Capítulo I: Erica llega a Comraich Gaoil
Vieja. Destartalada. Ruinosa.
Si Erica tuviera que describir su casa familiar, emplearía estos adjetivos. A medida que aparcaba su desvencijado BMW 330D de segunda mano a un lado de la casa y sacaba su vieja maleta roja, la joven sentía que el estómago se le revolvía al ver el penoso estado en que se encontraba la vivienda. Siendo honesta, era mucho peor de lo que había esperado.
Ante sus ojos se erigía una casa que llevaba décadas abandonada y eso se vislumbraba por el aspecto polvoriento y deteriorado de sus paredes y fachadas. Se notaba que el propietario original de la casa, su abuelo, no había sabido conservarla como era debido. El huerto no era más que un pedazo de tierra revuelta sin cultivar, donde las malas hierbas habían decidido instalarse sin pudor alguno. Al lado de la casa había una especie de cobertizo en peor estado incluso que la casa, con agujeros por las paredes y en el techo, y muy sucia.
Erica tragó saliva. Si no fuera porque estaba desesperada por huir de Cardiff y no tenía otro lugar -ni dinero- donde hospedarse, probablemente ya habría salido corriendo de allí. Pero no podía.
«A lo mejor el interior está mejor, que es lo que importa», se dijo.
Pero no tardó en llevarse otra decepción. El olor a polvo y cerrado era insoportable, y Erica captó hasta un poco de hedor a roedores y moho. Desde la muerte de su abuelo hace ocho años atrás, nadie había vuelto a vivir en aquel sitio y todo estaba en un estado lamentable. Los tablones de madera crujían y parecían poco resistentes, algunos muebles estaban podridos o roídos por las alimañas y, en general, el ambiente no podía ser más triste y siniestro. Por lo menos había chimenea, advirtió Erica, y el sofá parecía salvable. Siempre podía dormir ahí, en caso de que los colchones no hubiesen sobrevivido a los insectos.
En el piso superior no había nada de interés, salvo dos habitaciones y un cuarto de aseo modesto. En uno de los armarios encontró varios juegos de cama, edredones, mantas y frazadas bastante decentes. En otro mueblecito de madera halló la ropa de su abuelo, que constituía en tres pares de pantalones, cinco camisas, varias mudas de ropa interior, calcetines y un abrigo de leñador. No era mucho, pero tal vez podía venderlo y sacarse unas libras, aunque la ropa se veía bastante usada y vieja. Los zapatos tenían que tirarse.
Tras inspeccionar detenidamente toda la casa, Erica llegó a la conclusión de que, a pesar que difícilmente reunía los requisitos indispensables para ser un lugar habitable, tampoco era la casa más horripilante para vivir. Lo que más le hacía falta era una limpieza en profundidad, y deshacerse de todos los muebles y colchones inservibles. Además, aunque ahora no tenía mucho dinero, más adelante podría ahorrar un poco e ir renovando la casa poco a poco, aunque ni ella misma sabía cuánto tiempo iba a quedarse en el pueblo. Pero por el momento, iba a ser una larga temporada.
Salió afuera un momento para echar un vistazo al interior del cobertizo, donde halló para su alivio madera seca y bien apilada, lo suficiente como para aguantar una temporada, y varias herramientas de jardinería, aunque estas eran pesadas y estaban oxidadas. Le interesaba sacarle provecho al huerto y plantar sus propias hortalizas en un futuro, ya que así podría ahorrar algo de dinero. Pero decidió dejar aparcada esa idea para otra ocasión y centrarse primero en la casa.
Tenía que ir al Ayuntamiento del pueblo para terminar de firmar algunos papeles acerca de la casa y de paso dar de alta la electricidad, el gas y el agua. Lo de contratar un servicio de Wi-Fi en su casa era otra historia. Dudaba que un técnico fuera a tomarse muchas molestias en venir hasta aquí para instalarle el Internet y era muy probable que en cuanto pusiera un pie dentro echaría a correr cuesta abajo hasta desaparecer en un pestañeo. Erica no pensaba hacerle tal cosa a un pobre empleado.
