Justo cuando pene que se había ido, ella regresó.
Apenas me recuperé del shock de la bofetada y la noticia. Tenía que salir de allí, no deje que dejara nada más.
—Te buscaré mañana —le dije a Alina, cansado de ella. —Mañana hablaremos sobre cómo llevaremos todo esto.
No esperé su respuesta o protesta. Simplemente salí del baño, dejando a Alina de pie con el sobre en la mano.
Al volver a la mesa y tomar asiento, Amy estaba terminando la carne.
—Ya me estaba preocupando —me dijo, con una sonrisa que empezaba a cautivarme.
—Había muchas personas —mentí, forzando una sonrisa.
—Vi a Alina ir al área de los baños —dijo Amy, mirándome con sus ojos brillantes—. ¿Te encontraste con ella?
—Sí, la vi —admití, manteniendo la calma total. —Me la encontré, sí. Pero no pasó nada. Le dejé claro que se mantuviera alejada de nosotros.
Amy respiró hondo, y luego su expresión s cambió a genuina.
—No te preocupes, Bastian. Yo confío en ti.
—Eso me tranquiliza, mi amor —le dije, sintiendo el triunfo de mi mentira. Su confianza era mi ancla.
Después de la cena, caminamos un poco por la zona cerca del restaurante, disfrutando de la fresca brisa nocturna.
Amy caminaba cerca de mí, con su mano entrelazada con la mía.
—Bastian —preguntó de pronto, mirándome con ternura. —¿deseas tener hijos?
La pregunta, inocente y natural, fue como un rayo, dado el encuentro de hace unos minutos. Me puse visiblemente nervioso.
—Sí —respondí, obligándome a sonreír—. Claro que sí. Todo hombre quiere tener una familia.
—Me alegra saber eso —dijo ella, apretando mi mano. —Porque yo también deseo tener hijos contigo.
Ella no pudo notar la ironía en mi sonrisa, no quería tener un hijo con la hija de mi enemigo.
El destino me estaba forzando a cumplir con todo, incluso a tener un hijo, pero no con la mujer que lo deseaba, sino con el fantasma de mi pasado.
Pensé en la confesión de Alina, en el bebé que venía en camino, y reconocí que, de la forma más retorcida, eso iba a cumplir la fantasía de la familia, aunque estuviera contaminada por la venganza.
Preferí no decir nada más. El secreto era demasiado grande para soltarlo en ese momento.
Al llegar a la mansión, subimos directamente a la habitación.
Amy ya no estaba pensando en un divorcio, si no más bien en una reconciliación.
Fue un encuentro íntimo, muy romántico y pasional. No hubo prisas, solo la intención de reparar el daño de mis palabras crueles.
La pasión fue una disculpa física, una promesa tácita de que, a pesar de mis defectos, la deseaba.
Ella se entregó sin reservas, buscando desesperadamente la validación en mi toque, y yo, en mi culpa, se la di.
Nos amamos con una dulzura y una fuerza que borraron la bofetada, el miedo al divorcio y, por un instante, incluso la noticia del embarazo de Alina.
La intimidad era la única verdad que podíamos compartir.
A la mañana siguiente, todo se había disipado.
Ya estábamos en la oficina corporativa de Morrow. Yo había pasado por la suite principal para revisar los sistemas informáticos de Tadeo (la excusa era "revisar documentos de inversión").
Me encontraba en la oficina de Amy, listo para salir.
—Tengo que salir de la oficina, mi cielo. Tengo pendientes que atender fuera.
Amy se levantó de su escritorio y se acercó a mí con una sonrisa.
—Ay, no. Extrañaré tu presencia mi amor—dijo, con un tono burlón.
Me reí y la abracé con fuerza. —Eres una bromista de primera. Te veo en la cena.
Justo cuando estaba a punto de besarla, la puerta de la oficina se abrió sin previo aviso.
Alina estaba parada en la puerta, con su rostro desafiante, y sus ojos fijos en mí.
Amy se apartó de mí, sorprendida.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Amy, con su voz cortante al ver a la mujer que había intentado interrumpir su cita.
