Capítulo 3.
*Vida juntos.
Anabella apenas puede asimilar lo que pasó; ver al hombre que ama levantarse de prisa para correr tras Paula la deja sin palabras. Todos la miran con odio y, al ver que su padre detiene a Alejandro en la entrada, la sorprende.
—No, no te atrevas a salir así a buscar a mi hija, eres un desgraciado, un… —El padre de Alejandro llega justo y a tiempo.
—No te permito que le pongas una mano encima a mi hijo. —Dice Elvis deteniendo la mano de su mejor amigo. —Tú nos conoces, sabes lo responsables que somos; de seguro esto es un malentendido y lo vamos a resolver.
—¿Qué vas a resolver? Tu hijo ha deshonrado a una de mis hijas y ha engañado a la otra con su propia hermana. —Expresa asqueado Cristofer de toda la situación.
—Señor Álvarez, cálmese, debe escucharme, yo no recuerdo lo que pasó, esto es una confusión… —Todos hacen una algarabía al ver a Anabella levantarse y la sangre sobre la cama es más que evidencia de lo ocurrido.
—UNA DESHONRA, UNA P… —Cristofer se detiene ante Karina, quien interviene.
—DETENTE, por Dios, es tu hija de quien hablas… —Todos se quedan en silencio. —SALGAN, SALGAN TODOS AHORA, DÉJENLOS CAMBIARSE.
Karina saca a todos de la habitación dejando a ambos solos. Anabella apenas mira a Alejandro y él a ella; de inmediato empiezan a buscar las prendas de sus ropas y, sin vergüenza alguna, se cambian de prisa. Están en serios problemas y ninguno de los dos dice nada, se concentran en cambiarse, ya no hay vergüenza alguna; sus cuerpos estaban unidos el uno al otro hace unos instantes, cada parte en una misma, y la noche que no recuerdan con claridad fue increíble a pesar de todo lo ocurrido. Anabella lo ve salir; es evidente que irá por Paula, mientras que ella trata de encontrar sus tacones. Al hacerlo, empieza a colocárselos cuando ve llegar a su padre a la habitación.
—Eres una maldita deshonra para mi familia, un error. —La abofetea tan fuerte que la hace sangrar.
Anabella está sobre la cama muy débil ante el golpe de su padre, del cual le duelen más sus palabras que sus golpes físicos; vienen de él, su ídolo y admiración, de su padre, aunque él no se considere como tal.
—No me sorprende si tú jamás me has querido, no soy nadie para ti, ni para mamá. ¿Qué hubiera pasado si Paula no hubiera nacido? Dime, papá, ¿aún me odiarías? Sabes que ella no es mejor que yo.
—No te atrevas a compararte con ella, tú ni siquiera tienes vergüenza. Ahora te casarás con Alejandro, pero no sonrías tanto, has ganado esta guerra, pero no serás feliz, Anabella, vivirás bajo la sombra de tu hermana, porque Alejandro no te ama, no te quiere, la ama a ella y jamás podrás cambiarlo.
—Eso lo veremos, papá; al fin logré tener algo que tu hija soñada nunca podrá tener. Ve a comprarle un juguete para calmarla. —Dice Anabella con orgullo mientras cada palabra apuñala su corazón.
—Cállate. —La vuelve a abofetear arrojándola al suelo.
Esa acción es notada por Alejandro, quien, tras buscar por todos lados, no logró encontrar a Paula. Le informaron que se ha marchado y ha vuelto a su habitación por las llaves de su coche y su documentación, siendo detenido por la escena que lo ha dejado impactado, alterando su ira.
—Señor Álvarez… —No se atreva a hacerlo de nuevo —dice con firmeza Alejandro.
Cristofer se aleja mirando a Anabella con odio.
—Esto no se va a quedar así, los dos pagarán por esto. —Dice muy serio saliendo de la habitación.
Al Cristofer marcharse, Alejandro se acerca a Anabella para ayudarla.
—Anabella, levántate, apóyate en mí. —Dice Alejandro colocando su mano en su hombro y la ayuda a levantar lentamente.
Anabella se levanta con dificultad ante el golpe que se dio al caer al suelo.
—Iré por algo para curarte. —Dice Alejandro mirando la herida de su labio.
—No, déjalo, no importa, no es la primera vez, yo lo hago. —Dice alejándose de él; aquellas palabras dejan a Alejandro helado, porque en su mente nada justifica el maltrato hacia una mujer. —Lamento mucho todo esto; yo creo que es mejor que me vaya. —Dice siendo detenida por las palabras de Elvis, quien llega ante lo sucedido.