En su lugar, ya había comprado un Wi-Fi USB para conectarlo a su portátil cuando hiciera falta, aunque no tenía pensado utilizarlo mucho. Prefería pasar un tiempo alejada de la tecnología, si tenía que ser honesta.
Erica tomó su bolso y se dispuso a marcharse. Tenía cosas que hacer antes de que se hiciera de noche.
[...]
Soltando un suspiro de alivio, Erica salió del Ayuntamiento más contenta que antes.
Había tardado un poco más de lo que esperaba, pero al final todo el papeleo estaba terminado. Eso la dejaba con tiempo para pasar por algún supermercado porque no había nada de comida en la casa. Y pedir a domicilio estaba fuera de cuestión, por supuesto.
Mientras hacía una notación mental acerca de lo que tenía que comprar, no se dio cuenta de que chocaba con fuerza con alguien. El encontronazo la hizo trastabillar hacia atrás y por poco estuvo a punto de caer de culo si no fuera por las rápidas manos que la sostuvieron.
—Ah —dijo una voz masculina—, ¿está usted bien?
Erica levantó la cabeza y al instante sus mejillas se tornaron de un color granate. El hombre con el que había chocado era alto y corpulento e iba muy bien vestido, con unos pantalones de traje grises y una camisa azul marino que resaltaba su piel trigueña. Era algo más mayor que ella, y poseía un rostro franco y atractivo capaz de hechizar a cualquier mujer.
De repente sentía que se le había secado la boca.
—Esto, eh…
—Por favor, no se avergüence y dígame la verdad. ¿Le duele la nariz u algún otro sitio? —preguntó educadamente el caballero mientras la estudiaba con atención.
Al final Erica encontró las palabras suficientes como para decir:
—Oh, sí, estoy bien pero… si pudiera hacer el favor de soltarme, por favor.
No estaba acostumbrada a que la tocaran y el hecho de que lo estuviera haciendo un hombre tan apuesto como él la ponía cada vez más nerviosa. Ni siquiera sabía porqué se ruborizaba tanto. El hombre no era su tipo.
Este obedeció y retrocedió un par de pasos.
—Le pido que me perdone. Andaba distraído —se disculpó mientras le regalaba una sonrisa reluciente.
Erica parpadeó y asintió.
—En realidad es culpa mía. No prestaba atención por donde iba. Lo lamento también —replicó ella a su vez, un poco avergonzada.
—En ese caso no hay nada que lamentar, señorita… Ahora que lo pienso, no me suena de nada su rostro. ¿Puedo preguntarle su nombre? ¿Es usted una recién llegada? —Ahora el hombre se mostraba abiertamente interesado.
¿Por qué quería saberlo? ¿Había algún motivo?
Su rostro debía estar mostrando sin tapujos lo que pensaba, porque el hombre rió y se apresuró en explicar:
—Oh, no tengo intenciones oscuras, se lo puedo jurar. Déjeme que me presente primero. Mi nombre es Marcus Kilgour y soy el alcalde de este querido pueblo. Es un auténtico placer conocerla, señorita.
Si antes estaba sorprendida, ahora estaba anonadada. Erica se lo quedó mirando con ojos abiertos como platos y la boca desmesuradamente abierta.
—¿A-alcalde? —tartamudeó.
El hombre asentía de manera inocente pero con una sonrisa divertida.
—Así es.
—Pe-pero… ¡si no parece mucho mayor que yo! —exclamó, sin dar crédito a sus ojos.
Entonces se llevó la mano a la boca. Ups.
Lejos de mostrarse ofendido, el alcalde parecía todavía más divertido por su respuesta.
—Aunque no lo parezca, tengo treinta y nueve años, pero tengo la suerte de poseer unos genes estupendos —explicó con amabilidad, para mayor asombro de la joven—. Es extraño encontrar gente nueva en Comraich Gaoil, hacía años que no teníamos a un forastero por aquí. ¿Cómo se llama?
—Oh, me llamo Erica Goodwin y en realidad tengo planeado quedarme a vivir un tiempo.
Marcus parecía pensativo.
—Goodwin… Goodwin… ¿de qué me sonará ese apellido?
—Mi abuelo murió aquí hace ocho años. Creo que se llamaba Carl Goodwin —explicó Erica.
