La alarma de mi móvil me despierta sobre las siete de la mañana.
Hoy he decidido levantarme temprano para poder terminar a tiempo todo lo que debo hacer. Hace unas semanas, mientras aún vivía en el hotel, estuve averiguando sobre cómo poder tener mis nuevos documentos e identidad. Da la casualidad que la recepcionista resultó ser esposa de una persona que trabaja en la registraduría, el primer día que llegué y me vio con golpes y sangre sobre mi mejilla; no pregunto, entendió todo y me auxilió.
Me habló sobre este lugar y como ella lo tomaría a su nombre mientras yo reunía lo suficiente para poder comprar mi nueva identidad. No le dije, a pesar de su ayuda, que ya tenía el dinero suficiente; el dinero corrompe a cualquier alma buena. Su esposo me ayudará con todo hoy, pero debo tomarme algunas fotos, es bueno que haya cambiado mi look hace días. Mi cabello fue cubierto con un tinte natural de color n***o, lo he cortado a la altura de mis hombros y uso lentes para esconder mis ojos. Ya no uso vestidos, ni botas de campo. Ahora mi ropa consiste en jeans, camisetas cómodas y sandalias. No quiero volver a usar zapatos cerrados nunca más.
Al salir de casa no me encontré con mis vecinos, ni con nadie más. El pasillo y el edificio como tal, están desiertos. Abordo un taxi que me conduce hacia la registraduría, tomó las fotos que necesito en el local de al lado, pregunto por el señor Guzmán y luego un hombre bajito y gordo me saluda. Me envía a una oficina donde debo firmar cientos de documentos. Una hora después, tengo un nuevo registro de nacimiento, cédula y estoy registrada en el sistema del estado. También me entregan un certificado de estudios lo que me ayudara con un empleo. No importa el valor que pagué, ahora soy Lily Ann Bedoya Medina. Es hora de empezar desde cero.
Lo siguiente en mi lista de compromisos para hoy es buscar un empleo. Tomo el periódico del día y sentada en una cafetería empiezo mi búsqueda. Hay demasiados empleos dudosos, otros complicados y uno que otro que puedo hacer. Remarco algunos y busco el móvil para llamar. Los primeros dos empleos a los que llamo me informan que debo enviar mi currículo a un correo que me dictan, en los otros me piden demasiada información que no tenía preparada y no paso "el primer filtro", sin embargo, para mitad del día ya tengo dos entrevistas pendientes.
Tomo un almuerzo y voy a una librería para comprar más novelas y textos que me ayuden a entretenerme. Aprovecho también para comprar más CD y tener una mejor variedad. Al llegar a casa, estoy algo cansada pero satisfecha, me ducho para quitar el sudor del día y al cambiarme voy a la tienda por comida. Sofía tiene razón, sólo tengo restos de pizza y refresco en casa. No creo que sea alimento suficiente para el bebé y para mí.
Esa noche, horneo un poco de pan y caliento la sopa que mi vecina me entregó ayer. Cocina bien, termino mi plato y voy a mi habitación para leer un poco y dormir.
Hoy no tengo visitas tardías.
Regreso a mi apartamento llorando.
Sorbo mis lágrimas mientras camino por el solitario pasillo, en este piso sólo hay cuatro apartamentos y en las otras dos puertas no he visto señales de vida en el día, en la noche si los he escuchado. Especialmente a los del 317, son realmente activos y alegres.
—¿Qué sucede? —Ahogo un grito y cubro mi pecho con una mano. Levanto mi rostro y me encuentro con los ojos preocupados de Rafael—. No quise asustarte. ¿Estás bien?
—Yo..., sí. Sólo un mal día —susurro. Dejo caer nuevamente mi cabeza y uso mi cabello para cubrirme. Debo estar horrible, con los ojos y boca hinchados.
—¿Segura? —Vuelve a preguntar. Asiento y trato de pasarlo, pero no lo permite. Asustada, observo su pecho cubierto por una camiseta gris, hay algunas manchas oscuras en ella. Cruza sus brazos y sus manos también se encuentran sucias—. Está bien. Espero mejore —dice. Levanto mi cabeza y le doy una mirada agradecida y confundida.
—Gracias.
Aligero mi paso y me encierro en mi departamento. Me dejo caer en mi sofá y vuelvo a llorar. Las entrevistas fueron horribles. Me sentí igual de humillada e inferior que cuando viví con Gustavo. Primero me hicieron esperar mucho, me miraron como si fuera un pedazo de chicle en su zapato y luego criticaron el hecho de que sólo soy bachiller, mi ropa, mi poca capacidad para responder rápido, me hicieron leer unos documentos y se desconcertaron cuando demoré el doble que los otros candidatos, se burlaron de mí y no les importó que hubieran más personas ahí para hacerlo.
Me sentí de nuevo en la casa del pueblo, en las garras de Gustavo, sólo que esta vez en vez de golpes, las risas fueron las que lastimaron mi alma. Permanezco en el sofá por demasiado tiempo compadeciéndome a mí misma.
Un golpe en mi puerta me interrumpe en mi festival de lástima. Seco mis mejillas y camino hacia la entrada. Veo la sombra de alguien al otro lado, el pánico de abrir me detiene un momento, pero sacudo el temor y abro.
