XXXVI Florencia no le dio gusto de dejarse ver derrotada. Cuando Sergei entraba en la habitación, era amablemente recibido por una gata salvaje que deseaba arrancarle los ojos. Él intentaba hacerla entrar en razón, del peligro en el que estaba. Por supuesto, para ella nada de eso resultaba importante, porque estaba convencida de que aquello solo era una estrategia de su hombre de ojos profundos y azules, para ir tras su destinada. —Mujer por Dios… si te pasa algo, yo moriré contigo… —No me vas a convencer de nada, Sergei Siberan. Mi hijo va a nacer, te guste o no. Sé que ahora solo piensas en reproducirte con esa mujer que conociste, anda, yo no te estoy atando a nada. —¡¡QUÉ NO ES ESO, MALDITA SEA!! —gritó, desesperado, desde la puerta de la alcoba de Florencia—. ¡¡ENTIÉNDELO!! ¡¡PUED

