Debo comprar una nueva cama. Debo comprar de todo.
Cuando hui de casa, de la casa de Gustavo, sólo tome algunas ropas y todo el dinero de la caja fuerte —mucho dinero, de extorsiones y robos. Él no era un policía correcto— y escapé. He estado viviendo en un hotel donde me proporcionaron una cama y todo lo demás.
Pero ahora, entre las desnudas paredes y el enorme espacio de este apartamento. Me doy cuenta que no tengo ni siquiera un cartón sobre que dormir. Y ni loca me acostaré sobre esa alfombra, debo cambiarla inmediatamente.
Me ducho y uso ropa cómoda pero decente para salir de compras. Abordo un taxi y le pido que me lleve a una tienda de muebles de segunda mano. Sí, tengo mucho dinero, pero no sé cuánto tiempo estaré sin empleo y debo ahorrar lo posible para vivir por el tiempo que sea necesario. Veinte minutos después, estoy en "El rincón de Anita" y lo primero que descubren mis ojos, es una base cama con colchón que se ve realmente cómoda. El precio es justo y para mí felicidad, también hay un armario y un cajón a buen precio.
Una mesa de comedor pequeña, una mesa de centro, una estantería y un sofá grande después; y he terminado por ahora. Pago sólo un poco más para que todo me sea llevado a mi casa en una camioneta del esposo de Anita, el señor Gabriel. Para mi asombro, me ayudan sin cobrarme de más, a ubicar los escasos muebles en el lugar; les agradezco casi llorando y con un poco de vergüenza les pregunto dónde puedo comprar cortinas y cobijas para mí. Amablemente, el señor Gabriel se ofrece a llevarme él mismo a un lugar donde dice, encontrare todo lo que necesito.
—Ésta es una ciudad muy grande. Debes tener cuidado en donde compras tus cosas. Existen muchos lugares con personas que esperan a criaturas inocentes como tú, para estafarlas. —dice, después de que casi le comprara unas cortinas al doble de precio de lo normal, según Gabriel, a una señora apenas y llegamos al centro de la ciudad—. Tienes una cara inocente y además tu actitud...
—¿Mi actitud? —pregunto confundida y un poco molesta.
—Sí, hija. Te ves como un ratoncito, todo pequeñito y asustadizo. —Si no fuera porque lo dice con ternura y una dulce sonrisa, para un hombre de sesenta y cuatro años como él me lo dijo, me molestaría—. Hay demasiados depredadores en esta ciudad, dispuestos a lanzarse sobre ti.
Frunzo el ceño y camino cerca de él. Las personas pasan apresuradamente y no se percatan de mi existencia. Ya perdí de la cuenta de cuantas veces me han estrujado, empujado, pisado y golpeado. El señor Gabriel me ha arropado bajo su ala, para evitar que salga herida, lo dejo, temo por un golpe sobre mi estómago.
—Nunca compres en el primer lugar que visitas, debes ver varios y comparar los precios. —Asiento, guardando la información en mi mente—. Si el vendedor te dice que vale tanto, tú has un puchero y diles que tienes menos, así no sea verdad.
—Pero eso es engañar —protesto.
—Créeme pequeña. Ellos desde que llegas a su puesto ya están engañándote a ti —dice. Entramos al tercer local y de inmediato dos vendedoras nos abordan—. Necesitamos unas buenas cortinas, que sean de buena calidad y bonitas.
—Por supuesto —responden sonrientes. Nos llevan a la parte de atrás y nos enseñan algunas que sinceramente no me gustan. Y como soy tan clara y transparente, mi rostro debe reflejar lo que pienso y siento—. No se preocupe, tenemos estas otras —dice y me llevan a la parte del frente. Unas hermosas cortinas de color naranja, que me recuerdan las hojas secas en el patio de mi abuela, me enamoran.
—Esas. —Las señalo. Los ojos de la vendedora se abren con entusiasmo.
—Oh, esas son de seda. Y cada una de ellas viene con el velo respectivo.
—¿Cuánto cuestan? —pregunta sin titubeos el señor Gabriel.
La vendedora da el precio y casi me caigo. ¡Por Dios! ¿Acaso están hechas de oro? Mis hombros caen y me siento decepcionada. Puedo permitírmelas, pero es un gasto exagerado, no tengo aun empleo y el bebé pronto necesitará sus cosas. Además debo pagar por un seguro médico y para ello, necesito mis nuevos documentos, con mi nombre falso. Y eso no es barato, tampoco.
Don Gabriel les dice que lo siente, pero que no tenemos esa cantidad de dinero, necesitamos cuatro juegos de cortinas, pero el precio no alcanza. Cuando él dice el número de juegos que necesitamos, los ojos de la vendedora miran a su compañera, no soy una experta en interpretar a los demás, pero es obvio que ambas comparten una charla mental. La vendedora sonríe y pregunta cuanto tenemos, Gabriel le dice el valor y muerdo mi boca para no decir algo y arruinarlo todo. Espero que nos digan que estamos de broma, que nos larguemos y vayamos a mendigar a otro lado, pero la vendedora nos sorprende sonriendo y diciendo:
—Les podemos dar el precio al por mayor. Síganme.
Parpadeo tres veces y me toma esos tres segundos para seguirlos a todos tres. Unos minutos después y salgo feliz con cortinas nuevas. Las vendedoras nos ofrecen otros artículos, pero Don Gabriel me dice con una sutil negación, que debo decir no.
