Aye y Mateo
Estados Unidos...
La tarde en la ciudad, prácticamente se había vuelto noche, el frío insostenible y la nieve, usurpaba las calles y aceras de manera rebelde, queriendo ser el centro de atención. Aye sale de su pequeña escuela, en donde hacía cuatro meses que había empezado a enseñar, luego de graduarse. Gracias a las buenas recomendaciones de sus profesores, ella consiguió un trabajo en una escuela cercana y de buena reputación, en donde puede mostrar sus habilidades en la danza y en el arte. También estaba en obras y, su amiga Sonia, le había dado un espacio en su galería para sus pinturas, pero para ella, la mejor parte era enseñar. No podía quejarse, había terminado los estudios con honores y buenas recomendaciones, un buen portafolio gracias a su empeño, por lo que no le faltaban propuestas de trabajo, sin embargo, debía reconocer que la escuela, con adolescentes llenos de energías, ganó su corazón en muy poco tiempo.
Al cruzar las puertas del instituto, ya con los dos pies afuera, ajusta su largo tapado azul, levanta las solapas del cuello para esquivar un poco el frío, se coloca los guantes, también de color azul, al tiempo que mira el blanco camino orquestado por la nieve. Sus ojos van hacía la calle y sonríe al ver el Maserati Grancabrio Sport n***o. Su sonría se amplía al ver a su chico bajar con velocidad para abrirle la puerta del co-conductor. Se apresura con una sonrisa plantada en su rostro, a pesar del tiempo juntos, todavía siente esas locas mariposas en su estómago cuando lo ve. En cuanto está a su lado, Mateo le besa con fuerza la boca, dejándola media atontada y luego la insta a subir, le cierra la puerta y corre hasta su lugar frente al volante.
—¿Cómo te fue? —se interesa el joven, mientras enciende el auto.
—Muy bien —le responde con alegría—. ¿Y a ti?
—Mejor que bien —dice sonriendo—. El nuevo inversionista es bastante estricto, pero manejable.
—¿Nuevo inversionista? No sabía que…
—Sí, lo sé. Fue algo de última hora —interviene—. El señor Betanckurt tiene su experiencia —Al escuchar aquello, Aye gira por completo su cuerpo en el asiento y lo mira con los ojos grandes y la boca abierta.
—Estás diciendo que mi papá…
Mateo asiente sonriendo.
—Sí. Tu padre es nuestro nuevo inversionista —confirma.
—¿Cómo pasó eso?
—Fue idea de él, Marcelo y Vincent insistieron.
—¿Fue su idea? —sopesa.
—Seguramente busca una forma de estar más cerca de ti, y es comprensible. Tus padres tienen miedo a que no vuelvas nunca más a Argentina —le hace ver.
—Vamos a ir para Navidad. Mi mamá se volvió loca y quiere una gran fiesta —suspira, acomodándose de nuevo en el asiento, recostando su espalda en él.
—No le veo nada de malo en que tu mamá quiera a toda la familia junta para Navidad.
—Mi madre odia las festividades y más si tiene que aguantar una multitud en su casa —le cuenta—. Créeme, va a volverse loca y a volvernos locos a todos nosotros —le advierte.
—Solo mantengamos la calma; confío en que tu padre sabrá mantenerla tranquila —Aye lo mira y él le sonríe abiertamente—. ¿Iras conmigo a casa? —pregunta con tacto.
Meses antes a que terminara la Universidad, Aye encontró un apartamento cerca del centro en donde tenía mejor acceso a sus trabajos y también a las entrevistas. Mateo le había pedido que se mudara con él, no obstante, ella todavía tenía miedo, en realidad, no sabe muy bien a qué, pero de seguro a cagar la relación de alguna manera si vivían juntos y lo que menos quiere es que se termine lo de ellos. Por lo tanto, Mateo trata todos los días de llevarla a su Penthouse, sin embargo, Aye solo acepta día por medio o, algún fin de semana cuando no tiene mucho trabajo.
—Iré, pero más tarde. Tengo que hacer algunas de las compras que me faltan —le comenta provocando que Mateo se desinfla de manera visible.
—Sabes que debes dejar de temer de nuestra relación, ¿verdad? —habla sin poder evitarlo.
—Lo sé —concuerda—. No voy a negar que tengo miedo; con todo lo que pasó entre nosotros, con mi familia, no…
Mateo estaciona el auto frente a la puerta del edificio de la joven y suelta el volante para tomar el rostro de Aye entre sus manos.
