•· Capítulo 3 ·•

1355 Words
• · • · • Odio. Ese es el sentimiento caliente que me mantiene viva en una noche tan fría como esta. La calefacción esta apagada, y la única fuente de calor aparte de mi cuerpo son mantas duras encima de la cama de la habitación que se me fue asignada. Me abrazo las piernas mientras me encuentro tirada en el suelo, en posición fetal, buscando calor que contrarreste la brisa gélida que se escurre por debajo de la puerta del balcón. Mi estomago gruñe, recordándome que aún no he comido nada. Tengo mucha hambre y ya es pasada la medianoche, pero no se me ha permitido comer nada. El señor Cordoban quiere ver a sus “muñequitas” —como les dicen aquí a las pobres mujeres que hemos terminado de una u otra manera bajo su poder— en la madrugada, y debido a sus gustos cuestionables no se nos permite comer nada hasta después de verlo. Los pasos fuera de la puerta y el bullicio me traen de nuevo a la realidad. Me pongo de pie y me muevo con sigilo hasta la puerta, intentando oír que pasa, pero el ruido ya ha cesado. Antes de apartarme del todo de la puerta, escucho pasos apresurados hacia mi puerta. Fingiendo no haber estado junto a la puerta, me siento en el colchón sucio de la cama en silencio. La puerta se abre y Eliza y Tutele entran, apresuradas. Con ellas traen ropa y maquillaje. —Ya es hora, señorita. Sir. Cordoban quiere verlas. El proceso de vestirme y maquillarme es rápido. Eliza me explica que mientras más nivel tenga entre las sumisas de Cordoban, se me irán añadiendo más accesorios de brillo en mi maquillaje y más favores. Hasta ahora me entero de que la comida es un favor de él. En otras palabras, no obedezco, no sobrevivo. Casi podría escupirle encima de tenerlo en frente. Pero sé que eso no me sería factible. Veo como Eliza y Tutele agitan mi cabello y lo acomodan sobre mis hombros, intentando cubrir moratones y rasguños. Cuando estoy lista, uno de los guardias de Cordoban me lleva hasta la puerta de su habitación, donde ahora hay alrededor de una docena de chicas. Mientras más adelante de la fila están, más perlas llevan en su maquillaje, más brillo sobre sus ojos y mejor vestido. Las puertas se abren, y en orden de fila vamos entrando. Sigo a la chica que hay frente a mí, una castaña con vestido verde y que parece estar muy nerviosa. Nos dividimos en dos filas, quedando yo delante de ella cuando nos giramos cara a cara, formándole un pasillo a la bestia de este castillo. El silencio se instala en la habitación, cada una mirando al frente mientras Cordoban sigue sentado en su silla. Él nos observa como si fuéramos su presa y estuviera eligiendo a cuál tomar primero. Finalmente, cuando pienso que duraremos aquí horas, Cordoban se pone de pie y camina hacia la chica de vestido verde a la que tengo en frente. Nadie dice nada. La veo tragar con dificultad, aun mientras me mira, cuando el movimiento brusco del señor Cordoban al tomarla del pelo termina con nuestro contacto visual. —Camina —dice, mientras prácticamente la arrastra delante de mí. Nos coloca frente a frente, aun sosteniéndola del cabello, y la hace arrodillarse. Cordoban le sigue tirando del cabello, fuerte, y ella ni siquiera llora. ¿Por qué ella no hace nada? Va a arrancarle el cabello. Y eso parece ser hasta que él la suelta, coloca su mano sobre su cabeza, sin tomar cabello, y la mira. —Haz tu trabajo. ¿Q-que se supone que significa eso? La miro, con manos temblorosas llevar sus manos a la bragueta del pantalón de Cordoban. Antes de que pueda tocarla, él se gira hacia mí. Estoy segura de que por mi expresión facial es más que obvio que estoy escandalizada. —¿Viste su nivel de reacción? —él