—Estaba buscando a Bastian —respondió Alina, sin inmutarse, dando un paso hacia el centro de la oficina. —Y me dijeron que estaba en esta oficina.
—Ya te dije que no quiero hablar contigo, Alina —intervine, dando un paso hacia ella para interceptarla, sentía como mi piel se queman dejando de mi ropa.
—Y yo te recuerdo —dijo Alina, cruzando los brazos. —que siempre tendremos que hablar, Bastian y eso será por vida.
Amy me miró, la sonrisa había desaparecido, estaba siendo reemplazada por una alarma creciente.
—¿Por qué Alina dice eso, Bastian?
Alina soltó una risa, cruel. —Parece que no le han dicho nada.
—¿A qué te refieres? —preguntó Amy, con interés..
Alina me dedicó una mirada de triunfo venenoso, antes de devolver su atención a Amy, disfrutando cada segundo de su revelación.
—Me refiero, querida Amy —dijo Alina, sin bajar la voz. —A que estoy embarazada de Bastian.
Amy se asombró. Su rostro palideció, y sus labios se separaron, pero no salió ni una sola palabra. Se quedó ahí, inmóvil, observándonos a los dos.
Amy se quedó allí, con su rostro pálido y sus ojos fijos en el documento que Alina acababa de dejar caer sobre el escritorio.
Su silencio era más aterrador que cualquier grito.
—Amy, eso no puede ser cierto —dije, acercándome a ella, tratando de tomar su mano.
Alina sonrió, llena de satisfacción. —Sí lo es.
Amy finalmente miró los documentos. Vi la ecografía, el informe. Era innegable. Levantó la vista hacia mí, con los ojos llenos de traición.
—¿Por qué no me habías dicho nada?
—Me enteré apenas anoche, Amy. En el baño del restaurante —mentí parcialmente, omitiendo la confrontación anterior.
—¡No es justo! ¡Tú tenías que decírmelo inmediatamente!
—Tuve miedo —confesé, usando una vulnerabilidad forzada. —Hemos tenido tantos problemas, Amy, que pensé que esto podría ocasionar un distanciamiento aún mayor entre nosotros. Quería arreglar las cosas primero.
—Siempre voy a preferir la verdad, Bastian —dijo Amy, con su voz quebrada, pero directa . —Odio que me oculten las cosas, o que me hablen con mentiras.
—Deberías no perdonarlo, Amy. Cosas así no se ocultan —intervino Alina, saboreando el drama.
Eso fue suficiente. Amy se puso recta, una furia silenciosa reemplazando su dolor. Tomó a Alina fuertemente del brazo y, con una fuerza sorprendente, la arrastró hacia la puerta.
—¡Fuera de mi oficina! ¡Ahora! —ordenó.
Amy cerró la puerta de un portazo, su respiración agitada.
—Amy, escucha. Eso no cambiará nada entre nosotros —dije, sintiéndome acorralado.
—Claro que lo cambiará todo, Bastian. ¡Vas a ser padre! ¡Tienes una responsabilidad!
—Ni siquiera estoy seguro de que sea de mí, aunque ella insiste que sí.
—¡Basta! —me cortó, con lágrimas corriendo por sus mejillas. —Esto es la confirmación de que nunca debimos casarnos.
—¡No digas eso! —rogué, mi propia desesperación sonaba genuina. Mi plan, mi venganza, estaba pendiendo en un hilo. —Yo te amo, Amy, y no resistiría perderte.
—Este matrimonio fue una precipitación —dijo ella, secándose las lágrimas con enojo. —Es mejor que definitivamente nos divorciemos.
La abracé con todas mis fuerzas, apretándola contra mi pecho, como si pudiera obligarla a retractarse.
—¡No me dejes! ¡Te lo ruego! Contigo lo tengo todo, Amy.
Ella correspondió el abrazo un instante, y luego se apartó, mirándome a los ojos con tristeza.
—Es mejor que nos separemos, Bastian. Aunque te amo, pienso que no debemos estar juntos.
—Antes de conocerte, vivía en un mundo oscuro. Cuando te conocí, mi mundo empezó a ser colorido. ¡No me quites eso! —apelé a la única verdad que me quedaba.