—Todo eso quedó atrás —le susurra—. Ya no vamos a separarnos, al menos que así lo decidas y de seguro tampoco te dejaré esa opción —Le sonríe—. Y con respecto a lo demás, sabes bien que todo eso ya terminó. No hay más por qué temer. ¿Está bien?
Aye asiente con la cabeza y Mateo aprovecha para robarle un dulce beso. Ese beso se hace cada vez más intenso. Una mano de Mateo se dirige hacia la nuca de la joven y hace más fuerte su agarre, al tiempo que con su lengua le exige una dulce y desquiciada guerra a la lengua de Aye. La joven toma la chaqueta de Mateo aprisionándolo más contra ella. La mano libre del joven envuelve la cintura de Aye y de solo un tirón la eleva para luego colocarla a ahorcadas sobre él. Ahora las manos de Aye se adentran por debajo de la ropa de Mateo hasta llegar a los pectorales del joven. Las manos masculinas hurgan por debajo de la ropa de Aye, tocando con decisión la espalda de la chica. A pesar de que el auto tiene los vidrios oscuros, bien se podía notar como se empañaban por las respiraciones alteradas de los jóvenes. Mateo dejan la espalda de la chica para apretarle las caderas y hacer fricción sobre su prominente erección. Aye, gime. Mateo gruñe. Ninguno puede detenerse e iban a terminar teniendo sexo dentro del auto. No iba a ser la primera vez y, de seguro tampoco la última.
—Para, para —pide Aye sin fuerzas tratando de detener lo que se viene.
—No puedes pedir eso en este momento. No ahora —murmura Mateo siguiendo un reguero de besos por el cuello de ella, logrando así que Aye tire la cabeza hacia atrás y cierre los ojos con fuerza.
—Hablo en serio —esboza con voz temblorosa—. Necesitamos parar ahora mismo —le exige, consiguiendo fuerzas desde su interior. Ella apoya sus manos en el torso de Mateo y lo empuja pegando la espalda al asiento—. Quieto —le ordena.
—¿Estás hablando en serio? —se queja—. ¿Desde cuándo no terminamos lo que empezamos?
—Desde hoy —le responde, colocándose otra vez en su asiento—. Voy a entrar y esta noche cuando vaya a tu Penthouse vamos a terminar esto como Dios manda.
Dicho eso, abre la puerta del vehículo, sale y corre hasta la entrada del edificio, todo bajo la atenta mirada de Mateo, quién la observaba incrédulo. Aye saluda desde la puerta con una sonrisa victoriosa y luego entra al establecimiento.
—Estoy jodido —masculla mirando su erección—. No puedo creer que nos haya dejado así —refunfuña.
El joven arranca el auto y se dirige al Penthouse, si Aye iba a ir esa noche, debía tener lista la cena; la mujer que le hace los quehaceres de la casa iba a tener que preparar una buena comida. Encima, todavía le faltaba acomodar las maletas para el viaje. Extrañaba horrores a sus padres, su hermanita Regi, que ya tenía cuatro años, era toda una parlanchina que imitaba a Eva, la hija, ya una adolescente de 15 años, de Sole. La pelirroja de ojos azules como los de su padre, Erik; era un poco punk y era muy gracioso ver a Regi con las pulseras con tachas que le robaba a Eva cuando cuidaba de la niña. Era todo un espectáculo cuando hablaba con la niña por vídeo llamada y le contaba cómo se adentraba en el armario de la adolescente y se probaba su ropa. No veía la hora de poder ver a su familia cara a cara.
Luego de organizar sus maletas, Aye vuelve a abrigarse para salir a terminar con las compras. Tenía que tener todo listo para el día siguiente, para así poder viajar. Su padre le había dispuesto uno de sus aviones, por lo que todos ellos iban a viajar juntos y odiaba hacer esperar, sin embargo, sabía que más de uno se iba a retrasar.
La joven camina con cuidado por la acera, tratando de no patinar por la escarcha de la misma «regalo de la nieve», mientras que con el GPS de su celular busca el sitio que le recomendó Bonnie. Quería regalarle algo especial a Mateo, por ese motivo lo dejó duro como una roca. Aye llega al lugar, el s*x shop, se llama “s*x Stoys”. Niega con la cabeza, iba a ser su primera vez en un lugar así y muere de vergüenza. Sin pensarlo más para no perder su valentía, entra en la tienda y se detiene en el lugar al ver todo eso que llaman “juguetes” a todo esplendor.
—¿Busca algo en especial? —le pregunta la dependienta haciéndola saltar en el lugar.
—Eh… ¿Sí? —responde en forma de pregunta haciendo que la chica sonriera.
