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El verano ha llegado a Forrestdown*, y las incesantes olas de calor no hacen más que recordármelo. Ato mi cabello a una cola alta y ajusto mi blusa blanca de trabajo. La cafetería hoy está llena, imposibilitándome (como solemos hacer los empleados cuando hay tanto calor aquí dentro) salir al callejón trasero a tomar un poco de aire.
—Amanda, la mesa seis acaba de ocuparse —me informa Claudia, la dueña del restaurante.
Evito bufar en alto y me limito a sacar mi pequeña libreta de pedidos y mi bolígrafo del bolsillo delantero de mi delantal. Luego, camino hacia la mesa seis con mi mejor sonrisa, pero conforme más me acerco a ella, mi sonrisa va menguando.
—Señor Cordoban, un gusto verlo por aquí —miento una vez me encuentro frente a él.
—No hay necesidad de mentir, Amanda. Sabes por qué estoy aquí, y eso no te hace precisamente la mujer más feliz.
Miro por el rabillo del ojo las otras mesas, esperando no ser el centro de atención de nadie, y cuando me aseguro de que es así, vuelvo mi vista al hombre que tengo en frente.
—No he reunido el dinero aún —murmuro.
—¿Y para cuándo crees que puedas reunirlo?
—No lo sé. Es una suma demasiado grande y yo...
—Tu padre me tomó dinero prestado y lo quiero devuelta, Amanda —él dice mi nombre de una manera baja y peligrosa.
—Y le pagaré. Solo necesito algo de tiempo.
—¿Cuánto más? Ya van a ser dos años, nena, y mi paciencia tiene un límite —su única respuesta es mi silencio—. Te daré una semana más. Después no quiero más excusas.
Con esas últimas palabras, Sirius Cordoban se pone en pie, ajusta su anticuado traje y se coloca su sombrero. Y entonces se va.
“Una semana”, pienso, “¿Como haré para conseguir casi sesenta millones en una semana?”.
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—Amanda, ya has trabajado demasiado. Por favor vuelve a tu casa.
Miro mi reloj. 3:56 a.m.
—No puedo, necesito el dinero.
Sasha me quita la bandeja de las manos y se aleja dos pasos de mí para que no pueda tomarla si acaso el cansancio me lo permite.
—Aunque trabajes aquí por treinta años sin descanso, jamás podrás conseguir todo ese dinero.
Mis hombros caen por la fatiga y la tristeza.
—Es cierto. Estoy perdida.
Sasha es la única que sabe de mi problema, pues es a la única que te tengo tanta confianza como para decírselo. A ella la conozco desde antes de la muerte de mi padre. Ella y yo somos amigas desde la universidad, universidad que tuve que abandonar el día que Sirius Cordoban se presentó en nuestra casa a cobrar dicha deuda.
La castaña me mira con tristeza, sabiendo ella también que estoy perdida, pero de todas formas intenta consolarme pasando las manos por mis hombros.
—Vamos, no te agobies, Mandy. Algo habrá que podamos hacer —suelto un suspiro y asiento, aunque sé perfectamente que nada puedo hacer. Cero préstamos. Cero amigos ricos a los que pedirles dinero, porque todos resultaron quererme solo por lo que tenía. Y cero madre, porque ella desapareció mucho antes de que papá muriera—. Y ahora que tocamos el tema, por favor explícame por qué tu hermana no está ayudándote a reunir el dinero. Tu hermana que es mayor que tú, cabe recalcar.
—Hilary está casada y embarazada de su primer bebé.
—¿Y? Era el padre de ambas, por lo tanto, es la deuda de ambas. Además, ella te lleva casi ocho años, debería cuidarte sobre cualquier cosa.
Hago silencio y aparto mi vista de la suya. Ella al instante entiende lo que mi boca no puede decirle.
—No me digas que te estás sacrificando por esa arpía.
—Pues no... —murmuro.
—Eso espero. Ahora llámala y exígele que te ayude —dice, dándome su teléfono celular—. Vamos, vamos.
Marco el número de mi hermana de memoria, y espero un par de segundos a que ella responda, solo para escuchar que “el número al cual estoy llamando está fuera de servicio”.
Me quito el teléfono de la oreja, bastante extrañada.
—¿Buzón de voz? —pregunta Sasha.
Niego. —Número fuera de servicio.
—¿Qué?
—No importa, mañana en la mañana iré a su trabajo y le exigiré respuestas.
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—Oh, pero si es Amanda. ¿Cómo estás, hija? —me saluda el jefe de Hilary, el señor Josky—. ¿En qué puedo ayudarte?
—Vine a ver a Hilary.
—¿Hilary? —él me mira, extrañado—. ¿No te habías enterado? Tu hermana no trabaja aquí desde hace casi tres meses. Se tuvo que ir urgente por un problema de no sé qué. Incluso oí decir por los pasillos que se cambió el nombre y....
Pero yo ya he dejado de escuchar. Ahora todo tiene sentido. La falta de interés, las miradas recelosas y la amabilidad fingida de su esposo. Estuvo planeando esto desde que Cordoban llegó a cobrar la deuda.
—Gracias por decirme —murmuro, entonces me volteo, pero antes de irme, él me detiene.
—Mandy, si no tienes donde ir...
—No es eso, pero gracias, señor Josky.
Él me sonríe. —Si necesitas algo, comida, casa, dinero, lo que sea, sabes donde vivo.
Conmovida por sus palabras, le doy un fuerte abrazo y luego me aparto de él.
—Salúdeme a su esposa e hijos de mi parte.
—Con gusto, pequeña.
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Una semana después...
Las calles están frías a causa de la lluvia, y por el cansancio y el congelamiento de mis pies mal cubiertos se me hace difícil avanzar entre las calles. Hace días que no como nada y mucho menos me he encontrado en un lugar tibio y seguro. He vuelto a mi ciudad de origen, Westplace*, con todo el dinero en un gran maletín. Ni siquiera he podido tomar un dólar por miedo. Ya no quiero que el señor Cordoban me persiga.
Saco la nota de mi bolsillo y me adentro con sigilo al terreno de la antigua mansión en la que vivía y dejo ambas cosas, el maletín y la nota, frente a la puerta. Y luego huyo. Huyo por mi vida. Huyo con la esperanza de poder escapar. Huyo pensando en que jamás Sirius Cordoban me encuentre, aunque sé que lo hará.
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Forrestdown: Ciudad ficticia creada por mi. Se encuentra al sur del país.
Westplace: Ciudad ficticia creada por mi. Se encuentra al norte del país.
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