Elena peinaba sus largos cabellos sentada en el borde de la cama y con una sonrisa dibujada en el rostro, producto del recuerdo de los besos de Iván. Debía reconocer que sentía una fuerte atracción hacia el hombre, un encanto que tenía que aprender a manejar. Si se dejaba llevar por sus hormonas, caería irremediablemente en sus brazos y estaba segura que de allí no tendría escapatoria. El cuerpo se le avivaba con solo recordar su hipnótica mirada, su sonrisa pícara, el calor de su piel y sus deliciosos besos. A medida que la imagen del chico rebelde se le delineaba en la memoria el corazón le vibraba con mayor ímpetu, los pezones se le endurecían y una enardecida necesidad le estallaba en el vientre, hasta sensibilizarle sus partes íntimas. Al escuchar que la puerta de la habitaci

