Observo atentamente la puerta frente a mí. Los números 314 me sonríen desde su lugar sobre el marco. Suspiro y extiendo mi mano con la llave de lo que ahora se considera mi hogar.
Lo primero que me recibe es el horrible olor a suciedad y moho. Ahora entiendo porque era tan económico, el maldito lugar se cae en pedazos. Incluso considero regresar a la habitación de hotel de mala muerte donde me hospedaba desde hace siete semanas. Al menos no había roedores y la cama estaba limpia.
Vuelvo a suspirar y entro a lo que es ahora mi casa por tiempo indefinido. El vecindario no es malo, al contrario. Es un sector popular pero seguro. Todo está cerca, tiendas de comestibles, fruterías, ferreterías, centros comerciales, peluquerías, heladerías, restaurantes, etc. La sala sólo está vestida con una estúpida alfombra que debe tener más años que Madonna y un horrible cuadro de un payaso.
Odio a los payasos, les tengo pánico.
Corro hacia el horrible ser que sonríe y arrojo rápidamente su rostro feo en una de las bolsas de basura que compré en la tienda de la esquina. Regreso hacia el pasillo y entro todas las bolsas con los implementos de aseo que traje para hacer de este lugar, un sitio más... ¿agradable?
Bueno limpio y habitable, más bien.
Saco el viejo reproductor de sonido que encontré hace unos días en una venta de garaje y reproduzco el único CD que venía con él. Una recopilación de Luis Miguel y Alejandro Sanz. Subo el volumen, amarro mi cabello en una cola alta y me dispongo a cambiar un poco mi apartamento.
Lo primero... el horrible y mugriento baño.
Dos horas después, dos litros de límpido, tres de aromatizante, dos sacos de jabón y seis bolsas de basura, el lugar tiene otra cara y otro olor.
Las paredes, que restregué a más no poder, ahora ya lucen amarillas y no verdes. Sin embargo, mañana mismo las pintaré. La cocina no ha tenido tanto uso, tal vez quien vivía aquí anteriormente odiaba cocinar, por lo que no tomó mucho trabajo dejarla impecable. Con mi camisa pegada a mi cuerpo por el agua y el sudor, me dispongo a llevar las bolsas hacia los contenedores de la basura que hay al final del pasillo.
Estoy llevando las últimas dos, pero son realmente pesadas, por lo que me veo en la obligación de dejar una de ellas en el camino y continuar sólo con una. ¿Qué demonios empaqué aquí?, ¿ladrillos? Pesa jodidamente mucho. Decido arrastrarla lentamente para no hacer mucha fuerza en mi abdomen y afectar a mi bebé. Sólo tengo tres meses de embarazo, aunque no se nota mucho.
—¿Qué mierda... ¡Ouch! —Escucho que alguien tras de mí grita y luego... ¡Pum¡
Algo o alguien se han caído. Me vuelvo rápidamente para ver un hombre de espalda en el suelo. Dejo la bolsa que estaba arrastrando y camino rápidamente para ayudar. El hombre se ha tropezado con mi bolsa, la que dejé atrás para poder llevar la otra. Me detengo a su lado y me arrodillo murmurando miles de disculpas.
—Lo siento, lo siento, lo siento. —Una caja de herramientas y muchas de éstas últimas se encuentran esparcidas por el suelo. Una llave ha caído sobre el pecho del hombre que ahora me mira furioso.
Oh Dios. Está enojado, corre Liliana, corre.
El hombre se levanta y fulmina la bolsa con su mirada, se vuelve hacia mí, con ceño fruncido y la respiración agitada. Mis ojos se abren totalmente y retrocedo, el miedo burbujeando dentro de mí. Dos pasos más y mi espalda encuentra la pared, él se acerca mirándome con enojo, empiezo a temblar y mis manos cubren instintivamente mi rostro. Cierro mis ojos y espero por el primer golpe, pero nunca llega.
—¿Qué estás haciendo? —La voz ronca que dirige la pregunta hacia mí, me hace abrir los ojos. Me encuentro con otros oscuros y enigmáticos observándome con horror. Me percato entonces de mi postura y de lo que él debe estar pensando de mí. Me avergüenzo y siento el calor subir a mis mejillas.
—Yo... lo, lo siento. No quise que he lastimaras, sólo estaba llevando las bolsas al contenedor, pero estaban realmente pesadas y no pude con ambas. Deje esa ahí porque iba primero con la otra. No sabía que alguien podría tropezar con ellas, no pensé, lo juro. Simplemente...
—Oye —Levanta sus manos y vuelvo a encogerme de miedo. Su frente se arruga aún más, respira profundamente y deja caer sus brazos—. Respira ¿Quieres? No voy a... —Detiene sus palabras sólo un segundo pensándome mejor sobre ellas—: lastimarte.
—Lo siento —susurro. Dejo caer mi cabeza, avergonzada por parecer una loca demente.
