Capítulo 2

2456 Words
Helena y Dylan —¡Hel, ¿dónde estás?! —grita Dylan entrando a su nueva casa. La cual habían comprado en cuanto se enteraron que Helena estaba embarazada. Ellos estaban en Londres, viviendo y trabajando; Helena mostrando sus diseños y Dylan dejó de ser cazador de recompensas para trabajar como custodio en los eventos de su mujer. Poco después de formalizar su relación, Dylan decidió que ya era hora de acabar con lo de cazador, el cual era un trabajo muy solitario y demandante, por lo que puso una agencia de custodios. Al saber que venía un bebé en camino, decidieron que no podían vivir más en un apartamento y que deberían estar más cerca de la familia. Fue toda una dicha elegir entre Estados Unidos e Italia, pero llegaron a un acuerdo. Aunque Dylan se moría de ganas de que su bebé naciera en su país natal, sabía que esa posibilidad no existía, ya que, en Brasil, a pesar de tener a su hermana con su propia familia, no iba a estar tranquilo por la amenaza que representó una vez su trabajo. Estados Unidos era la mejor opción, ambos iban a poder trabajar cerca y además la mayoría estaban allí. Por lo tanto, hacía tres meses que ellos vivían ahí. En pocos meses iban a cumplir dos años de casados, Dylan le propuso casamiento delante de todo el mundo en uno de sus eventos en París. Al principio, las personas no entendían nada de lo que estaba pasando arriba del escenario con el chico de custodia, pero luego, cuando hizo subir a Helena al escenario y lo vieron arrodillarse frente a ella, no se tardaron el vitoreo y las exclamaciones por parte del público. Dylan había pensado mil maneras en como pedírselo, sin embargo, la mejor opción era delante de todos y así ella no podría negarse. Aunque Helena nunca pensó en hacerlo. Ella se murió de amor al verlo arrodillado en sus pies y pedirle matrimonio en su lengua natal. Él era sexy, pero cuando hablaba en portugués, más de una se mojaba las bragas. Y eso fue lo que pasó ese día. Pocos meses después estaban diciendo sus votos en una iglesia cerca de una playa en Brasil, habían elegido ese lugar, ya que la hermana de Dylan no podría viajar con sus pequeños. Fue una hermosa boda, todos vestidos de blanco. Helena con un puro y sencillo vestido corto con media espalda descubierta diseñado por ella misma. Y él con un pantalón blanco de una tela muy finísima que le hacía un "culo tremendo", palabras de Helena. El calor era tremendo, pero valió la pena no aminorarse por la temperatura, ya que después pudieron seguir con la fiesta dentro del mar. —Aquí estoy —contesta Hel apurando el paso hacia su hombre—. ¿Trajiste lo que te pedí? —curiosea, observando la bolsa de papel que lleva Dylan en su mano. El chico sonríe y asiente con la cabeza. —Panqueques con jarabe de chocolate extra —indica mientras deja que su mujer le quite la bolsa de la mano con impaciencia. —Gracias. Te amo —le dice y le deja un casto beso en los labios antes de desaparecer en la cocina para zamparse los panqueques con gusto. Dylan sonríe negando con la cabeza para luego seguirla hasta la cocina en donde la encuentra prácticamente atorada con un enorme pedazo del panqueque en la boca. —Dudo mucho que eso sea saludable —entona tomando asiento a un lado de ella en la mesa de la cocina. —No nos importa —refuta con la boca llena. —Ya veo —suelta con diversión, adorando ver a su mujer comer por dos—. Me crucé con Aye antes de venir para acá. —Ah, ¿sí? —Sí; te mandó saludos y dijo que nos espera mañana. Helena mueve la cabeza de manera afirmativa. —Sí. Hoy llamaron mis padres, ya llegaron a Argentina y se están quedando en un hotel —le comenta—. Seguro que Aye estaba comprando regalos para todo el mundo. Dylan amplía su sonrisa. —De seguro hacía eso —asegura sonriendo de forma misteriosa. —¿Qué? —pregunta conociendo la sonrisa de su chico. —La vi saliendo de un s*x shop —le cuenta provocando que Helena se atragante con un pedazo del panqueque. Dylan se apresura a socorrerla—. ¿Estás bien? —Sí, sí —Le resta importancia. Dylan se dirige al refrigerador y saca la leche para servirle un vaso a su mujer—. ¿Cómo es eso que la viste saliendo de un s*x shop? ¿A Aye? ¿Estás seguro? —Hace todas las preguntas de manera atropellada al tiempo que toma el vaso de leche que le ofrece su marido. —Seguro —afirma—. Además, llevaba un anillo vibrador