pregunta, acercándose—. Fue mediocre, pero por algo se empieza. Tú, Amanda, proto serás como ellas, pero primero necesitas pasar por un largo proceso de enseñanza, donde aprenderás a ser la sumisa que deseo, porque ahora mismo me eres inútil. Me servirás hasta pagar tu deuda, y mientras tanto cumplirás mis más bajos deseos. Él se acerca otro paso, pero el miedo me traiciona e intento huir. Cordoban me sostiene por el cabello, al igual que a la otra chica, y dice lo que no quería escuchar ni de aquí a mil años. —Haz tu trabajo. Tardo en reaccionar y evidentemente a él eso le molesta, porque su agarre sobre mi cabello se cierra todavía más. —¿Tengo que repetirlo? Estar frente a él, con raspones, moratones y hambrienta me hace pensar en el por qué estoy aquí. A quien estoy protegiendo o si ella hiciese lo mismo por mí. Y sé que la respuesta es no. Ahora lo sé. Niego, y en sus ojos veo molestia pura. —¿No qué? —No lo voy a hacer. De la única manera... Antes de que pueda terminar, una fuerte bofetada me silencia. Por el golpe me alejo un paso, pero antes de volver a reaccionar Cordoban está encima de mí de nuevo. Me presiona el cuello con su mano derecha, y aunque no lo pide, sé que quiere que me arrodille. Aprieto su mano, intentando que me libere y me de aire, pero es en vano. Su mano únicamente se cierra más sobre mi cuello. —De la única manera será muerta —completo mi anterior frase con la voz estrangulada. El cierre sobre mi cuello se aprieta más, y quiero saber que todo esto terminará porque estaré muerta, cuando las puertas de la habitación se abren de par en par y una ráfaga de tiros en dirección al suelo hacen que Cordoban me suelte y saque su arma. No dispara, aunque creí que lo haría. —¿No querías verme? —Este no es momento —murmura Cordoban, guardando su arma nuevamente—. Estoy ocupado. —Pero este es el único momento que me puedo permitirte ver —un joven de alguno veinte y tantos se coloca frente a Cordoban y sonríe de una manera siniestra—. También soy un hombre ocupado, padre. El tono de voz que usa el supuesto hijo de Cordoban para decirle "padre" es uno de asco, como si odiara el título que tiene. El señor Cordoban lo ignora y me mira, causando que él también lo haga. Cuando lo hacen, un escalofrío me recorre la columna dorsal. Son tan parecidos que el hecho de imaginarme que existe alguien igual o peor a Cordoban sobre la faz de la tierra me hace querer vomitar. —Oí que es nueva. ¿Ya quieres devolverla? —el desconocido se burla. Cordoban no responde. Simplemente se gira hacia él, serio. —Aléjate de mis negocios. —Nadie quiere tu asqueroso negocio, padre. Eso es seguro —antes de que pueda responderle, él se gira hacia la puerta, donde hay un grupo de hombres armados—. Sáquenlas de aquí, tenemos asuntos pendientes. El grupo de guardias ni siquiera espera a la confirmación de Cordoban antes de movilizarse y dirigirnos a todas hacia fuera. Con algo de ayuda me pongo de pie, pero una mano sobre el hombre que me ayudo a ponerme de pie nos detiene. —A ella enciérrala en el sótano. La orden sale tan seca de su boca que me asusta. Mi padre no tenía ningún calabozo. Aquí solo teníamos un sótano donde solíamos guardar las decoraciones navideñas o de Halloween. El guardia me toma del brazo y me dirige hacia la salida. Eliza y Tutele me están esperando, ansiosas, y el verme el rostro intentan acercarse a mí, pero quien me lleva no se los permite. —Tengo ordenes de encerrarla en el calabozo. Los ojos de Eliza se expanden ligeramente por la sorpresa. —No, ella no puede ir ahí. No sobrevivía en su estado. —Eso no es asunto mío. • · • · •
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