XXXV Florencia sabía que algo sucedía. Tomaba muy despacio la comida, apenas si revolvía con el cubierto en el plato, estaba distraído, aterrado. Odiaba la manera en que Sergei quería siempre cargarse todo sobre sus hombros, para protegerla, Dios sabría de qué. —Tienes que decirme lo que te pasa, amado mío. De otra manera, no podré ayudarte. —No me pasa nada, mi ballerina. Solo estoy muy cansado del trabajo. ¿Cómo te fue con las chicas del servicio que entrevistaste hoy? Florencia le respondió, convencida de que ese no era el momento de contarle sobre aquella vida. Era muy poco lo que se había alojado en su vientre, tendría que esperar a que primero, su marido se sincerara de lo que se sucedía y, segundo, que ya no hubiera forma de que ese bebé saliera, sino hasta que fuera su nacimien

