Tadeo se quedó mirándome lleno de felicidad, y claro, no era para menos.
—Me alegra mucho saber que mi hija se casó con un hombre tan maravilloso.
—Solo hago lo que es correcto —respondí, con mi corazón de piedra. —Esta misma tarde tendrán esa cantidad en su cuenta.
Tadeo, ahora motivado, miró a la sala. —Señores, seguiremos investigando la causa del ataque, pero por ahora, la reunión terminó. Pueden retirarse.
Todos salieron del salón de reuniones, excepto Amy y yo.
Ella se quedó viendo los papeles su su padre había dejado sobre la mesa.
Amy se acercó a mí. —Bastian, de verdad, gracias por lo que estás haciendo por mi familia.
Me acerqué a ella, con mis manos acariciando sus brazos, buscando esa conexión física que también me servía como excusa.
—Lo hago porque quiero que entiendas que me interesas. Quiero estar bien contigo. Lo de anoche... fue un error, y lo enmendaré.
—Nuestra relación va más allá del dinero —dijo Amy, mirándome con tristeza.
—Lo entiendo —le dije, atrayéndola a mis brazos—. Y yo quiero que tú estés bien porque te amo.
La abracé con fuerza, y ella correspondió al abrazo, permitiendo que la cercanía acortara la brecha de la mañana.
—Esta noche te invito a cenar. ¿Aceptas? —propuse.
—Está bien —aceptó ella. —Pero ahora debo irme a trabajar. Debemos devolver cada centavo que vas a prestar a la empresa.
Sonreí, un hombre orgulloso. —Estoy feliz de haber encontrado una mujer tan trabajadora.
Amy me sonrió y se marchó del salón de reuniones, lista para enfrentar el desafío.
Unos segundos después, salí de la empresa.
Mi mente ya estaba en el siguiente paso. Bajé al estacionamiento, entré en mi auto y me dirigí a toda velocidad a la oficina de Edward.
Subí el ascensor. Al entrar a su penthouse de oficina, Edward estaba en una mesa de cristal, con varios monitores.
—El plan funcionó —anuncié, con mi voz llena de triunfo. —Ahora tendré a la familia Morrow comiendo de mis manos. Tadeo me debe una cantidad enorme.
Edward sonrió, inclinándose hacia adelante.
—Eso significa que debes devolver el dinero a la cuenta. Es su propio dinero el que les vas a "prestar", y ellos ni siquiera lo sabrán.
—Así es. Es la deuda perfecta —dije, sintiéndome invencible. —Todo está saliendo bien, Edward. Todo.
Me detuve un momento, la sonrisa borrándose.
—Pero lo único que está saliendo mal, es mi relación con Amy.
Edward me miró, divertido. —¿Por qué?
—Quiere el divorcio. Cree que no la trato como a una princesa.
—Quizás es lo mejor. Menos complicaciones a futuro —sugirió Edward, encogiéndose de hombros.
—No es lo mejor —repliqué con seguridad. —No quiero divorciarme y claro, lo digo por mi venganza.
Edward se recostó en su silla, observándome con intensidad.
—¿No será, Bastian, que te estás enamorando?
Solté una risa irónica y amarga que no llegaba a mis ojos.
—Lo último que haría en mi vida sería enamorarme de la hija de mi enemigo, Edward. Solo la estoy usando para mi venganza. Ella es la clave.
—Si no lo estás, terminarás enamorado —advirtió Edward.
—Eso no pasará —aseguré, aunque la certeza en mis palabras ya no era la misma.
Después de eso, la tarde pasó en una ráfaga de transferencias y planificación.
Cuando la noche cayó, conduje hasta la empresa de Morrow para buscar a Amy.
Ella salió a la entrada y subió al auto, cansada pero aliviada.
—Hola, cariño —dije.
—Hola —respondió ella, con un poco de sequedad.
—¿Cómo estuvo tu día?
—Con todo esto del dinero esfumado, ha sido muy tedioso, pero al menos estamos tranquilos por el dinero que tú vas a reponer a la empresa.
Conduje a Amy fuera de la zona más elegante de la ciudad.
Quería llevarla a un lugar que tuviera memoria de lo que yo era, un lugar que me anclara a mi verdad, aunque la usara para una mentira.
Finalmente, nos detuvimos frente a un restaurante sencillo, al aire libre, con mesas de madera y el delicioso olor a humo de leña.
—¿Aquí? —preguntó Amy, con una sonrisa curiosa.
—Aquí —respondí.
Nos sentamos en una mesa bajo la sombra de un gran árbol.
Mientras esperábamos que llegara la cena, me incliné sobre la mesa.
—Este lugar tiene mucho significado para mí, Amy. Solía venir aquí con mis padres todos los viernes.
Amy tomó mi mano. —Es muy bonito, Bastian. Tener un lugar que te recuerde a ellos, es hermoso.
Sentí mucha ternura al verla tan tierna. Tenía que aprovechar el momento para sellar el perdón.
—Amy, necesito que me escuches. Quiero pedirte perdón por ser tan tonto contigo. Yo te amo, de verdad, y quiero lo mejor para ti. Fui un completo idiota.
—Yo también te amo —dijo ella, con una seriedad madura. —Y quiero lo mejor para ambos, pero debes moderar ese carácter. No podemos seguir así.
Sonreí, un alivio genuino combinado con la satisfacción de mi control. Tomé su mano y le di un beso largo en los nudillos.
—Así será. Lo prometo.
Justo en ese instante, el mesero llegó con nuestra cena: una deliciosa carne asada en palillos.
Pero no pudimos empezar a comer. Una figura familiar se detuvo junto a nuestra mesa, con un vestido ajustado y una mirada desafiante, era Alina.
—Vaya, vaya. Miren a quién tenemos aquí —dijo Alina, con una sonrisa llena de veneno.
Mi humor se evaporó.
—¿Qué quieres, Alina? —pregunté con frialdad, con mi cuerpo tensándose.
—No esperaba encontrarte. Pero me alegra verte.
—Yo no digo lo mismo.
—Estás mal —replicó ella, con su mirada recorriendo a Amy con desprecio. —pero no importa.
Amy se había cansado de su presencia. Se enderezó en la silla, con una confianza en sí misma que me sorprendió.
—Te agradecería que nos dejaras en paz.
Alina se rió, un como si eso jamás fuera a pasar. —Jamás podré hacer eso.
Se dio la vuelta sin esperar una respuesta, pero la amenaza ya Mejía a inquietado un poco.
Una vez que se fue, Amy se relajó.
—No le hagas caso —le dije, con mi mano buscando la suya. —Ella solo hace esas cosas por celos.
—¿Ya no sientes nada por ella? —preguntó Amy, con su mirada buscando la verdad.
Era el momento de la gran mentira que justificaría mi frialdad.
—Te voy a confesar algo que no le he dicho a nadie —dije, bajando la voz. —Tuve una relación muy larga con Alina. Llegué a pensar que me casaría con ella. Pero un día, llegué a su departamento y la encontré con otro hombre en la cama.
La expresión de Amy se transformó en compasión.
—Eso me confirmó que ella no era la mujer ideal para mi vida, ni la que yo merecía. Sentí un asco profundo hacia la intimidad y la idea de compromiso, pero luego te vi a ti.
Me incliné, con mis ojos llenos de una intensidad dramática.
—Y en ese instante, supe que quería tenerte para siempre en mi vida. Eres la razón por la que volví a creer en la idea de un matrimonio de verdad.
La sonrisa de Amy fue genuina y desarmante.
—Me alegra saber que cuando me viste pensaste eso, Bastian, porque para mí también fue amor a primera vista.
Me levanté de la silla de enfrente y caminé hasta su lado, inclinándome sobre ella.
La tomé del rostro y la besé en los labios, sellando la mentira con la pasión.
Ella correspondió al beso con ternura, rodeando mi cuello con sus brazos.
—Te amo —me dijo al oído, con ese aliento caliente, y sus dudas olvidadas.
La trampa estaba completa. Había usado mi trauma real para justificar mi crueldad y mi plan. Ahora, ella no solo me amaba; me compadecía.
—Iré al baño un momento —le dije a Amy, soltando su mano a regañadientes.
—Te espero aquí —me dijo ella, sonriendo con el brillo renovado de la confianza.
Caminé hacia el interior del restaurante. Entré al baño, hice mis necesidades y, mientras me estaba lavando las manos, la puerta se abrió silenciosamente.
Me giré, el agua goteando de mis manos y me sentí saturado.
—¿Qué haces aquí, Alina? ¡Este es el baño de hombres! —pregunté, mi voz baja y controlada para evitar un escándalo.
Ella cerró la puerta de un golpe, apoyándose en ella.
—Quería hablar a solas contigo. Sé que con tu "esposita" eso sería imposible.
—Deja de hostigarme —le supliqué, secándome las manos con una toalla de papel. —Y te quiero lejos de mí y de mi esposa.
Alina se acercó, y la sonrisa burlona que siempre usaba se había desvanecido. Sus ojos, por una vez, reflejaban una seriedad perturbadora.
—Eso es imposible, Bastian.
—¿Por qué?
Alina tomó una respiración profunda y soltó la bomba sin rodeos.
—Porque estoy embarazada. Tengo un mes de embarazo.
Sentí que el mundo se detenía. La toalla de papel cayó de mi mano.
—Eso no puede ser cierto —logré articular, sintiendo un escalofrío de negación.
Alina metió la mano en su pequeño bolso y sacó un sobre blanco, arrugado.
Lo lanzó sobre el lavamanos. Era una ecografía y resultados de laboratorio. La prueba.
Me pasé la mano por la cabeza. Mi plan, mi venganza, todo se tambaleaba.
—No... no puede ser —logré decirle.
—Sí lo es —dijo Alina, y su voz ahora era de victoria, aunque teñida de dolor. —Será mejor que corras a decirle a tu esposa que será la madrastra de tu hijo.
Mi instinto de protección y control se activó. Tomé a Alina fuertemente del brazo, ignorando el dolor en su rostro.
—No se te ocurra decirle nada a Amy —le ordené, acercándola a mí. —Seré yo quien lo haga, en el momento indicado.
—Está bien —dijo ella, luchando por liberarse. —Pero no te tardes, Bastian. No voy a permitir que mi bebé esté en el anonimato.
La solté, el pánico dejando un sabor metálico en mi boca. La última brizna de esperanza se aferró a mi pasado.
—Ese bebé podría no ser de mío.
Mi cara se giró por el golpe de mi cara, ella me había dado una bofetada.
—¡No te atrevas a dudar eso, Bastian! —gritó histérica.
—Me engañaste con otro. Podría ser de alguien más, Alina —insistí, frotándome la mejilla.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Me acosté una sola vez con la persona con la que me encontraste. ¡Una sola! Y jamás lo he vuelto a ver. Y desde la noche que tú me buscaste nuevamente, yo no he estado con nadie más. ¡Solo contigo!
—Alina no me hagas reír, bien sabes que lo que digo es cierto, no creo que ese hombre haya sido el único o la única vez.
—Debes creerme. Este bebé es tuyo.
—Tendrás que demostrarlo. Ahora estoy casado y amo a mi esposa y tú vienes y le dices que estás embarazada.
—Lo siento, no fue mi intención mover tu nido de amor.
—Solo mantente lejos, no te quiero cerca de mi,
—Cariño pero si vamos a tener un hijo, siempre estaremos cerca. No te puedes escapar de mi.
Alina no dijo nada más, y lo agradecí. Ella abrió la puerta y simplemente se marchó.
Me quedé allí, atrapado entre el lavamanos y la puerta, con un hijo que no quería y una esposa que no podía perder.
Al menos no quería un hijo ahora y menos de Alina, no deseaba estar atado a ella.