—Primera vez, ¿verdad? —Aye asiente mostrando una sonrisa tímida—. Bien, no debes avergonzarte. Con gusto puedo darte un tour y así puedes buscar ideas para tu chico o chica —Aye eleva una ceja sorprendida— Si es que ya no tienes alguna idea —indica la mujer tomándola del brazo e instándola a caminar—. Por cierto, me llamo Connie.
—Un placer, Connie —murmura Aye un poco aturdida—. Soy Aye.
—¿Tienes alguna idea de lo que quieres o necesitas ayuda para la ocasión? —le cuestiona.
—De hecho, tengo una idea —entona en voz baja.
—¿Y qué es? —curiosea la mujer.
—Quiero lencería de cuero azul, algo realmente sexy y…
—Y atrevido —interrumpe la chica—. Sí, sé bien lo que quieres. Sígueme —le dice, aunque en realidad la mujer la estaba llevando arrastras desde que había entrado en la tienda—. Esto va a gustarte; es sexy, sofisticado, no es vulgar y tengo varios accesorios para que puedas combinarlo —argumenta mostrándole la prenda.
—Eh —Aye carraspea… No creo saber cómo se coloca.
La mujer ríe al escucharla.
—Lo estás agarrando al revés —le hace saber tomando la prenda y poniendo del derecho—. Así es como va —Aye mira la prenda tratando de buscarle los pies y la cabeza a esa cosa—. Ven. Voy a ayudarte a probártelo y así no se te complicará después.
Connie la vuelve a tomar del brazo y la obliga a caminar.
Los ojos de Aye, recorren un estante en donde puede ver consoladores de varios tamaños, algunos demasiado grandes, según su criterio. Otros eran muy tiernos, por calificarlos de alguna manera; de color rosa, lila, en forma de trompa de elefante, de zanahoria, uno en forma de Papá Noel.
«Ese podría ser algo para la ocasión», piensa, pero con rapidez descarta esa idea al tener una imagen de la extraña barba entre sus piernas «No, definitivamente Papá Noel no va a estar entre mis piernas».
—Llegamos —anuncia la dependienta sacándola de sus locos pensamientos—. Entra —le señala el vestidor—. Si quieres puedo ayudarte o simplemente puedes hacerlo sola. No voy a ver nada que ya no haya visto antes —entona elevándose de hombros.
—Estaré bien, gracias —declina la joven.
—Ok. Estaré aquí fuera, cualquier cosa, grita.
Connie sonríe y Aye le devuelve la sonrisa antes de entrar y desaparecer en el vestidor.
—Esto debería venir con un manual de usuario —masculla al ver que no le encuentra la forma correcta en cómo va esa prenda.
Luego de media hora, más o menos, la prenda está como debe, cubriendo muy poco de la piel de la chica; el cuero es terriblemente apretado, no obstante, está segura que con eso va a volver loco a su chico. Satisfecha con su prenda, se vuelve a colocar su ropa y sale del vestidor con una sonrisa. La dependienta no estaba allí afuera esperándola, por lo que se dirige a la caja, sin embargo, antes de llegar, sus ojos encuentran algo que le llama la atención.
Era como un aro, o quizás un anillo, de silicona, de color turquesa, al menos parecía eso. Ya que le desconcierta el conejito que se muestra arriba.
—Es un anillo vibrador para el pene —escucha en su espalda, haciéndola saltar, otra vez, en el lugar.
—¿Cómo funciona? —curiosea Aye.
La dependienta sonríe. Toma el anillo del muestrario con una mano y con la otra eleva el dedo índice y el mayor, en donde coloca el anillo.
—Simplemente así —esboza—. Ves. Colocas eso, lo que se le llama bala, es el aparato que vibra, aquí dentro —dice colocando la bala dentro de una pequeña abertura que tiene el anillo, justo debajo de la cabecita de conejo—. Como ves, el anillo se coloca alrededor del pene, y apretando aquí —Señala un costado de la bala, un botoncito que puede verse—. Comienza a vibrar —concluye—. Básicamente esto sirve para que la erección sea más duradera y el conejito va a estimular tu clítoris al vibrar. Es placer asegurado para ambos.
Aye mira sonrojada la explicación de la mujer.
Poco después, la joven ya está fuera de la tienda y se apresura a caminar tratando de que nadie vea la bolsa que lleva en la mano, pero a pocos metros, choca contra un cuerpo masculino y su bolsa cae al suelo, dejando escapar el dichoso anillo. El joven sonríe al ver el objeto, lo levanta del suelo y se lo tiende a Aye, provocando que esta se vuelva más roja que el gazpacho y haciéndole muy difícil el poder levantar la vista.
