La jugada maestra

2023 Words
Hubo un corto silencio, eso me estaba estremeciendo por dentro. —No. No abras la boca para mentir de nuevo, Bastian. No eres el esposo que yo quería. Pensé que eras diferente, que detrás de toda esa fachada había un hombre con la verdad. Mi corazón sintió dolor, un dolor que erizó mi piel, estaba empezando a odiarme por hacerla llorar. —Quizás —añadió Amy, com la voz quebrada por el llanto. —quizás me precipité al casarme contigo. Me quedé inmóvil, mirando la puerta cerrada. Amy dudaba. La verdad, la única cosa que me importaba evitar, estaba saliendo a la luz. —No te arrepientas, Amy —dije, sintiendo terror, la amenaza de perder mi pieza clave era inmensa. —Dame una oportunidad para demostrarte que me equivoqué. Pero ella ya no respondió. Me quedé inmóvil, mirando la puerta cerrada, y luego, el momento en que Amy la abrió. Salió envuelta en una bata de seda, pero su rostro no tenía la amigabilidad de antes; estaba marcado por la decepción y el dolor. Di un paso hacia ella, sintiendo que mi fachada se desmoronaba. La prioridad no era la venganza, sino la supervivencia del plan. —Amy, por favor —supliqué, intentando que ella creyera lo que yo quería. Tenía que sonar arrepentido. — ¿Vas a perdonarme? Necesito que me perdones. Amy se detuvo frente a mí. Me miró, y no había amor, solo una terrible claridad. —No —dijo sin dudarlo. —No voy a vivir con alguien que en un momento me trata con la pasión de un amante, y en otro momento del día me menosprecia y me humilla. Sentí un escalofrío helado recorrer mi columna vertebral. Me estaba leyendo como un libro abierto. Si perdía el control, si me dejaba llevar por la ira, la perdería y si la perdía, todo mi plan se derrumbaba. —¿Qué quieres decir con eso? —pregunté, sintiendo que el pánico se asomaba. Tenía que hacerla hablar, ganar tiempo. Ella levantó la barbilla, y sus ojos me miraron con una completa desilusión. —Quiero decir que es mejor un divorcio temprano que un arrepentimiento de por vida. Mi mente se paralizó. Divorcio. Esa palabra era el fin. Era la puerta de la cárcel. No solo perdería a Amy, perdería la coartada, el acceso y la oportunidad de vengar a mi madre. Tenía que actuar y muy rápido. —No te daré el divorcio, Amy —le dije, la negación era absoluta. No podía permitirlo. Ella me miró asombrada, y luego soltó una risa irónica, pero llena de dolor. —Lo que estás diciendo no tiene ningún sentido, Bastian. Pareciera que no me quieres. —Eso no es cierto —repliqué con confianza, acercándome a ella, con mi mirada suplicante. —Yo sí te amo. —No me amas —dijo ella, convencida de eso. —Si me amaras, no me harías sufrir de esta manera, y menos en nuestros primeros días de casados. Sentí el peso de su verdad y eso era innegable. —Tienes razón —admití, bajando la voz, asumiendo el papel del hombre arrepentido y presionado. —Tienes toda la razón, Amy, y te pido que me perdones. Últimamente he estado bajo una presión de trabajo insoportable. No soy así. —Entonces —dijo ella, levantando una mano para detenerme. —mientras vuelves a ser el hombre que eras, mantente lejos de mí. Intenté acercarme, mi mano se extendió hacia su rostro, pero ella retrocedió un paso. —¡Aléjate de mí, Bastian! —No puedo estar lejos de ti —le respondí, y esa parte no era del todo mentira. —Tendrás que estarlo —me desafió. —Porque no quiero estar a tu lado mientras te sigas comportando así. —Ya no será así —prometí, aunque la mentira sabía a ceniza en mi boca. Amy me miró por un largo momento, evaluando mi sinceridad, la batalla aún era visible en sus ojos. Finalmente, se dio la vuelta sin decir una palabra más, se dirigió a la cama y se acostó, dándome la espalda. La mañana siguiente; la alarma sonó y desperté solo en la gran cama, sintiendo