—Hola —saluda Sofía—. Te traje un poco de helado. —Levanta una taza con dos bolas de crema—. Rafa me dijo que te vio un poco consternada y quise venir a ver como estabas.
—Oh. —Me sonrojo un poco, que estén preocupados por mí me confunde y asusta. Esto es nuevo—. No fue nada, lamento angustiarlos.
—No te preocupes. ¿Puedo entrar?
—Oh Dios, por supuesto. —Abro mi puerta y le permito entrar. Me entrega el helado y camina hacia mi sofá. Observa mis libros en la mesa de centro y sonríe.
—Veo que tenemos gustos semejantes, ¿Cuáles son tus series de Tv favoritas? Yo veo American Horror Story, Las Crónicas de Shannara, Supernatural y Game Of Thrones. —Parpadeo dos veces, intentado procesar sus palabras. No tengo la más mínima idea de lo que está hablando—. No sabes de qué hablo, ¿verdad? —Niego con la cabeza y eso hace que una enorme sonrisa se dibuje en su rostro—. ¡Siii! ¡Eres una virgen! Voy a contagiarte. Veamos, primero te presentaré a los hermanos más sexys del universo y lue... —Se detiene y frunce el ceño hacia el frente del sofá—: ¿dónde está la televisión?
—No tengo.
—¿No tienes? —bajo la cabeza avergonzada. Gustavo nunca me dejó ver televisión. Él si podía hacerlo, pero yo, yo tenía que estar ocupada en otras cosas que en perder el tiempo viendo novelas estúpidas sobre mujeres que eran una asolapadas; o eso era lo que él decía—. Bueno, tenemos uno de sobra en casa. —Se levanta y esa enorme sonrisa regresa—. Le diré a Rafa que la traiga.
—¿Qué? ¡No! No es necesario yo...
—Necesitarás también un reproductor, internet y cable. —Me interrumpe, camina hacia la puerta y yo entro en pánico—. Lo del cable e internet es lo de menos, podemos pasarte un poco, pero eso sí, cuando vengas los de la compañía, te desconectaremos.
—Sofía de verdad no tienes que...
—Es bueno que ya tengas la mesa, aunque creo que quedaría mejor con un soporte y justo lo tenemos —Esta mujer está ignorándome a propósito. No puedo creer que pretenda darme una TV, a mí, que apenas y me conoce.
Abro mi boca para volver a decir algo, pero ella ya ha abierto la puerta y ha salido. La sigo, veo que entra en su lugar y me quedo congelada en el marco de mi puerta. Unos minutos después, Rafael sale sin camisa, con el ceño fruncido y camina hacia mí. Probablemente va a regañarme por tratar de engañar a su hermana o no sé.
—Hola Lily. —Se detiene cuando me ve congelada y sonríe. Frunzo el ceño al verlo dibujar ese gesto hacia mí, cuando hace sólo unos segundos estaba molesto.
—Ho... hola. —¿Por qué siempre balbuceo frente a un hombre?
—¿Me permites? Debo mirar el espacio donde va el soporte.
—¿El soporte? Pero... no es necesario. Sofía dice que necesito el televisor, puedo comprarlo, no tienen que darme el suyo, yo iré mañana y compraré uno lo juro.
—Lily.
—¿Sí?
—Si Sofi dice que podemos prestarte un televisor hasta que puedas comprarte el tuyo, es porque podemos.
—No, no de verdad. Yo puedo comprarlo mañana mismo. Eso no es ningún problema, es sólo que... —Me detengo antes de seguirme avergonzando a mí misma.
—¿Sólo que qué? —Se cruza de brazos, él hace eso mucho. ¿Acaso no se da cuenta que es un poco intimidante cuando lo hace?, ¿es su intención hacerme sentir nerviosa?
—Yo... yo... —Levanta una de sus cejas y se recuesta sobre la pared—. No tengo idea sobre televisores —confieso. Cierro mis ojos, no quiero ver su cara de burla. Suficiente tuve con todo lo de esta mañana.
—Bueno, yo no sé mucho sobre libros. —Abro los ojos y lo miro. ¿Libros? Oh, debe referirse a su los gustos de su hermana—. No siempre debemos saberlo todo ¿no crees?
—Sí —admito. Sonríe y por primera vez, le correspondo a un hombre joven la sonrisa.
Debo de hacer una horrible mueca, porque la actitud de Rafael cambia totalmente. Sus ojos se estrechan y brillan más, descruza sus brazos y se concentra totalmente en mí. Dejo de sonreír.
Jesús. No vas a temblar, Lily. No lo hagas.
—Yo compraré un televisor mañana. No es necesario que me den el suyo. —Me apresuro a decir antes de que la loca idea de que me den su televisor continue—. Dile a Sofía que gracias por el helado.
Cierro rápidamente mi puerta y apago la luz. Me recuesto sobre la puerta esperando escuchar los pasos de Rafael, regresar a su casa. Lo escucho moverse, suspirar y moverse por el pasillo, justo cuando creo que por fin me han dejado sola, regresa y murmura:
—Buenas noches Lily.
Buenas noches, Rafael.