•· Capítulo 4 ·•

1331 Words
• · • · • El calabozo. Por aquel tétrico nombre me imaginaba más o menos por dónde iría el asunto, pero esto me parece mucho peor. Lo que antes había sido un precioso lugar decorado por mi madre en el que solíamos pasar nuestras tardes de juego mi hermana y yo, ahora era un sótano mohoso lleno de celdas con barrotes de metal relucientes. Todas ellas vacías, pero con rastros de que ha habido gente aquí. El guardia que me trae por el hombro abre la celda más alejada de la puerta y me tira contra el suelo, donde caigo sobre mis piernas, magullándolas y causando pequeños cortes en el proceso. Cuando me encuentro en el suelo, él la cierra de golpe, causando un estruendo que me estremece. Pronto el frío a causa de que no parece haber calefacción aquí abajo me cala hasta los huesos. Me abrazo a mí misma y sin darme cuenta empiezo a llorar. La situación, no yo, me parece ridícula, casi un chiste. ¿Cómo pasé de vivir en esta casa, a estar presa en ella? Me seco las lágrimas con furia, y sabiendo que esa no es la manera de salir de aquí, me pongo de pie y miro a mi alrededor, pero no hay nada. Estoy sola en este lugar horrible. Pronto me doy cuenta de que no hay mucho que hacer, simplemente esperar a que Sirius se le pase su locura y me saque de aquí. Me siento sobre el suelo frío y duro sintiéndome totalmente desamparada y añorando los días de mi adolescencia, donde mi única preocupación era seguir las estrictas órdenes de mi padre. Mi padre. ¿Cómo habrán sido sus últimos momentos? Al menos él no tiene que estar sufriendo esto. Cierro los ojos y me duermo entre lágrimas. El sonido de pasos me despierta en la lejanía, más o menos a la distancia en la que está la puerta de mí. Se oyen pasos cortos y lentos, como si tuviera cuidado de no ser escuchado o tuviera simplemente miedo. Levanto la mirada para ver un par de zapatos relucientes sobresaliendo de la oscuridad del calabozo y mi corazón se agita por el miedo. Una mano emerge de la oscuridad y los desconocidos anillos me dan a entender que no son los del señor Cordoban. Trago grueso. No sé a quién esperaba, pero lo mejor es que no sea Sirius. No hasta que no se le pase su locura o sepa cómo hacer para salir de aquí. Me siento sobre la dureza del suelo y hablo. —¿Quién eres? —Disculpa si te molesto. Sólo quería ver si estabas bien. No puedo evitar reírme. —¿Bien? Estoy en un calabozo, ¿Cómo podría estar? Aquel hombre termina de emerger de la oscuridad, revelando el rostro que anteriormente había interrumpido a Sirius en medio de nuestro enfrentamiento. Inevitablemente me siento un poco más cómoda al recordar que interrumpió a Sirius, aunque tan pronto recuerdo que es su hijo, la tranquilidad abandona mi cuerpo. —¿Qué haces aquí? —Vine a ver cómo estabas. Antes muy parecías tan fuerte como para aguantar una noche sola aquí Miro por la diminuta ventana que hay hasta arriba, así en el techo del sótano. Es cierto, aún no ha pasado la noche y ya siento que estoy muriendo de frío. Miro mis piernas magulladas por el golpe de la caída al tirarme en la celda e intento cubrirlas inútilmente con mis manos. Él se da cuenta al instante, así que se acerca y se quita su chaqueta y me la ofrece. Yo niego. —Te vas a meter en problemas. —Desde que nací he sido un problema. No veo cuál será la diferencia ahora. Su voz es tranquila, bastante pausada, como si no tuviera prisa o miedo, pero por otro lado, algo en sus ojos me dice que no debo confiar en él. Que no debo confiar en nadie aquí, en realidad. —Deberías irte. —Tú también. Deberías buscar la manera de escapar. —Hablo en serio. Deberías irte. Él deja la chaqueta los barrotes y antes de irse, me sonríe. Su sonrisa no es cálida, reconfortante ni agradable. Es fría, plástica, como si fuera la de un títere. —Sobrevive, ¿quieres? Claro que quiero. Pero no sé cómo hacerlo. Aun no sé cómo derrotar a Sirius Cordoban... pero eso no significa que no lo haré. · • · El sol de la mañana empieza a calentar el ambiente. Increíblemente, aunque aún no es invierno, las noches son tan frías como en el desierto. Lo que me mantuvo viva fue aquella chaqueta con olor envolvente que me dejó el hijo de Sirius. El hijo de Sirius. Hablando de él, ¿será un enemigo o un posible aliado? Intento no pensar en él, pero recordar que pasé la noche por su ayuda lo hace un poco difícil. —Oye, levántate. Sir Cordoban quiere verte. Me pongo de pie, esperando que nadie mire hacia donde tiré la chaqueta, y salgo de la celda, siguiendo —como me lo permiten mis magulladas piernas— al guardia. Camino tantos pasillos que pronto empiezo a marearme. Finalmente llegamos al comedor. Al instante, el olor a comida me envuelve, haciendo rugir mi estómago. El hambre me traiciona y siento mi boca aguarse al ver los platillos que hay en la mesa. Mi felicidad desaparece cuando veo a Sirius sentado en la mesa, con su hijo a la derecha y las demás chicas en los demás puestos. No hay un lugar para mí. Me quedo de pie, viéndolos comer en silencio, hasta que finalmente Sirius levanta la mirada. —Pensé que eras la más tranquila de entre tú y tu hermana, pero debo admitir que tienes garras y arañas fuerte. No respondo. ¿Qué diría, de todos modos? —No vas a comer. No te lo ganaste. Más silencio de mi parte. No hay nada que decir. No hay nada que hacer. Solo idear un plan de escape de esta prisión de mierda. La hora del desayuno pasa tortuosamente lenta. Veo a las demás chicas comer, incluso a la que pareció que le arrancaría el cabello, pero yo sigo de pie, prácticamente babeando. Cuando Sirius se siente saciado, se levanta, y sin esperar a que las chicas terminen de comer, sale del comedor. Todas deben seguirlo, pero apenas si puedo mantenerme en pie por mí misma, así que me cuesta seguirlo. De hecho, no lo hago porque alguien me sostiene de la mano. Volteo hacia la persona desconocida y me sorprende ver al hijo de Sirius de pie frente a mí. Sin dejarme hablar, me lleva por unos pasillos más lejos y entra conmigo en una habitación. —¿Qué es lo que quieres? —Te traje esto—, murmura, señalando el plato que sostiene con su otra mano. —No es mucho, pero conozco bastante a Sirius como para saber que quiere doblegarte a través del hambre. Miro la comida con desconfianza. —¿Y tú qué ganas con esto? Él me mira, ceñudo. —Nada... pensé en ayudarte. —¿Por qué sí? "Entiendo que no quieras confiar en nadie, pero sí, solo porque sí. Porque mi madre así lo hubiera querido". Pienso en qué decir o hacer, pero nada llega a mi mente. Su madre, que probablemente ya esté muerta, probablemente sí era una buena persona e intentó educar a su hijo de una mejor manera de la que Cordoban lo hace. Y aún así él sigue haciendo cosas buenas. —Lo siento, no era mi intención hablarte así. Él vuelve a sonreír. Otra vez esa sonrisa plástica. —No me agradezcas, solo prométeme que resistirás. —Lo haré. —En ese caso estamos a mano. Sin saber muy bien cómo agradecerle, le tiendo la mano en su dirección. Él la toma a pesar de lo sucia que está. —Amanda Wayne. —Ezra Cordoban. • · • · •
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