Visitamos otros cuatro locales más y obtengo lo que necesito y mucho más por un precio considerable. Sorprendida por ello, agradezco una y mil veces a mi ángel guardián de hoy, sin él, no hubiera logrado ahorrar tanto.
—Nuevamente le agradezco, de verdad. Ha sido una bendición para mí.
—Ya, ya pequeña. Lo he hecho con gusto. Toma —extiende su mano y me entrega una tarjeta—, ese es el número del taller, donde permanezco la mayor parte del día. También está mi teléfono móvil, llámeme cualquier cosa que necesite. —Asiento agradecida—. Y recuerda Lily, ten cuidado.
—Sí señor.
Sonrío y entro a mi hogar.
Mi hogar.
Mío.
Antes de dejarme en casa, le pedí a Don Gabriel me dejara en la ferretería, se negó a no acompañarme y lo agradecí, me ayudó mucho con las herramientas y lo que necesitaba para poder organizar un poco mi apartamento.
Del nuevo teléfono que compré, y el directorio que tomé de la tienda de comestibles, y llamo para pedir por una pizza. El repartidor llega y preparo mi almuerzo. Aproveché también, y compré otros CD para mi reproductor y con la voz de Ana Gabriel —que me recuerda a mi abuela— empiezo a comer y acomodar todo.
Alguien toca a mi puerta y me confundo.
No creo que sea el señor Gabriel, es tarde, no tanto como para estar dormida, pero sí como para no recibir visitas. Un pensamiento cruza por mi mente y me paralizo por unos segundos.
Detente, él no está aquí. No puede encontrarte. Estás a horas y kilómetros de distancia.
Salgo de mi habitación, con el libro que leía en mano, y voy hasta la puerta.
—¿Quién es?
—Hola vecina. —La voz amortiguada de una mujer, se escucha desde el otro lado. Abro un poco la puerta, ya que no tiene mirilla, sin soltar la cadena de seguridad. Un bello y alegre rostro me sonríe desde el otro lado—. Hola, soy Sofía. Vivo en el 315 y quería venir a saludar. —Una risita se escapa de sus labios cuando permanezco callada. Debo también tener una cara de chiste—. Lo siento por esta hora, pero salgo de trabajar a las siete. Rafa me contó que teníamos nuevos vecinos, y quise pasar a decir hola y entregarte esto. —Levanta un tazón con sopa, o algo parecido, caliente.
Sus dulces ojos verdes y su fresca y sincera sonrisa me convencen de dejarle entrar. Le pido un segundo y cierro la puerta para quitar el seguro, abro nuevamente y la dejo pasar. Sonríe y camina hasta mi cocina.
—Aun no has comprado nada para tu cocina. Es bueno que cada apartamento venga con su propio refrigerador. —Deja la taza en el mesón y abre mi nevera como si fuera la dueña de casa—. Al menos tienes pizza y refresco. No te morirás de hambre. —Sonríe y es tan contagiosa que termino regresándole la sonrisa.
—Soy Lily.
—Lo sé, Rafa ya me lo dijo.
—¿Rafa? —pregunto. Toma asiento en mi sofá y la sigo.
—Rafael —dice. Mi mente evoca entonces al hombre de esta mañana. ¿Es su esposo?—. Mi hermano.
—¿Tu hermano? —Pero no se parecen en nada.
—Lo sé —dice—. No nos pareces casi. —Rueda los ojos y sonríe más amplio—. Rafa fue adoptado porque mis padres creían que no podían tener bebés, dos años después, llegué yo.
—Entiendo.
—Pero igual, nos hemos criado juntos y para mí él es mi hermano de sangre, de corazón y del alma. —Sonrío. Sus ojos van hacia mis manos y al libro que estoy leyendo—. Oh genial, yo leí ese libro hace unos meses. Es increíble. ¿En qué página vas?
—Apenas lo estoy empezando —murmuro apenada. Nadie sabe que me cuesta un poco leer, que debo revisar más de dos veces algo para poder entender lo que dice. Sólo hace unos años que he aprendido a leer y el resto de las cosas vitales.
—Oh bueno, cuando llegues al capítulo doce, puedes llamarme. Es un poco confuso, pero Dios, es buenísimo.
—Gracias.
Sus ojos recorren el lugar y veo que se demoran un poco en la raída pintura. Mis mejillas se colorean porque he intentado hacer todo lo posible por organizar el apartamento y dejarlo presentable.
—No puedo creer lo que has hecho con este lugar. Está mucho mejor que la primera vez que lo vi. —Arrugo mi frente confundida—. Los anteriores inquilinos, eran demasiado ruidosos. Muchas veces tuve que venir y decirles que dejaran el ruido o los cortaría con mi cuchillo de carnicero. Tuve varias tomas del lugar y era horrible.
—Es horrible —murmuro. Aunque lo he limpiado y he acomodado algunas cosas, aún falta mucho.
—Sí, es horrible. Ahora está en proceso de recuperación. Recuperación intensiva —agrega y resoplo una carcajada. Esto la hace reír y pronto me escucho a mí misma riendo también—. Pero las cortinas son realmente hermosas.
—Lo sé. —Sonrío orgullosa. El móvil de Sofía suena y se levanta observándolo.
—Debo irme, Rafa está gruñendo porque no ha comido nada aun. Será mejor que vaya, antes de que se suba por las paredes.
—Vale.
—Un placer conocerte, Lily.
—Igualmente, Sofía.
Igualmente.