con ella. Así que estoy seguro —certifica. Helena estalla en risas. —No puedo creerlo, se habrá muerto de vergüenza al encontrarte ahí. Hubiese dado mis panqueques por encontrarla en esa situación —Ríe. —No puedes decirle que te lo conté —le advierte. —Ah, vamos, ella sabía que ibas a contármelo. Es lo mismo si me pasara algo similar con Mateo, por más que amenace al maldito, él se lo diría —argumenta para luego zamparse otro pedazo de panqueque con mucho jarabe de chocolate. —No tienes filtro —niega sutilmente Dylan, pero sin perder la sonrisa. —Yo no era la que andaba con un anillo vibrador —se defiende, haciendo carcajear a su hombre—. Ah, por cierto, ya están las maletas preparadas —le anuncia señalando la puerta de la cocina en donde Dylan puede ver a través de ella, las maletas apoyadas sobre la pared en la sala. —Si me hubieras esperado, te hubiera ayudado —le recrimina. Helena solo se eleva de hombros despreocupadamente. —Ya está hecho —dice guiñándole un ojo. La chica suspira al terminar sus panqueques y tira la espalda hacia atrás apoyándola sobre el respaldo de la silla, mientras se toca su prominente estómago de cuatros meses y medio de gestación—. Ahora ya me siento mejor —canturrea. —¿Segura? —se burla. Ella sonríe un momento y luego su rostro se contrae—. ¿Qué? ¿Estás bien? Helena sale corriendo con la mano en la boca. La joven llega al baño, siendo más rápida que la luz, se arrodilla frente al váter y despacha todos los panqueques que se acaba de comer. Dylan corre tras ella llegando justo para verla vaciar su estómago. Un poco preocupado se coloca de cuclillas detrás de ella y le sostiene el pelo esperando con paciencia como la joven deja su vientre sin nada. —¿Por qué? —lloriquea ella—. No es justo. Estaban deliciosos esos panqueques —se queja y vuelve a vomitar. —Deja de pensar en eso y tranquilízate —le pide acariciando su espalda. —Mi mamá me dijo que los primeros meses eran terribles, pero no le creí —se lamenta aceptando una servilleta que le tiende Dylan y se limpia la boca. —Ya pasará —dice el joven con delicadeza tomándola de la mano e instándola salir del baño. —Eso espero —suspira, dejándose llevar por su marido. Dylan la lleva a la habitación, la recuesta en la cama y la cubre con el edredón. La mira unos instantes con una sonrisa resplandeciente. Amando cada detalle, cada virtud y cada defecto. Todo eso la hacía única. Le deposita un beso en la sien y la deja descansar. A paso lento, se dirige hacia la habitación que tienen preparada para el bebé. Se para en el umbral de la puerta y observa cómo va quedando el lugar. Las paredes blancas, un pequeño estante con libros de cuentos infantiles; la mayoría de los hermanos Grimm, cabe destacar que él odia los cuentos de los hermanos Grimm, pero su mujer no opina lo mismo. Un armario blanco con detalles celestes en sus puertas. Una alfombra verde enrollada yaciendo debajo de la ventana, junto a la mecedora, esperando ser colocada cuando la cuna esté terminada y en su lugar, la cual todavía falta la mitad y ocupa el centro del cuarto con detalles sin acabar. Dylan recuerda que junto a los panqueques para su esposa había traído algo más y se apresura a la cocina para rebuscar en la bolsa que su mujer había dejado sobre la mesa. Al tener su objetivo en sus manos, sonríe y se apresura a la habitación, de nuevo. Su sonrisa no desaparece cuando coloca los libros que sostiene entre sus manos en el estante junto a los demás. "Mi planta de naranja lima" del autor brasileño José Mauro de Vasconcelos. Una historia en la que él se siente muy identificado, ya que como el niño que protagoniza la historia junto a la familia, su familia también era pobre rebuscando una vida mejor en su tierra natal. En secreto, desea que el bebé que espera su mujer sea un niño y así poder llamarlo Zezé, como el niño de la obra, aunque sí nace niña, quiere llamarla Gloria, como la hermana que siempre defiende a Zezé de los malos tratos de sus hermanos. Junto a ese libro, posa el otro "Vamos a calentar el sol" que es la continuación de "Mi planta de naranja lima". Esas iban a ser las primeras historias que su niño o niña escucharía. Fue su hermana quien le leía de niño y lo adentro a esa hermosa historia, y él quería hacer lo mismo con su hijo. Acariciando el lomo del libro decide continuar con la cuna, solo