Elena sentía como su corazón incrementaba el ritmo de sus pulsaciones y las rodillas le temblaban como gelatina. Su mente comenzó a divagar en el pasado. Revivía la mirada lasciva de Leandro y la risa lujuriosa que la atormentaba cada noche. No solo volvieron los recuerdos, sino las amargas sensaciones. De nuevo podía sentir la presión que él ejercía sobre su rostro y le dificultaba la respiración, el dolor insoportable por el desgarro de su cuerpo, la sangre tibia que bajaba por sus muslos y las desconsoladas lágrimas que le empañaban la vista… Todo regresó para abrumarla y humillarla. Cerró los ojos con fuerza y se tapó los oídos para no escuchar sus bestiales gemidos de satisfacción. De pronto, una mano le apretó el brazo y otra le sostuvo la mandíbula para levantarle el rostro.