—Casi pierdes lo más importante —bromea el joven. Aye solo mira atontada la mano extendida del joven sosteniendo el anillo—. Aye —le dice.
—Cómo sab… —Se calla de manera abrupta al levantar la vista y encontrarse con Dylan, mirándola con una enorme sonrisa divertida—… Dame eso —ordena, arrancando el juguete de las manos del chico.
—No pensaba robártelo, si…
—Por tu bien, no digas nada sobre esto —le advierte dándole una mirada dura.
—No iba a hacerlo —Aye eleva una ceja no creyendo en absoluto nada de lo que dice—. Bueno, quizás, sí lo iba a hacer. Es que, haz visto tu rostro, está completamente rojo —se burla.
—No eres gracioso —le reprocha.
—¿Cómo has estado? —quiere saber Dylan.
—Bien. Ahora estamos preparando todo para ver a mi familia —le cuenta con una sonrisa alegre.
—Ya veo lo que preparas para tu familia —se burla, sin poder evitarlo.
Aye le da un pequeño golpe amistoso en el brazo.
—No sigas con eso, por favor —le pide avergonzada. Dylan se carcajea—. ¿Cómo está Helena?
—Bien, un poco sacada con eso del embarazo —narra colocando sus manos en los bolsillos—. Tiene un temperamento único, le sale la tana de adentro cuando ocurre algo y es mejor estar lejos cuando eso pasa —detalla haciendo reír a Aye.
—Sí, he visto como los embarazos convierten a las mujeres en Linda Blair —comenta con diversión.
—¿Y cuándo te tocará a ti? —le pregunta de forma intencionada.
Ella, inspira profundo.
—Todavía no es el momento —se limita a responder—. Debo regresar, todavía debo hacer compras.
—Más s*x shop que visitar.
—Deja de burlarte y ni se te ocurra decir nada de esto —amenaza señalando con su dedo índice—. ¿Nos veremos en el avión? —indaga, antes de dejarle un beso amistoso en la mejilla.
—Por supuesto —asiente él.
—Bien. Saluda a Helena de mi parte —dice, ya a varios metros de Dylan.
Luego de pasar por la tienda que le había sugerido Kansas, otra sorpresa para Mateo, no obstante, nada tenía que ver con los juguetes sexuales ya que era algo más romántico; se dirige a su apartamento para buscar sus maletas y guardar lo recién comprado, llama a un taxi, ya estaba todo listo para pasar la noche en el Penthouse y al día siguiente viajar juntos a festejar la Navidad con su familia.
Al llegar al Penthouse, Mateo la recibe y le ayuda con las maletas y demás cosas.
—Solo vamos unos días, tus maletas son enormes —indica el joven, tomando las maletas de la mano de Aye.
—Hay regalos para cada uno —le explica.
—¿Eso estabas haciendo? —curiosea, dejando las maletas en el suelo, cerca del sofá.
—Obviamente —se limita a responder.
Mateo se acerca a ella mirándola con ojos brillantes y atraca la boca femenina con vehemencia y ferocidad. Aye se deja llevar por él, era muy evidente que el joven todavía contenía las ganas desde cuando lo dejó duro en su auto. El chico comienza a quitarle el abrigo, para luego llevarla a su habitación.
—No —niega ella tomando las manos del joven—. Todavía no.
—No me gusta para nada que me niegues —le hace saber sin dejar de besarle el cuello y bajar el tapado hasta que este cae al suelo y el joven puede sentir la suave piel de Aye—. ¡Qué mierda! —vocifera alejándose de ella para verla.
Era una especie de body, solo que le faltaba mucha tela. Cuero, color azul, unas tiras que tapan los senos, su estómago queda libre y expuesto, su vientre obtiene un poco de cuero de nuevo tapando su intimidad, porta ligas azules sosteniendo unas medias de red y… Y esos zapatos azules brillantes con uno desquiciado tacón aguja, iban a terminar con él.
—Señorito Mateo —habla la mujer que se encarga de la limpieza del Penthouse.
Ella se queda clavada en el lugar al ver a Aye en paños menores. Y como una posesa comienza a persignarse una y otra vez.
Mateo toma con rapidez el tapado que dejó en el suelo y cubre a su chica bajando la mirada para que no pudiera ver su sonrisa burlona por la situación.
La mujer carraspea.
—La cena ya está lista. Si quiere puedo servirles —se ofrece la mujer, aunque duda que vayan a comer lo que ella acababa de cocinar.
—Gracias, Dolo; yo me encargo de servir. Puedes ir a casa si quieres —habla tratando de no estallar a carcajadas al ver como Aye no levantaba la vista del suelo y la cara le ardía de la vergüenza, mientras que la mujer miraba para cualquier lado menos a ellos.