mi corazón acelerado. Amy salía del baño, cuando apenas yo iba a entrar. Media hora después, salí del baño vestido, y ella aún estaba ahí. Bajamos al jardín, donde Tadeo y Francesca ya estaban sentados a la mesa, disfrutando de un desayuno exuberante. —Buenos días —dije, forzando una sonrisa amable, asumiendo mi papel de yerno modelo. —Buenos días —dijeron ellos a una misma voz. Tomé asiento junto a ella. Tomé la jarra de café y me serví primero. Luego, con un gesto de atención calculado para sus padres (y para Amy), llené su taza también. Amy me miró de reojo, la expresión ilegible, pero la aceptó en silencio. La fachada de un matrimonio imperfecto, pero funcional, estaba en pie. La guerra de la venganza continuaba. —Cariño, ¿qué te pasa? —preguntó Francesca, notando la rigidez en la postura de Amy y su silencio inusual. Amy se forzó a sonreír, mirando a su madre sin mirarme a mí. —Nada, mamá. Solo tuve una mala noche. No dormí bien. Tadeo, ajeno a nuestra tensión, rió con entusiasmo. —¡Cambia esa cara, hija! Hoy tengo el presentimiento de que será un gran día. Justo cuando Tadeo estaba a punto de llevarse el café a los labios, su teléfono vibró con una llamada entrante. Lo contestó con una sonrisa impaciente. —Dime. Espero que sea una buena noticia. El rostro de Tadeo se congeló a mitad de la frase. Su expresión cambió por completo, pasando de la complacencia a una ira y pánico oscuros. Se levantó de golpe, golpeando accidentalmente la mesa. —¡¿Qué estás diciendo?! ¡Eso es imposible! ¡Quiero una solución ya! ¡Ahora mismo! ¡Quiero nombres! —gritó, su voz era así una bomba que acaba de explotar. Colgó el teléfono de golpe, con la mano temblándole. —Tadeo, ¿qué demonios pasó? —preguntó Francesca, pálida. Tadeo se pasó la mano por el cabello, la imagen del magnate confiado hecha pedazos. —Se esfumó. Una alta cantidad de dinero se esfumó de la empresa. Una cantidad... considerable. Actué inmediatamente. Dejé mi taza, mi rostro adoptando una expresión de shock perfectamente ensayada. —¿Cómo pudo pasar eso, Tadeo? —pregunté, con un tono era el de un socio alarmado. —No lo sé. ¡No lo entiendo! Tenemos la mayor seguridad con el manejo de ese dinero. ¡Hay firewalls y protocolos que nadie puede saltar! Miré a Tadeo con el ceño fruncido, inyectando la dosis justa de sospecha y preocupación para sembrar la semilla de la duda. —Espero no arrepentirme de haber puesto mi dinero en manos de ustedes —dije, elevando la voz. Era una mentira, pero sonaba creíble, Amy, a pesar de la tensión entre nosotros, salió inmediatamente en defensa de su padre. —Bastian, eso no es justo. Mi padre tiene razón al decir que la seguridad es perfecta. O casi lo era. Rápidamente, me acerqué a ella, tocando su hombro con la mano que una vez me abofeteó. —Mi cielo, lo entiendo —dije, volviendo al papel de esposo comprensivo y solidario. —Y ayudaré a que se descubra qué pasó. Mi dinero también está de por medio. Trabajaremos juntos. Tadeo, claramente agradecido por el apoyo financiero y moral, se sintió más tranquilo. —Te agradezco la ayuda, Bastian. Ahora debo irme. Tengo que cancelar todo e ir a la oficina. Necesito una reunión de emergencia con los inversionistas y mis directivos. Tadeo salió corriendo del jardín, con Francesca siguiéndolo, el desayuno de celebración quedó abandonado. Yo me quedé sentado, solo con Amy, saboreando el café que ahora me sabía a pura victoria. La Fase Uno había sido un éxito rotundo. —Voy contigo —dijo Amy, levantándose de la silla, para seguir a sus padres. Me levanté también. El plan estaba funcionando a la perfección: Amy me llevaría directamente al centro de la tormenta. —Yo también iré —dije, con mi tono reflejando preocupación empresarial. —Mi inversión está de por medio, y Tadeo