Capítulo 4

1791 Words
—Una porción de huevos revueltos, pan tostado y avena —Agradezco a la camarera que me ha atendido y me concentro en mi desayuno. Esta mañana tuve otra entrevista, me armé de valor para ir, pero al llegar al horrible lugar decidí mejor no ingresar e ir por un nutritivo desayuno. Mi estómago ha estado muy insaciable desde que hay una criatura dentro de él. La campañilla del lugar suena, y alguien entra gritando disculpas a todo el mundo. —Lo siento, lo siento, lo siento. Todos —Esa voz me es familiar—. Mi jodido auto se averió y mi hermano estaba muy lejos para traerme. En un momento entro a la oficina y reporto la nómina de todos. Y Marcos, ni creas que te vas a salvar por tu llegada tarde de hoy. —No he llegado tarde —grita un chico que se encuentra en el mostrador de los pasteles. Sofía, en su vestido verde, se cruza de brazos y le da una seria mirada—. Sólo fueron cinco minutos. —Ahora, la pelirroja golpetea su pie en el suelo—. Bien, fueron treinta y cinco minutos. Ni uno más ni uno menos. —De acuerdo —dice. Continúa su camino hacia la parte de atrás. Sin percatarse de que estoy allí o incluso el resto de las personas. —Si necesitas algo más, me lo haces saber. —La camarera formal que me atiende, regresa y comprueba sus otras mesas. Como mi delicioso desayuno mientras observo la calle y los vehículos que pasan. Cuando me aburro de hacerlo, saco el pequeño libro que empecé a leer hace un mes y continuo donde lo dejé. Una sombra se posa sobre mí y debo alejar mis ojos del libro. Gruño molesta. Estaba en la mejor parte y no he tenido que leer mil veces el mismo párrafo para entender lo que el protagonista está haciendo. Amo la fantasía, esos increíbles libros sobre hadas y seres increíbles. Si tiene un poco de romance no me quejo, pero si no lo tienen me da igual. El sólo leer e imaginar esos mundos es suficiente. Dirijo mis ojos hacia la persona que se ha atrevido a interrumpirme, el aire entra rápidamente a mis pulmones cuando unos ojos oscuros me sonríen. Unos familiares ojos oscuros. —Hola Lily. —Rafael —susurro. ¿Qué será lo que tiene este hombre que me pone nerviosa? —¿Disfrutando del desayuno? —Su mano señala mi plato vacío. Dios prácticamente lo he limpiado con la lengua. Pero es que estaba delicioso y muy hambrienta también. —Sí. —Me alegra saber que te gusta la comida, y los libros. —Me quedó observando su sonrisa relajada, al parecer debo decir algo, pero como no lo hago él continua—. ¿Qué tal tu día? —Bi... bien. —Vamos, di algo más—. Tenía una entrevista de trabajo hoy. —¿Qué tal fue? —pregunta sentándose frente a mí. Hago una mueca y debe parecerle divertido—. ¿Así de bien? —Pues mejor que ayer sí. Igual hoy no entré, el lugar daba miedo. Sus ojos parpadean un poco y su ceño se frunce—. ¿Qué clase de lugar era? —Una bodega en el centro, pero los locales a los lados se veían abandonados. No tenía nombre y había cartones viejos y ropa gastada en la parte delantera. —¿Fuiste sol a un lugar así? —cuestiona y su frente se arruga un poco más. —Era la dirección del clasificado —murmuro. La postura rígida y tensa de su cuerpo me intimida un poco, especialmente cuando el tatuaje de su cuello se pronuncia al tensar el músculo. Percibe mi malestar así que respira y se relaja un poco. —¿Qué clase de empleo buscas? —Eh... no estoy segura. —Levanta una de sus cejas en interrogativa. Me quedo pensando un momento en que es lo que quiero y como puedo expresarlo, pero la camarera me detiene de hacerlo cuando viene para atender a Rafael. Pide un café, una tortilla de huevo y pollo, un sándwich y dos rollos de pan y queso. Mis ojos se abren ante el descomunal desayuno que pide, parece ser que así es siempre, la camarera ni se inmuta. Dice que regresa en unos momentos y se retira. —¿Te gusta la fantasía? —Señala el libro de tapa roja —Me encanta. —Sonrío al pensar en lo increíble que ha sido leer es historia. —Puedo ver eso —dice. Ahora su sonrisa es más grande que la mía—. Estabas absorta en ello, te observé por algunos minutos y sólo existía ese libro para ti; además, no dejabas de sonreír. Me sonrojo ante sus palabras. ¿Ha estado observándome desde hace rato? Oh Dios, ¿Qué clase de muecas habré hecho? Tengo la costumbre de morderme el labio y arrugar mi nariz cuando leo. Jesús. —Jumm. —Dejo caer mi cabeza entre mis manos, mortificada. Le escucho reírse entre dientes—. Lo siento, es sólo que cuando leo pierdo la noción de todo. No existe el mundo. —Lo sé, conozco a alguien a quien también le sucede lo mismo. —Sus ojos me observan divertidos. Un poco de ese aura intensa ha disminuido y