—Hasta la próxima semana, señorito Mateo —se despide, sabiendo bien que no va a volver a verlo hasta varios días después—. Que la pase bien, señorita Ayelen.
Sin poder evitarlo, Mateo suelta su carcajada.
—Qué vergüenza —Aye se abanica con las manos el rostro—. No voy a poder verla a la cara nunca más —lloriquea, mientras Mateo sigue riéndose—. Deja de reír, no es divertido. Todo por tu culpa —le acusa.
—Yo no te di la idea de vestir —mueve las manos señalando su cuerpo—… lo que sea que lleves puesto.
—Te dije que pararas y, sin embargo, no, el señor tenía que seguir con sus manos locas —le reprocha.
—Y yo que iba a saber —se defiende Mateo elevándose de hombros sin poder dejar de reír—. Espera —dice—. ¿Manos locas dijiste? —pregunta moviendo las manos como si temblaran haciendo reír a Aye—. Creo que estas manos locas quieren seguir en donde se quedaron —enfatiza acercándose más a ella.
Mateo tira a la mierda el tapado de la joven, la toma de la cintura con sus brazos y la eleva en el suelo, para después llevarla a su habitación. Pero Aye lo detiene
—Espera, espera.
—No más retrasos —suelta.
—Solo déjame buscar algo.
Mateo la baja y ella corre hasta una de las maletas, quita un pequeño paquete bajo la curiosa mirada del joven, dejando al descubierto su culo al agacharse y solo ver una diminuta tira de cuero, y vuelve frente a él con las manos elevadas para que la vuelva a levantar. Ese gesto hace sonreír al chico, pero hace lo que ella, en silencio, le pide.
Mateo sube con su chica en sus brazos sin dejar de regalarle besos por toda la piel expuesta. Al llegar a la habitación, Mateo la deposita con mucho cuidado en la cama, quedando él entre sus piernas. Luego de besar y deleitarse con la piel entre sus senos y su estómago, se para a su altura y la observa con un deseo latente en sus ojos. La joven lo estaba volviendo loco al extremo con esa prenda de cuero, se veía tan sexy, tan sensual, que no estaba seguro cuanto iba a poder durar. Sin cuidado, comienza a quitarse la ropa y ve, extrañado, como Aye toma el paquete, concentrada, y lo abre dejando caer un objeto de color turquesa, el cual, él sabía muy bien lo que era.
—Ok —suspira al ver como su chica, sin darse cuenta, llevaba el mando—. Veo que pensaste en todo —murmura tendiéndose sobre la joven de nuevo.
—Algo así —entona Aye con una sonrisa y lleva sus manos entre sus cuerpos, hasta llegar al pene de Mateo.
Con una mano lo toma, provocando que el joven cierre los ojos y suspire, y con la otra mano, se dispone a colocarle el anillo, con el conejito hacia arriba, logrando que la respiración de Mateo se haga inestable. Luego, mostrándole una sonrisa, ella aprieta el botón en la bala del anillo y este comienza a vibrar, robando un ronroneo por parte del chico. Para más inri y perdición del joven, Aye, con una mano, desprende con brusquedad un par de botones del body ubicados entre sus piernas, haciendo que el cuero salte y luego, toma el pene en sus manos y lo guía hasta su entrada. Con un ronco gruñido por parte de Mateo y un sonoro gemido por parte de Aye, el joven se adentra por completo en ella con esa cosa vibrando en su pene y regalando placer al clítoris con cada movimiento emitido por él.
—Oh, Peque, esto me está volviendo loco —grazna, sin parar con sus movimientos de entrada y salida.
—Estoy hirviendo, Mateo —gime con voz débil.
—Y voy a hacer que te quemes —le promete tomándola de la cintura con una mano, sale de ella y la hace girar, colocando el estómago de Aye contra el colchón.
Gira el anillo para que el conejito quede hacia abajo y la penetra otra vez desde atrás.
—¡¡Mateo!! —grita.
El joven ignora su grito y sigue con sus estocadas profundas y tormentosas. Aye muerde la almohada, Mateo la toma de las manos encerrándolas con las suyas, sin parar sus movimientos de muerte, mientras muerde con delicadeza el hombro femenino. Poco después, Aye se deja ir gritando el nombre de su chico y Mateo la sigue gruñendo el nombre de su chica.
Luego de una sesión de sexo, ambos se quedan dormidos, desnudos y abrazados. La cena se enfrió y ni siquiera la probaron. Al día siguiente tenían un avión al cual subir.