va a necesitar toda la ayuda y el apoyo que pueda obtener. Media hora después, llegamos a la impresionante torre corporativa de Morrow. El ambiente en la recepción era frenético; los empleados se movían con rostros tensos. Amy y yo seguimos a Tadeo directamente hacia el salón de reuniones principal. Al entrar, el ambiente era sofocante, las caras estaban lleno de pánico y resentimiento. Varios inversionistas de alto nivel ya estaban allí, hablando en voz baja, y con sus rostros reflejando la pérdida. Amy se sentó junto a su madre, mientras yo tomaba una silla estratégicamente cerca de Tadeo. Un asistente pálido se acercó y le entregó a Tadeo un documento. Él lo tomó con miedo y se sentó a la cabecera de la mesa. Todos los demás tomaron asiento. El silencio fue roto por uno de los inversionistas más antiguos, un hombre llamado Sr. Torres, cuya voz resonaba con exigencia. —Tadeo, queremos saber. ¿Cómo fue que se esfumaron tantos millones de dólares de la cuenta de la empresa de la noche a la mañana? Tadeo se frotó las sienes, tratando de mantener la compostura. —Justamente estamos investigando eso. Hemos llamado a los expertos en seguridad, y estamos revisando cada transacción. Les aseguro que fue un ataque externo... Otro inversionista interrumpió, en su tono agudo y lleno de miedo. —¡Un ataque que fue exitoso! Mire, Tadeo. Si otra esfumada de esta cantidad ocurre, quedaríamos en la quiebra. ¡Y mi capital no está aquí para financiar la incompetencia de su equipo de seguridad! El pánico era contagioso. Era mi momento de intervenir, no para calmar, sino para legitimar mi posición. —No podemos decir eso —intervine, con mi voz firme , atrayendo todas las miradas. —Es claro que la empresa bancaria de Morrow es rentable. Es por esa razón que yo, y estoy seguro que todos ustedes, invertimos nuestro capital aquí. Esta es una anomalía, no un patrón. Tadeo me miró con una gratitud genuina, usando mi intervención como un salvavidas. —Lo que dice mi yerno es absolutamente cierto. Mi compañía siempre ha dado buenos frutos, y pese a este lamentable incidente, no será la excepción. Demostraremos que podemos recuperar el capital y que somos seguros. La reunión continuó, con Tadeo luchando desesperadamente por controlar la situación, mientras yo estaba sentado allí, el inversor leal y la fuente secreta de su dolor. —¿Y bien, Tadeo? —presionó el Sr. Torres, el primer inversionista. —¿Cómo recuperarán ese dinero? ¿O es que ya tienen un culpable? Tadeo abrió la carpeta que le entregó su asistente. Su rostro se volvió mortalmente pálido al leer el informe informático. Amy, preocupada, se inclinó. —¿Qué pasa, papá? —Según el informe —dijo Tadeo, con la voz quebrándose. —no saben de dónde salió el dinero. No hay un rastro claro. El único registro es el número negativo en la empresa. —Entonces eso es más complicado de lo que pensábamos —dijo Amy, con el corazón encogido. —Así es —admitió Tadeo con desesperación. —Y ese dinero hay que reponerlo. Si no lo hacemos en 48 horas, el pánico bursátil nos hundirá. Intervine, este era el momento de la jugada maestra, de la generosidad calculada. —Yo repondré el dinero —anuncié, capturando la atención de todos en la sala. Amy me miró asombrada, con los ojos muy abiertos. Tadeo se levantó de un salto. —Bastian, te lo agradeceré infinitamente. Honestamente, no cuento con toda esa liquidez disponible en este momento, ya que recientemente hice otras inversiones. —Me lo devuelve cuando pueda, Tadeo —dije, restándole importancia. —Y esto no lo hago solo por la empresa. Lo hago por Amy, mi esposa, porque no quiero darle más preocupaciones. Tadeo se acercó, y por primera vez, me dio un abrazo sincero, al menos así lo sentí.
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