me relajo en su presencia. —Sofía. —Asiento cuando digo su nombre—. Dice que le gusta también este libro. Ya lo leyó. —Ese y toda la saga. Mi boca se abre. —¿Es una saga? —gruño—. ¿Cuántos son? —Cinco. Dios a este ritmo, terminaré en diez años. Con mi lenta capacidad de entender, un bebé en camino y trabajando... —Puedo decirle que te los preste —ofrece. Le sonrío agradecida por su preocupación e interés. —No es necesario, sólo pensaba que no voy a tener mucho tiempo. Los cambios que vienen van a requerir todo de mí. —La camarera regresa con el inmenso desayuno de Rafael. Vuelve a reír cuando ve mi mueca de asombro. —Vale, no te sientas tan sorprendida. Soy un chico en crecimiento. —se encoje de hombros y sonríe. —¿Más? Por Dios, eres como una jirafa. Si creces otro poco más puede que te vuelvas un idiota, por esa cosa de la altura y la falta de aire... Oh Dios, —jadeo y me cubro el rostro, avergonzada y asustada. ¿Qué me pasa?, ¿Cómo puedo ir y decir lo primero que se me pasa por la cabeza? Además, le he dicho idiota y jirafa. Escucho una sonora carcajada. Miro entre mis dedos hacia Rafael, lo encuentro apretando su estómago y riendo a rienda suelta. Su enorme cuerpo se sacude y le veo secar su ojo derecho. —No puedo creer que me hayas comparado con una jirafa y luego insinuaras que podría ser un idiota. —Lo siento. —Me apresuro a completar mi disculpa—. Realmente no debí decir eso, fue grosero y muy inapropiado. —No te preocupes, tienes razón. Soy alto y si lo fuera un poco más, mi idiotez crecería. —resopla—. Imagínate a Sofi, tendría un ataque si me vuelvo más imbécil de lo que ya ella dice, soy. —He conocido verdaderos idiotas, y tú no eres como ellos. Bueno, hasta donde he conocido de ti. —Mis mejillas se calientan con mi declaración. Pero es cierta. Rafael es el primer hombre en mucho tiempo, que ha mostrado más respeto y preocupación. Sólo espero que no demuestre que me equivoco con él, como me he equivocado anteriormente. Aunque como siempre, no permitiré que se acerque mucho a mí. —Es bueno saberlo, especialmente si viene de tu parte —Su risa se ha convertido en una sonrisa tranquila, sin embargo, hay un poco de color en sus mejillas. ¿Está sonrojado? No me da tiempo de comprobarlo, se sumerge en su desayuno. Le contemplo por unos segundos, se remueve incomodo por mi atención así que decido regresar a mi libro. Un tenedor es puesto sobre la hoja que intento pasar. Levanto mis ojos nuevamente y me encuentro con la sonrisa de Rafael. Me avergüenzo nuevamente, pensando que lo he ignorado por mucho tiempo. He leído veinte páginas, y con mi poca rapidez de comprensión, es bastante tiempo el que debo haber tomado. —Lamento ignorarte. —No te preocupes, me gusta verte leer —dice, y no creo posible que mis mejillas se coloreen más de lo que ya estaban—. Así que ¿Qué trabajo deseas? Parpadeo pensando en su pregunta. ¿Qué clase de empleo quiero? Bueno, necesito uno donde mi bebé no se encuentre en peligro, que tenga un horario decente y que la paga sea buena. —Cualquier empleo que me permita cumplir con mis responsabilidades. —¿Cualquiera? —inquiere. Asiento y sonríe—. Fregarías baños públicos ¿entonces? —¡Dios no! —Asco total. Suelta una risa y vuelve a hablar. —Entonces no quieres cualquier empleo. —No. Sólo uno donde no tenga que vomitar mi desayuno o adquiera una bacteria mientas cumplo con mis funciones. —Suspiro pensando en lo difícil que es para mí obtener un empleo—. Y que paguen bien. —Está bien. ¿Sabes usar un computador, archivador y otras funciones básicas de oficina? — Asiento. En casa, yo ayudaba a Gustavo con las cosas de su oficina y mantenía al día el papeleo—. Bien. —Sonríe. Toma su billetera y saca una tarjeta de ella. Me la extiende y la tomo confundida—. Preséntate mañana a las ocho de la mañana en esa dirección. Ya tienes un nuevo empleo. —Pero... ¿cómo? —Por cierto —continúa. Se levanta y sonríe hacia la camarera—. El desayuno va por cuenta de la casa. —Sacude sus pantalones—. Dile a Sofí que nos vemos en casa, Aide. Nos vemos mañana Lily. Antes de que pueda absorber todo, ya se ha ido. Miro su espalda fuera del restaurante con la boca abierta. ¿Qué acaba de pasar? —¿Disfrutaste de los huevos? —pregunta la camarera, que ahora sé, se llama Aide. —Sí, gracias. —Bien. —Saco mi monedero para pagar, pero niega con su cabeza—. Ya lo oíste, va por cuenta de la casa. —No puedo no pagar por mi comida —protesto—. Además, ¿qué vas a decirle a tu jefe? —Bueno, técnicamente, él es uno de mis jefes. —Sonríe y se retira con los platos sucios.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD