Capítulo 1: Drogada y rendida ante el señor Erick
—Ayu... ayúdame...
Jimena Cantero se aferró a la manga del hombre. Las piernas le fallaron y se desplomó hacia delante.
Pero, en vez de dar contra el frío suelo que esperaba, unos brazos fuertes la atraparon.
El fresco aroma a cedro la envolvió de inmediato, calmando de un modo extraño los nervios alterados por el ardor que la consumía.
—Te drogaron —dijo el hombre con voz grave y serena—. ¿Quién fue?
Jimena quiso responder, pero la lengua ya no le obedecía.
Sintió que la alzaban, la llevaban a una habitación y la recostaban con cuidado sobre la cama mullida.
—Tengo calor...
Sin darse cuenta, tiró del escote de su vestido. Aunque la piel quedó expuesta al aire frío, seguía ardiendo.
Erick Menéndez le atrapó la mano que no dejaba de moverse.
—No te muevas. Voy a llamar a un médico.
Jimena sentía que el cuerpo estaba a punto de explotar.
A tientas, buscó los botones de la camisa del hombre para desabrochárselos.
—Jimena, mírame bien. ¿Sabes quién soy?
Entre la bruma, un rostro familiar apareció ante sus ojos.
—E... Erick... ayú... ayúdame...
La mirada de Erick se volvió intensa.
Habían pasado tres años. Desde que ella había elegido a Héctor Canales, creyó que nunca volvería a sentir nada por esa mujer.
Pero al ver sus mejillas encendidas y la mirada extraviada, comprendió que todavía no era capaz de mostrarse indiferente.
—¿Sabes lo que estás diciendo? —preguntó con voz ronca.
Jimena ya no podía oír con claridad. Solo sabía que el hombre que tenía delante podía salvarla del fuego que le abrasaba el cuerpo.
Fue ella quien buscó sus labios y lo besó, con torpeza pero con pasión.
El último vestigio de razón de Erick se derrumbó con aquel beso. La sujetó de la nuca y, tomando el control, profundizó el contacto.
—Tú te lo buscaste, Jimena —le susurró al oído, antes de dejar de contenerse.
Estuvieron juntos desde la noche hasta el amanecer, y solo entonces Jimena cayó rendida en un sueño profundo.
Cuando la luz del sol se filtró por las rendijas de las cortinas, Jimena abrió los ojos.
Tenía un dolor de cabeza insoportable y todo el cuerpo le dolía como si la hubiera atropellado un camión.
Miró a su alrededor: una habitación de hotel desconocida, ropa desperdigada por el suelo y ella... desnuda, cubierta apenas por una ligera manta.
Entonces lo recordó.
El banquete de cumpleaños, la traición de Héctor y Elena Páez, que la habían drogado, y luego... ¡Erick!
Jimena se incorporó de golpe, pero la molestia entre las piernas la hizo jadear.
Se escuchaba el agua correr en el baño. Erick seguía allí.
Buscó su ropa presa del pánico, deseando huir cuanto antes.
—¿Ya despertaste?
La voz de Erick llegó desde la puerta del baño.
Jimena levantó la vista y lo vio con una toalla anudada a la cintura. Gotas de agua resbalaban por su torso.
Apartó la mirada de inmediato, sintiendo que las orejas le quemaban.
—Anoche... nosotros...
No sabía cómo decirlo.
Erick miró la mancha rojiza en la sábana y esbozó una leve sonrisa.
—Anoche te drogaron. Mientras huías, te topaste conmigo. Iba a llamar a un médico, pero fuiste demasiado directa... —dijo con calma.
El rostro de Jimena se encendió al instante.
Recordaba vagamente haberse aferrado a él sin soltarlo. Aquellas escenas vergonzosas le hacían desear que la tierra se la tragase.
—Lo siento... Yo... haré como si no hubiera pasado nada. —Buscó su ropa con desesperación.
Erick le sujetó la muñeca de golpe.
—¿Y eso es todo? Tu novio y tu mejor amiga se confabularon para traicionarte, te drogaron y casi acabas en manos de cualquiera. ¿Y piensas hacer como si nada?
—¿Y qué se supone que haga? —Jimena se soltó de su agarre con la voz entrecortada—. ¿Denunciarlos? ¿Y con qué pruebas? ¿Decirle a todo el mundo que me drogaron en mi cumpleaños y luego me acosté con el señor Erick?
Erick esbozó una sonrisa fría, sacó el móvil del bolsillo de su traje y reprodujo una grabación.
Se escuchaba claramente a Héctor y Elena hablar de la droga y de su plan de grabar un vídeo para amenazarla.
—Son pruebas que mandé a recoger al salón.
Erick detuvo la grabación.
—No me importa lo que hagas con ellos, pero te acostaste conmigo; ahora tendrás que responsabilizarte.
Jimena lo miró, atónita.
—Tú... Tú no saliste perdiendo. Además, ¡era mi primera vez! Ni siquiera te pedí que te hicieras cargo... —Su voz se fue apagando.
Erick guardó silencio unos instantes y se inclinó hacia ella. Quedó tan cerca que Jimena podía sentir su aliento.
—Entonces... ¿qué tal si me responsabilizo yo de ti?
Jimena abrió los ojos de par en par. El aliento de Erick estaba a un suspiro, y en sus profundos ojos centelleaba un fulgor que le aceleró el pulso.
—¿Estás bromeando? —Su voz tembló.
Erick se enderezó, sacó un documento del buró y se lo tendió.
—Yo nunca bromeo con el matrimonio.
Jimena bajó la mirada. Era un contrato prenupcial que ya llevaba la firma de Erick.
Alzó la vista, incrédula.
—¿Ya lo tenías preparado?
—No. Esta mañana. —Erick fue hacia el armario y sacó un vestido nuevo de color lila claro—. Hice que te lo enviaran. Debe quedarte bien.
Jimena contempló aquella prenda y comprendió que nada de aquello había sido improvisado. Se mordió el labio inferior.
—¿Por qué?
Erick se anudó la corbata de espaldas a ella. En el espejo, el hombre de facciones marcadas mostraba una mirada afilada.
—Tres razones. Primera, necesito una esposa para frenar la presión de mi familia con una alianza; segunda, tú necesitas vengarte de esos dos desgraciados; y tercera...
Se volvió hacia ella con intensidad.
—Yo nunca desperdicio una oportunidad, sobre todo una que se me presenta en bandeja.
Jimena sintió un mareo. Fragmentos de la noche anterior pasaron por su mente: la sonrisa hipócrita de Héctor, la copa de champán que Elena le tendió y aquel abrazo en el que había caído...
—¿Por qué hicieron esto? —murmuró para sí misma.
Erick esbozó una sonrisa fría, tomó su móvil y marcó un número.
—Traigan eso adentro.
Menos de cinco minutos después, llamaron a la puerta. El asistente de Erick le entregó respetuosamente una carpeta y se retiró. Erick la arrojó sobre la cama.
—Míralo tú misma.
Jimena la abrió con manos temblorosas. Dentro encontró el informe financiero de la empresa de Héctor, que estaba al borde de la quiebra, y un borrador donde planeaba usar como garantía la tecnología de la patente del padre de Jimena. Por último, había una captura de un vídeo en el que Elena vertía un polvo blanco en su copa.
—Quieren controlarte para quedarse con la patente.
La voz de Erick era gélida.
—Y tú estuviste a punto de ser la víctima.
A Jimena se le enrojecieron los ojos. Nunca imaginó que el novio al que amara durante tres años y su mejor amiga hubieran tramado aquello.
La rabia y la humillación la inundaron. Apretó los puños.
—Está bien, acepto. Pero tengo una condición: nos casaremos en secreto.
Erick curvó los labios, satisfecho.
—Esa es la Jimena que conozco.
Se acercó y le levantó el mentón.
—Cásate conmigo y te ayudaré a arruinarlos.
—No hace falta. Quiero vengarme yo misma.
Erick soltó una risita.
—Trato hecho.
Tomó el acuerdo prenupcial.
—Pero, ya que será un matrimonio por contrato, las reglas las pongo yo. Primera: el plazo será de dos años. Si en ese tiempo no te enamoras de mí, podrás darlo por terminado. Segunda: delante de mi abuelo, nos comportaremos como una pareja enamorada. Tercera... —su mirada recorrió los hombros desnudos de Jimena—: la señora Menéndez deberá cumplir con sus deberes conyugales.