—Usted no va a ningún lado, jovencita. —Dice con seriedad.
—¿Qué pasa, papá? —pregunta Alejandro al notar su expresión.
—Pasa, que has deshonrado a esta joven, se ha entregado a ti y, como un hombre responsable y de buen nombre, debes responder.
Alejandro se aleja de ella; con todo el alboroto, no había visto la sangre en las sábanas de su cama, y se mueve inquieto mirando a Anabella, quien se queda en silencio sin poder mirarlo. Es real, ambos estuvieron juntos y esto lo hace cerrar los ojos con angustia; en su mente, en este instante quisiera poder ir por Paula y llevársela lejos de todo esto, pero no puede, no puede ni siquiera moverse ante la realidad y la mujer que tiene frente a él; no sabe qué decirle, ella tampoco puede mirarlo.
—Se han ido, sus padres la han dejado, Alejandro, ahora es tu responsabilidad, enfréntalo y acéptalo, te espero abajo.
Anabella lo mira y él a ella; un fuerte escalofrío pasa por sus cuerpos como si un vago recuerdo viniera a sus mentes al mismo tiempo y se conectaran de manera extraña ante ese momento que los inquieta; para uno es un error y para el otro la mejor noche de su vida.
—Lo mejor será que me vaya; tú no tienes que hacer nada, no pueden obligarnos. —Dice Anabella tomando sus cosas.
—Espera —dice Alejandro avergonzado; no sabe qué decir para que este momento no sea tan incómodo, pero Karina llega para solucionar todo esto.
—Salgan, los dos, ahora. —Expresa con enojo Karina señalando la salida.
Ambos se miran y caminan a la sala; no hay nadie, todos se han marchado y solo queda un hombre que se acerca a Alejandro y a su padre, quienes discuten a lo lejos. Anabella no sabe qué hacer, apenas reacciona a todo esto; está tan perdida que cuando el abogado se acerca para tomar su firma en el documento de matrimonio, es como si la realidad golpeara su cara.
—Firme, por favor. —Dice el hombre sin más.
Anabella mira a Alejandro, quien está sentado en el sofá tan perdido que apenas puede mirarla.
—Firma, Anabella, hazlo —ordena Karina.
—Señora, yo… —Ella interrumpe.
—No lo hagas más difícil, no estamos para esto en este momento, firma el documento, es lo correcto, es lo acordado, es la reputación de mi familia, no permitiré que esto lo arruine, se entregaron, todos lo vieron, ¿qué dirán de nosotros si te dejamos ir así? Firma, niña, firma ya.
Anabella los mira; es real, se casan, no hay nadie, no hay vestido, no hay anillo, nada, simplemente hacen lo correcto y, aunque ella lo duda un poco, firma junto a la firma de Alejandro, llamando la atención de él, quien cierra los ojos escuchando las palabras de su padre.
—Ya te lo dije, es un acuerdo, no te casas con su hermana, pero aun así no rompemos ningún trato, tú cumplirás con Anabella como tu esposa, así lo has elegido y tienes que aceptarlo, es el acuerdo y se cumplirá a cabalidad.
—¿Cómo te explico que fue un error? Ni siquiera recuerdo con claridad las cosas que pasaron anoche.
—Pues la realidad es que en este día te ibas a casar y lo has hecho, felicidades, hijo, perdóname si no brindo contigo, pero la verdad, esto no era lo que esperaba.
Karina, ni Elvis toman en cuenta a Anabella; para ellos es un error en sus vidas y la maldición de su familia. Los dejan solos; oficialmente están casados, pero ninguno de los dos menciona palabra alguna hasta que llegan a lo que será su nueva casa, tras horas de intenso silencio.
—Instálate, estaré en la habitación del fondo —dice sin detenerse, caminando a la que será su habitación.
Ambos están perdidos de extremo a extremo de la casa. Alejandro no descansa tratando de encontrar una solución a todo este problema; sus amigos le han informado que Paula ha salido de la ciudad; por más que lo intente, no podrá encontrarla y todos sus planes juntos se fueron a la basura. Alejandro carga con la vergüenza de haber desenhornado a Anabella, a quien todo esto le parece una locura, pero en el fondo la hace muy feliz el hecho de que se ha casado con el hombre que ama. Anabella lo ve pasar; ella no dice nada, solo ve en sus ojos lástima, rechazo. Lo encuentra llamando a Paula; trata una y otra vez y nada, toma mucho y termina ebrio en el jardín donde ella lo va a buscar.
—¿Alejandro? —dice acercándose a él.
