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El tren lleva en movimiento casi dos horas seguidas, así que supongo que ya hemos salido de los límites de Westplace y haber llegado a lo que son los bosques de Ciudad Central. Todo el viaje ha ido sin inconvenientes hasta ahora, pero eso no significa que me sienta precisamente tranquila.
Estoy ansiosa. Constantemente miro sobre mis hombros o por la ventana, esperando encontrarme de repente con la mirada fría de Sirius a lo lejos. Y es por esa misma razón que ni siquiera he comido lo que se me ha servido a la hora del almuerzo. Sabiendo que en unas pocas horas deberé bajarme y empezar a buscar trabajo, aunque sea como criada, me obligo a cerrar los ojos y a tomar una pequeña siesta, cuando el tren bajando rápidamente de velocidad me alerta de mi mayor miedo.
Abro los ojos de golpe y miro por la ventana, solo para encontrarme de que, siguiendo al tren a toda la velocidad, hay una gran cantidad de camionetas negras que avanzan con rapidez hasta rodearlo. Me pongo de pie, y conociendo mi destino si no me escondo pronto, me precipito a salir al pasillo para correr hacia el baño a esconderme. Una vez dentro, tranco la puerta desde dentro y me pego a la pared contraria a la puerta, para así poder verla.
El tren termina de pararse, causando un gran chirrido. Luego se oyen murmullos, pero estos rápidamente cesan, así que supongo que ya está aquí. Aprieto mis manos alrededor de mi abdomen con fuerza cuando siento que, en el pasillo, hay demasiado silencio. Trago grueso, y cuando pienso que puede que ya esté a salvo o que se haya aburrido de perseguirme, golpes en la puerta suenan de repente, sobresaltándome.
No abro mi boca por más que la puerta es tocada y que el encargado de revisar los pasaportes y tomar los billetes me pide que lo haga. Segundos después todo cesa, pero tan pronto como todo parece haber acabado, el sonido de las llaves en la cerradura me dice que no, que esto solo acaba de empezar.
Finalmente, la cerradura se abre y del otro lado de la puerta aparece Sirius Cordoban. Mi corazón empieza a latir frenéticamente por el miedo, así que me deslizo por la pared del baño y me quedo sentada en el suelo en un pobre intento de sentirme un poco protegida.
Él da dos pasos hasta quedar dentro del baño, entonces junta la puerta a sus espaldas, dejándonos completamente solos.
—Déjeme ir, por favor.
—Lo haré. Cuando sea paga toda la deuda.
—Ya no tengo más dinero.
Sirius se inclina hacia delante, y con el mismo gesto de desinterés de siempre, se encoge levemente los hombros antes de hablar.
—Ese no es mi inconveniente.
Entreabro mis labios para poder respirar mejor, pero me encuentro con la sorpresa de que dentro de mi boca empieza a saber salado. He estado llorando sin saberlo.
—He vendido todo lo que tengo, he trabajado durante días enteros sin dormir... He hecho todo lo que he podido.
—No es suficiente.
—Yo...
—De hecho, el plazo ya ha llegado a su fin —comenta, interrumpiendo mi excusa. Él mira su reloj y luego vuelve su vista a mi—. Así que ya habiéndose cumplido el tiempo que te he dado, me veo en la obligación de tomar mi dinero devuelta...a la fuerza y de la manera que sea.
Siento frío en mis manos por el miedo. Sé que no se puede referir a nada bueno. Lo presiento. Porque de otra forma, ¿por qué en las calles se diría de él que es el jefe de la mafia siciliana, sino es por una sospecha que haya sido más que confirmada? Su presencia impone poder, pero más allá de eso, había algo en él que te causa temor. Que hace que le tengas miedo.
—No tengo ni un solo céntimo.
—En eso tienes razón. Desnutrida, sin nada de valor encima y probablemente estés muy enferma... Pero ella no.
Mi corazón parece empezar a latir un poco más lento.
No tiene que decir su nombre, sé de quién habla perfectamente. Hilary, mi “maravillosa” hermana mayor.
—No puedes...
—La deuda es de ambas, ¿lo olvidas?
Dicho esto, Sirius me da la espalda y abre la puerta, y sin esperar a que diga algo más, sale del baño con sus hombres siguiéndole.
“No te muevas. Déjalo irse”, dice mi mente. “Hilary se merece lo que sea que le vayan a hacer por no ayudarte”.
Tapo mis oídos y empiezo a llorar con más fuerza.
No, no, no...
“Sabes que sí. Solo mírate. ¿Hace cuánto que no comes un buen plato de comida? ¿Hace cuánto no has estado en un lugar tibio? ¿Hace cuánto no duermes bien? ¿Hace cuánto, Amanda?”
Mi corazón se aprieta, pero, aunque sé que tiene razón, no puedo dejarlo irse. La mataría, y con ella me mataría mi consciencia.
Me levanto, y con las piernas temblorosas y los ojos borrosos, salgo al pasillo y corro detrás de Sirius.
—¡Cordoban! —le llamo, pero antes de poder llegar a él, sus hombres me detienen, sujetándome con fuerza por los hombros.
Él se detiene, entonces se vuelve a mí, pareciendo por primera vez interesado en algo.
—Dame un poco más de tiempo —suplico.
—¿Para qué? Sabes que seguirás sin poder cumplirme, y tampoco estoy de humor para seguirte por todo el país para que no te escapes.
—Prometo que esta vez tendré el dinero.
—¿Cómo?
—No lo sé —susurro. Podría decir que pensaré en algo, pero sé perfectamente que no funcionará.
—No te daré más tiempo —él dictamina.
—Pero... —un nudo se instala en mi garganta—. Entonces por favor no le hagas daño. Haré lo que sea, pero...
Sus ojos, negros como el mismísimo abismo, adquieren un brillo desconocido para mí.
—¿Darías lo que sea por tu hermana, la que huyó dejándote sola con una deuda millonaria?
Parece estúpido, y posiblemente lo sea, pero ella es mi hermana, ¿o no?
Las dos opiniones que tengo sobre ella empiezan a confundirme, y ya no sé si lo hago solo por esas pequeñas cosas que hizo en el pasado por mí, o por esa falsa ilusión que tengo desde la muerte de papá sobre que nos volveremos a reunir.
—Lo que sea.
—¿Incluso venderte a mi para saldar esa deuda?
—Si.
Una media sonrisa aparece en sus labios, y el brillo que anteriormente había aparecido en sus ojos, ahora se convierte en algo mucho más oscuro, algo más siniestro.
—Entonces tenemos un trato.
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