—Ya te disculpaste —dice. Su voz hace que nuevamente vuelva a mirarlo.
Es aterrador. Digo, no es un hombre horrible, no. Al contrario. Es enorme, mucho más que Gustavo y él medía 1.84 metros. Sus ojos son oscuros y muy penetrantes, su piel es un poco más dorada que el color lechoso de la mía, su cabello es oscuro, su mandíbula se encuentra apretada y el músculo moviéndose es perceptible. Su brazo izquierdo se encuentra lleno de tatuajes que se esconden bajo la manga de su camiseta azul oscuro, otro se asoma por su cuello como una serpiente. Su cuerpo es duro, puedo notarlo por la forma en la que sus ropas se aferran y marcan sus músculos. Me sobrepasa por unos buenos treinta centímetros o más y eso lo hace espeluznante. Es fuerte y alto, puede acabar conmigo fácilmente.
—Lo sien... —Hago una mueca y aclaro mi garganta—. Está bien. No fue mi intención. Yo voy a ayudarte con eso. —Señalo sus herramientas y me arrodillo nuevamente para recogerlas.
—No. —espeta y me alcanza. Salto y caigo de culos—. j***r —gruñe y vuelve a maldecir—. Deja de asustarte, no pasa nada ¿vale?
Asiento y trato de levantarme, me da una de sus manos y la miro con cautela y confusión. Nadie, nunca, ha intentado ayudarme, jamás.
—Intento ayudarte, tómala. —Pide. Su voz es más suave y sutil ahora. Con miles de preguntas en mi cabeza, lo hago.
La calidez que me embarga, me abruma y me asusta. Suelto su mano inmediatamente me enderezo. Su ceño vuelve a fruncirse y sigue observándome atentamente. Me muevo, nerviosa en mis pies y deseo desaparecer o que la tierra me devore en estos momentos.
—Mil disculpas, si no deseas que te ayude... yo voy a seguir con lo mío. —Mis palabras aun no terminan de salir de mi boca y ya estoy corriendo hacia otro lado.
—Detente —ordena. Me ordena y yo empiezo a temblar. Recuerdos vienen como una estampida a mi mente y me encuentro luchando para respirar. Unas manos toman mi rostro y me piden que respire lentamente—. Despacio, hazlo despacio, por favor.
Pronto, su rostro entra en foco y puedo respirar. Sus preocupados ojos me miran atentamente y me siento fatal por este espectáculo que estoy dando. ¿Qué puedo esperar cuando encuentre un trabajo y mi jefe me dé órdenes?
—Lo lamento. —susurro. Hago otra mueca y él sonríe.
—No te preocupes —dice. Soy consciente de sus manos en mi rostro y me alejo, sin evitar sonrojarme por haber permitido que me tocara.
Me muevo nerviosa nuevamente, alternando mis ojos entre la bolsa de basura y el hombre al frente de mí.
—Yo te ayudo, probablemente te lastimes si sigues arrastrando esas bolsas.
—Oh no. No es necesario yo... —Pero no me hace caso. Camina hasta la bolsa que le hizo caer y la carga sin problema, alcanza la segunda y sin esfuerzo alguno, las lleva hasta su lugar.
—Listo —dice. Se inclina ahora, para recoger sus herramientas y corro a ayudarle.
—Gra... gracias.
—De nada.
—No tenías que hacerlo, fue mi culpa que te cayeras porque deje la bolsa en medio del pasillo, no fue muy inteligente de mi parte...
—Ey, ey. Respira —Lo dice con una sonrisa y eso ayuda a que no vuelva a asustarme como un ratón.
—Disculpa yo... tiendo a hablar mucho cuando estoy nerviosa, siempre he sabido que es algo incómodo para los demás, pero no puedo evitarlo... y ahora lo estoy haciendo nuevamente. —Sé, sin verme a mí misma, que estoy más roja que un tomate.
—Así es. —Sonríe nuevamente y me siento realmente intimidada por lo impresionante que luce.
—Debo..., debo irme —Extiendo la herramienta que recogí, la toma sin quitar sus ojos de mí—. Gracias nuevamente, debo irme.
—Está bien.
Camino rápidamente hasta llega a mi apartamento, abro la puerta y le veo por el rabillo de mi ojo entrar en la siguiente puerta, en el 315, u segundo después sale y grita:
—Oye vecina. —Me sobresalto pero aun así lo enfrento—. Soy Rafael.
Parpadeo varias veces.
¿Qué?
Continua observándome, una sonrisa se dibuja nuevamente en sus labios y levanta una ceja.
¿Qué está esperando?
Tu nombre, tonta.
Oh Sí, es cierto. Él me ha dicho el suyo, se supone que debo decirle el mío, pero, ¿cuál es?
—Lily —grazno.
—Bienvenida al vecindario, Lily. —Hace un ademán con su mano y se pierde dentro de su hogar.
Lily... me gusta.
A mí también.