Es tarde ya y ninguno de los dos ha podido asimilar que están casados. Anabella ha estado llamando a su casa, pero nadie contesta; tiene muy claro que no puede volver, pero desea algunas de sus cosas; tampoco quiere dejar a Alejandro solo, así que va en su búsqueda y al verlo se siente fatal.
—Vete, quiero estar solo. —Dice débil Alejandro.
—Déjame ayudarte.
Él niega y ella no tiene más opción que irse; se sienta en el sofá mirando en su dirección. Quizás no es el momento; está aquí en esta hermosa mansión con el hombre que ama y en el fondo siente que puede intentarlo, no ahora, con el tiempo, solo tiene que tener paciencia; ella puede conquistar a su esposo. Anabella se levanta minutos después y camina nuevamente al jardín y, como puede, lo carga, llevándolo hasta el sofá; le quita los zapatos y busca una cobija para él, lo cubre y, antes de irse, acaricia un poco su cabello, dejando un beso suave en su frente.
*1 semana después.
Anabella vive por y para Alejandro; su amor la lleva a cuidar de él, lo ayuda siempre; incluso cuando duerme, lo besa y trata de calmar su ansiedad. Su luna de miel se convirtió en la peor de todas; está cansada de verlo así; apenas hablan, se cruzan o se ven; ella siempre cuida de él sin que él lo sepa. Nadie la quiere, sus padres le cortaron el dinero, a ella le da pena pedirle a Alejandro y se siente acorralada en su pequeño mundo lleno de esperanza de una oportunidad; parece que no todo era como lo esperaba. No para de intentar comunicarse con su nana hasta que logra.
—¿Bueno? —Escucha decir a su Nana al otro lado.
—Nana. —Dice con emoción.
—Mi niña, mi pequeña niña, ¿qué has hecho? —pregunta con angustia Julia.
—Nana… —dice un poco sensible ante la situación.
—Mi niña, escúchame, escúchame, mi niña, no tengo mucho tiempo. Sé por qué me llamas; debes saber que arrojaron tus cosas a la basura, todo, tus fotos, recuerdos, todo, como si jamás hubieras existido. —Anabella cierra los ojos dejando correr algunas lágrimas.
—Nana, yo… —Su nana interrumpe.
—Lo sé, mi niña, no digas nada, solo escúchame, tienes que alejarte de ellos, te harán daño, mi niña, solo aléjate de aquí y de ellos, olvídalos, olvídalos, mi niña. —La Nana cuelga.
—¿Nana? —dice Anabella, notando que ha colgado y no le queda más que colgar el celular.
La Nana cuelga al ver que viene Renata.
—Es una desgracia, una desgracia desde que la traje a esta casa; mi pobre niña no quiere volver, nos ha quitado a nuestra pequeña, nuestra niña no hace más que llorar, no hace más que dormir, no come, no habla, está muy mal, Julia, muy mal.
Julia se queda en silencio; sabe por los rumores que Paula parece un alma en pena y que se ha encerrado con sus amigas en la casa de la playa sin querer salir. Mientras que, por otro lado, su padre busca la manera de quitarle el apellido a Anabella, quiere dejarla en la nada, desaparecerla de su vida como si jamás hubiera existido, sin saber que ella lo ama y está sufriendo con todo esto; solo buscaba una oportunidad, aunque no era la manera. Ella ha empezado a tener pesadillas, pesadillas que la llevan a recordar su pasado.
—Papá, ¿me puedes comprar esta bicicleta? —pregunta Anabella con curiosidad.
—No puedo, ¿estás de cumpleaños? —pregunta Cristofer concentrado en su celular.
—No, papito, pero sí la quiero, es muy bonita. —Dice con inocencia Anabella.
—Anabella, no siempre podemos tener todo lo que queremos, no puedes pedir nada, es el cumpleaños de tu hermana, ¿cómo crees que se va a sentir si te compro algo? Las opacas en su día, eso no está bien. —Dice Cristofer concentrado en su celular.
—Papá, pero tú jamás me compras nada.
—No seas insolente, ¿qué clase de respuesta es esa? Tienes que estar agradecida de que tienes un techo y comida sobre tu mesa. ¿Aun así piensas que jamás te doy nada?
Anabella agacha la mirada muy avergonzada.
—Lo siento, papito, no quise hacerte enojar, te quiero mucho. —Anabella lo abraza y él se aleja.
—Vamos a buscar a tu hermana y a tu mamá, sonríe, ¿no quieres que se sienta mal o sí? —Anabella niega y despierta ante un fuerte estruendo en la sala.
—¿POR QUÉ?
El grito de Alejandro la descontrola, llevándola a levantarse imaginando lo peor.