le falta unir varias piezas y pulir un poco más la madera, luego podría pintarla a su gusto. Por lo tanto, se posiciona en medio de la habitación y comienza su trabajo con la cuna. Cerca de la media noche, Helena se despierta y con una mano busca a un lado de la cama a su esposo. Sin encontrarlo, ella abre por completo los ojos y lo busca alrededor de la habitación, pero éste no está por ningún lado. Extrañada sale de la cama, se coloca una bata y concluye en ir a buscarlo por la casa. Lo encuentra en la habitación del bebé, dormido en la mecedora con un libro abierto sobre su pecho. Ella lo observa y sonríe, luego observa en medio del cuarto y se da cuenta que la cuna ya no estaba a medio hacer. Ya la había terminado y hasta la había pintado de blanco con detalles verdes en la cabecera. Rebosando felicidad, se acerca a su marido y con cuidado le quita el libro, lee el título y frunce el ceño, extrañada, ese libro no estaba antes ahí. Pero no le da importancia de más y lo coloca junto a los demás, se siente en los pies de su marido y acariciando su rostro comienza a despertarlo. Dylan se remueve en el lugar por los dulces toques de su mujer, con lentitud abre los ojos clavándolos en los de ella y le sonríe. —Me dormí —le confiesa como si ella no se hubiera dado cuenta. —Lo sé —asiente con una sonrisa sin dejar de acariciarle la barba de tres días— ¿Vamos a la cama? —pregunta de manera sugerente. —Debo ducharme primero —responde, arrugando la nariz. —Podemos hacerlos juntos —le propone parándose en sus pies y tirando de la mano a su marido para que la siga. Dylan sonríe. —Estoy muy sucio de verdad —le hace saber dejándose llevar por su mujer. —No me ha importado nunca, no va a empezar a importarme ahora —se jacta ella provocando que su marido ría—. Quiero que me hagas el amor —le indica entrando al baño, al tiempo que se quita la bata dejándola caer a sus pies. —Tus órdenes son leyes para mí —entona el joven quitando con cuidado el vestido de Helena dejándolo caer a un lado, mientras le va dejando suaves besos en cada parte de piel descubierta. Dylan besa la cima de los senos y de a poco dejando un camino de besos y humedad, llega al vientre, que ya no es para nada plano, el cual también es bastante redondito, y le besa justo debajo del ombligo. Quedando de cuclillas delante de su mujer, él la mira, mientras toma por los bordes de cada lado la tanga y comienza a bajarla hasta quitársela por completo. Dedicándole una prometedora sonrisa, la eleva del suelo y la mete dentro de la ducha, en donde la apoya contra la pared, abre el grifo mojándolos a ambos. —Todavía tienes tu ropa —anuncia ella entre gemidos, aceptado la punta de la lengua de su marido que recorre su cuello. —Lo sé —esboza sin darle importancia. Poco después la deja en el suelo, se hace a un lado y bajo la atenta y devoradora mirada de su mujer se quita la ropa empapada y la arroja fuera provocando un fuerte ruido al estrellarse contra el suelo. Una vez desnudo por completo, observa a su mujer de arriba abajo y sin que ella se lo esperase, la gira de cara a la pared, con cuidado de no golpear su prominente estómago contra la misma y sosteniéndola de las caderas comienza un nuevo camino de besos por la espalda femenina hasta apoderarse de cada una de sus nalgas, en donde hinca sus dientes con la fuerza justa para hacerla gemir. Con un brazo la rodea por debajo de su vientre y la penetra desde atrás al mismo tiempo que muerde su hombro logrando con eso hacerla chillar. El joven comienza un tortuoso movimiento de adentro y fuera volviéndola loca. Algo que había destacado Dylan de su mujer, era que desde que había quedado embarazada, ella estaba más necesitada de sexo, y por alguna extraña manera le calentaba más cuando él era un poco brusco con ella. Eso no quiere decir que no han tenido sexo y del bueno, y además seguido, sin embargo, como que, desde el embarazo, ella no se saciaba con facilidad, no había día, horario, lugar, si a ella le venían las ganas de coger, él debía cumplir con su papel marital. Y lo hacía con gusto. Luego de quitarse las ganas bajo la ducha y de lavarse el resto de su amor, ambos se dirigieron a la cama con el propósito de descansar para así, al día siguiente, poder levantarse temprano para unirse a los demás.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD