico de perder la batalla y el deseo que negaba se combinaron en un único impulso.
Bajé mi cabeza y le robé un beso.
Al principio, Amy se tensó, sus labios permanecieron duros, intentando retroceder.
Pude sentir cómo sus manos se apoyaban en mi pecho, tratando de empujarme. Pero yo la abracé con fuerza, impidiendo la huida.
La besé con desesperación y dominio, infundiendo en el beso toda la mentira que no podía decir con palabras.
Mi beso era una súplica, una orden, ella no a podía casar o todos mis planes se vendrían abajo..
Y entonces, sucedió. La resistencia de Amy se desvaneció. El muro de hielo se quebró, sus labios ya no estaban tan tensos, y sus manos dejaron de empujarme para aferrarse a mi cuello.
Ella me devolvió el beso, y la explosión fue innegable.
El sabor de su boca era embriagador, y la forma en que cedió, con un gemido suave, me hizo olvidar por un instante que estábamos parados en la entrada de la casa de mi enemigo.
No era solo la atracción física; era una conexión eléctrica y prohibida que amenazaba con incinerar mis planes.
Nos separamos, ambos jadeando, el aliento caliente en el aire frío. La luz de la marquesina iluminaba su rostro, ahora vulnerable.
—Ese beso —dije. —solo me confirma que tú también quieres estar conmigo.
Amy bajó la mirada, incapaz de mirar la mía.
—Es muy tarde, Bastian.
—Nunca es tarde si hay amor de por medio.
Ella levantó la vista y me retó. —Tú no me amas.
—Desde la primera vez que te vi, mi corazón te eligió. Te he necesitado desde entonces.
—No es cierto —dijo, pero su negación solo buscaba mi afirmación.
—Te lo puedo demostrar ahora mismo —insistí, y la idea que salió de mi boca era la locura más grande que jamás había planeado, incluso superando mi venganza.
Amy sonrió, esa sonrisa que era a la vez un desafío. —¿Cómo harías eso?
—Me casaría contigo. Ahora mismo, juro que lo haría.
Sus ojos se agrandaron más de lo normal en un instante, pero rápidamente recuperó su compostura sarcástica.
—Parece un intento desesperado.
—Lo es. No soportaría verte casada con alguien más.
—Pues no importa lo que digas —declaró, liberándose de mi agarre.—Yo me casaré con Luciano.
La miré, mi corazón latiendo furiosamente contra mis costillas. Había llegado al límite de mi manipulación y mi deseo.
—Parece que no cambiarás de parecer.
—Estás en lo correcto, Bastian.
Tomé una última bocanada de aire. Era el momento de la jugada final.
—Te esperaré mañana en el registro civil. A las ocho de la mañana. Lleva lo necesario para casarnos. Si no llegas, Amy, si no apareces, será la prueba que necesito de que debo dejar de intentarlo. Será mi último intento para demostrarte que estoy interesado en ti.
—No me esperes —respondió ella, dándome la espalda.
—Ocho de la mañana —repetí, ignorándola—. Estaré ahí.
No esperé su respuesta. Me di la vuelta, subí a mi coche y me marché.
Ahora, todo dependía de ella, y esperaba que mi plan de manipulación con una boda, fuera la jugada perfecta.
La mañana siguiente era gris, como mi estado de ánimo.
El Registro Civil era un edificio sobrio y frío, que olía a papel viejo y formalidad burocrática, que por cierto odiaba.
Las ocho de la mañana habían llegado y ya se estaba apunto de acabar.
Caminaba de un lado a otro en la pequeña sala de espera, posiblemente haría un gran hueco en aquel piso.
Mi traje oscuro se sentía pesado. Mis ojos iban del reloj de pared a la puerta con una desesperación creciente.
—Ya pasó una hora, Bastian —dijo Edward, quien estaba sentado pacientemente con las piernas cruzadas.—No creo que venga. Es Amy Morrow. Tiene una boda de fantasía planeada.
—Me niego a creer que no llegue. Edward, si ella no aparece, significa que no tengo acceso a Tadeo. Todo mi plan se complica. La única forma de infiltrarme en esa familia es a través del matrimonio.
Edward suspiró lentamente, levantándose para enfrentarme.
—¿Y si te olvidas de esta venganza? ¿Por qué no tratas de buscar a una mujer y ser feliz, por una vez en tu vida?.
—¡Es imposible! —le respondí, el dolor de trece años estaba saliendo en mi voz. —Lo único que me ha mantenido vivo, lo único que me da propósito, es pensar en llevar a cabo esa venganza. No puedo detenerlo ahora.
—Entonces ve pensando en otro plan —me aconsejó Edward, con una seriedad que me hacía sentir vulnerable. —Porque no podrás utilizar a Amy para tu venganza. Ella te puso en tu sitio.
Me dejé caer en una de las sillas de cuero, totalmente frustrado. Edward tenía razón.
Estaba a punto de perderlo todo. Cerré los ojos, listo para admitir la derrota y decirle a Edward para que cancelara el movimiento financiero inicial.
Justo en ese momento, escuché el sonido de la puerta al abrirse.
Levanté la vista y entonces, todo el aire de la sala se escapó de mis pulmones, era ella, Amy.
No llevaba un vestido de novia, sino un sencillo y elegante conjunto de pantalón y chaqueta en color blanco roto.
Estaba muy bien peinada, con el cabello rubio ligeramente revuelto, como si hubiera conducido con la ventana abierta.
Pero era, sin duda, la visión más sublime que había visto jamás.
—Lamento la tardanza —dijo Amy, con su voz dulce y un poco agitada, como si hubiera estado corriendo.
Me levanté de golpe, sintiendo una alegría inmensa por dentro.
—Estás… estás hermosa —dije, sin poder evitarlo.
Ella sonrió con una media sonrisa irónica, que aún guardaba algo de la Amy combativa que conocía.
—Es solo un atuendo blanco, Bastian. Lo elegí para no llamar la atención.
—Te ves hermosa con ese atuendo —repetí, acercándome a ella, ignorando a Edward por completo.
Amy sonrió y miró al pasillo. —Bien. No hagamos esperar más al juez que nos casará.
—De acuerdo —dije, luchando por contener la oleada de triunfo y peligro que me invadía.
Amy, Edward y yo nos dirigimos hacia la pequeña oficina del juez.
Edward hizo una llamada rápida y un momento después, una mujer que parecía ser una colega de Edward apareció para servir como la segunda testigo requerida.
Entramos en la oficina. El juez, un hombre mayor y de rostro alegre, nos miró por encima de sus lentes y comenzó con la formalidad.
La mano de Amy en la mía se sentía sorprendentemente pequeña y cálida. Era la unión que tanto había deseado.