Entonces vio claramente cómo el alcalde ponía una expresión rara, como si acabara de chupar por error un limón agrio, para ser más exactos.
Oh, oh.
—¿Pasa algo? —preguntó ella.
—No se parece en nada a su abuelo, señorita Erica —repuso con mucho tacto el alcalde, mostrando a su interlocutora una dentadura perfecta.
—No era muy querido por aquí, ¿no es así?
—No mucho —admitió Marcus—, pero eso es cosa del pasado. ¿Llegó a conocerlo alguna vez?
—No, mi padre casi nunca hablaba de él y, para cuando yo nací, hacía tiempo que habían perdido el contacto —explicó Erica al tiempo que se encogía de hombros.
El alcalde la miró con un deje de lástima.
—Es cierto que su abuelo no gozaba de gran popularidad en el pueblo, pero eso no quita que no nos complazca tenerla entre nosotros. Como alcalde, le doy la bienvenida a nuestro amado santuario. Si necesita cualquier cosa, lo que sea, por favor no dude en ponerse en contacto conmigo, con el superintendente o incluso con algún m*****o de la ESF, que siempre merodean por aquí.
—¿La ESF, dices? —inquirió, confusa, pues esas siglas no le sonaban de nada. ¿Alguna asociación de vecinos, quizá?
—La Easton Security Forces. Es una empresa de seguridad de ex-militares cuya base de operaciones está un poco alejada del pueblo, pero sus miembros casi siempre bajan aquí y se les puede ver con regularidad. Son majos, así que no tienes por qué temerles. Ellos también cuidan de las mujeres —explicó Marcus mientras hacía un gesto desdeñoso con las manos. Al parecer les conocía muy bien.
La última oración le sonó un poco extraña, pero Erica decidió no darle demasiadas vueltas.
—No sabía eso. Lo tendré en cuenta, gracias.
—Como alcalde, mi trabajo es velar por todos, especialmente de las mujeres solteras o que no tienen una figura masculina que las proteja —replicó y, de nuevo, le dedicó una sonrisa cegadora—. Espero que tenga una estadía magnífica en Comraich Gaoil. Ante el menor problema, nosotros estaremos aquí para ayudarla. Lo digo en serio.
Y parecía que verdaderamente así era. Su tono de voz adquirió un tono acerado en la última oración que le calentó el pecho. Marcus Kilgour en verdad sentía preocupación por su gente.
—Muchas gracias, señor Kilgour.
—Llámame Marcus. El señor Kilgour era mi padre. ¿Puedo llamarla solo Erica?
—Claro.
—Perfecto. En ese caso, ya nos veremos… ¡Ah!
Estaba a punto de marcharse, pero en el último momento se le olvidó mencionar algo importante.
—Casi se me olvida… Erica, si te es difícil bajar al pueblo a pedir ayuda, también puedes acudir a tus vecinos. Es más, hazlo. Moléstales todo lo que quieras.
Ahora fue el momento de Erica de fruncir el ceño.
—¿Vecinos? ¿Qué vecinos? —La casa de su abuelo estaba localizada a las afueras de Comraich Gaoil, sobre una empinada cuesta de guijarros rodeada de arbustos y área boscosa. Erica no había visto ninguna otra casa aparte de la suya mientras conducía para llegar hasta allí.
—Sí, aunque es normal que no lo sepas. Viven justo detrás de ti, en un claro situado cerca del río. Se llaman Emerson y Sean Allister.
—¿Son hermanos?
—Sí, uno es más simpático que el otro, pero son completamente confiables y estoy seguro de que les alegrará tener un poco de compañía femenina de vez en cuando. Si necesitas cualquier cosa, dirígete a ellos —repuso con total confianza.
Erica no estaba demasiado segura de esto último, pero decidió asentir de todos modos. Lo que menos quería era ser una molestia para los demás.
—En ese caso, lo tendré en cuenta —respondió con una sonrisa.
Marcus parecía satisfecho.
—Puede que no me creas ahora, pero pronto te darás cuenta de cómo somos los hombres en este lugar. Lo sabrás muy pronto. En fin, he de marcharme. Bienvenida a Comraich Gaoil, Erica.