—Lamento mucho escucharte decir eso en un momento como este —dijo ella, con una frialdad final. —Es mejor que dejes la mansión hoy mismo.
Sentí que me asfixiaba.
—No esperaba que me echaras de la mansión, Amy. Esperaba que me apoyaras. Esperaba que me dijeras que ibas a estar conmigo, como la promesa que hicimos ante el juez: en las buenas y en las malas.
Amy no dijo nada. Simplemente caminó hacia la puerta, la abrió de par en par y me hizo un gesto. La expulsión era un hecho.
Salí de la oficina, derrotado. Bajé hasta el parking corporativo.
Al entrar en mi auto, golpeé el guía varias veces con rabia, descargando la frustración.
Encendí el motor y salí del parqueo a toda velocidad.
Unos segundos después de incorporarme a la avenida principal, un camión cargado ignoró un semáforo en rojo.
Hubo un rechinido ensordecedor de neumáticos, seguido por el violento y abrupto impacto.
Mi coche fue golpeado lateralmente, el metal crujiendo y el cristal estallando.
Mi cabeza se estrelló contra algo duro. Todo se volvió n***o y dolorosamente silencioso.
Punto de vista de Amy.
El mundo se había vuelto borroso y caótico.
Una hora. Solo una hora después de haberle pedido a Bastian que abandonara la mansión, recibí la llamada que destrozó la poca calma que me quedaba: un accidente de tráfico grave.
Llegué al hospital sintiendo que el aire se me escapaba de los pulmones.
Corrí hacia el mostrador de recepción, mi corazón latiendo contra mis costillas con una fuerza dolorosa.
—¡Bastian Black! —jadeé—. ¿Dónde está Bastian Black?
La enfermera me miró con calma profesional.
—¿Usted es familiar directo? El señor Bastian aún está siendo operado.
¿Operado? El pánico me inundó. Sentí que era mi culpa.
Si no le hubiera obligado a irse en ese momento, si no hubiera abierto la puerta...
Caminé hacia la sala de espera, el silencio del lugar era un contraste cruel con el ruido en mi cabeza.
Y allí lo vi, sentado solo, con las manos entrelazadas y el rostro sombrío.
—¿Edward? —pregunté, mi voz temblaba.
Edward se levantó de inmediato al verme. Sus ojos me miraron con una mezcla de sorpresa y preocupación.
—Amy. ¿Cómo te enteraste?
—Mi padre me llamó. ¿Cómo está Bastian? —pregunté, acercándome a él, desesperada por una respuesta real.
—Está en cirugía. Tiene complicaciones graves en un brazo, fracturas y una lesión en la cabeza. Los médicos están haciendo todo lo posible.
Sentí un nudo en la garganta. Las lágrimas ardían en mis ojos.
—Yo soy la culpable de esto —confesé, la culpa me aplastaba. —Le pedí que nos separáramos. Le pedí que se fuera de la mansión hace una hora.
Edward me miró fijamente. —¿Por qué le pediste eso?
No había razón para mentir. La verdad, aunque dolorosa, ya había explotado en mi vida.
—Me enteré de lo de Alina. Está embarazada de él. Y han pasado demasiadas cosas. Pensé que era mejor que estuviéramos separados.
Edward desvió la mirada, con una expresión compleja.
—La verdad, Amy, es que desde que Bastian te conoció, él no ha sido el mismo. Hay una oscuridad en él por todo lo que vivió, pero tú... tú lo cambiaste. Ha sido un idiota, pero creo que, a pesar de todo, él te ama.
Ignoré la afirmación de amor. En ese momento, solo me importaba su pulso.
—Solo quiero que él salga bien de esa operación —dije, sintiéndome exhausta.
Me senté en el sofá frío, con la mirada fija en las puertas del quirófano. La culpa, el miedo y el amor confuso me hacía sentir un terrible torbellino de emociones. Ahora, solo quedaba la agonía de la espera.
—Esperemos que todo salga bien— Dijo Edward para tratar de tranquilizarme.
—Te juro que es lo que más deseo, que todo salga bien— Dije mirando al techo.