VI
Podía sentir el aroma de su padre mientras se aferraba de manera fiera a su cuello. Se encontraba aterrado, abrazado al ser que le dio a luz, con todas las fuerzas que su pequeño cuerpo pudiera tener. Sus dos hermanos también se hallaban ahí, atrincherados tras ese hombre que preferiría morir, o matar, antes que permitir que se llevaran a sus hijos.
Estaban escondidos en un cuartito oscuro, mientras escuchaban a su madre hablar casi a los gritos con unos desconocidos, hasta ese momento. Uno de ellos exclamó lo demasiado fuerte como para que todos escucharan: «Dame al más chico, él también es un Alpha».
El pequeño, que ahora temblaba porque sabía que hablaban de él, separó un poco el rostro del cuello de su padre y buscó su mirada. El joven de cabellos muy claros, también lo miró, y su expresión, siempre gentil, ahora era una casi aterradora. Pero con esos ojos, le dijo que nunca, jamás, permitiría que se lo arrebataran.
No podían hablar, debían permanecer invisibles. Matthew volvió a abrazar a su padre por el cuello, y la vio, esa marca que lo ataba a la vida de su madre. Él siempre les decía que aquello era la muestra en la que el destino te daba felicidad. No obstante, en ese momento no parecía ser así.
De nuevo despertó Matthew bañado en sudor, no obstante, esta vez ya no hubo sobresaltos. Anna escuchó un leve quejido y entró a la habitación de su hermano solo para asegurarse de que todo estuviera bien.
Lo vio algo perturbado, más no enloquecido como con tantas pesadillas anteriores. Matthew le agradeció que fuese a verlo y le contó que soñó, de nuevo, con su padre.
—¿Crees que pueda hablar ahora mismo con papá? —preguntó Matthew algo somnoliento.
—Claro que sí, no hay problema, ya le llamo.
Anna tomó su móvil y habló muy animada cuando le respondieron. Matthew sonrió, su padre estaba al otro lado del teléfono.
—¿Papá? ¿Cómo estás?
El tímido saludo no expresaba la inmensa alegría que le daba al patinador escuchar al hombre más importante de su vida, a las 5:00 a.m.
—¡Mi pequeño! —dijo el hombre al otro lado de la línea con entusiasmo—. Yo estoy muy bien, y sé que tú también lo estás, Anna nos ha contado lo tranquilo que te has sentido en ese lugar y además que tienes las calificaciones más altas.
—Sí, papá, estar acá no ha salido tan mal.
Hablaron unos 10 minutos de trivialidades. Sin embargo, para el muchacho del hielo, escucharlo era lo mejor del mundo. Pidió también hablar con su madre, pero esta se encontraba profunda, así que prometió llamarla más tarde ese día. Y de repente, Matthew soltó la pesadilla que tuvo, que no era nada nuevo para ese que lo parió.
—Bueno, hijo, ya han pasado 25 años y no nos han separado, ¿o crees que sí?
—No, no lo hicieron.
El padre, envuelto en cobijas y viendo aún la noche en su ventana, sonrió. Luego miró a su esposa dormida y también sonrió. Matthew se despidió de su papá y envió besos a su madre. Hablar con él le había alegrado mucho, así no pudiera decirle con total sinceridad todo lo que lo amaba, esa era una constante entre padres e hijos.
A él nunca lo obligaron a llevar una vida que no deseara. Fue libre al elegir qué camino tomar, y por eso se sintió tan horrible al defraudar la confianza que se le había dado con esos dolorosos escándalos y su caída al abismo. Matthew no estaba solo, pero quería pensar que sí, pues era más fácil.
Ahora, su corazón por primera vez estaba en conflicto por otra persona que lo atraía demasiado. Aluna se colaba en su pensamiento y cuando ella le hablaba, lo confortaba. No entendía ese sentimiento, lo asustaba.
Después de que la besó, sintió que hubiera podido llegar más lejos y no solamente en la cama, sino también en el resto de su vida. Tenía 30 años y ahora no sabía muy bien que nombre darle a eso que lo agobiaba y era a la vez tan cálido. Pero le encantaba todo aquello en su pecho.
***
Ese día prometía ser muy fuera de lo común. Al terminar una de las clases que no compartía con la niña holandesa, iba rumbo al salón en el que sí se la toparía, pero sus ojos no daban crédito a lo que estaban viendo. En uno de los caminos abiertos al área administrativa, se encontraban dos de sus ex colegas patinadores.
La quijada casi le llegó hasta el piso, uno de ellos era su mejor amigo y, el otro, un mocosoide de 23 años que seguro solo iba a burlarse de él. Se quedó quieto en el lugar, tal vez pensando que si no se movía no lo verían. Aun con su mejor esfuerzo por ser invisible, lo hallaron, y su amigo, Steve, corrió entusiasta hasta él.
—¡Matthew! ¡Por fin te encontramos! —gritó enérgico en amigo de cabellos oscuros.
Luego de eso le dio un abrazo que fue bien recibido, pero el del bastón, no entendía nada de nada. Ellos estaban a miles de kilómetros de sus pistas de hielo, ¿qué hacían ahí y no en una práctica?
Se acercó el otro joven, un poco molesto, se le notaba que no quería estar en ese lugar. Cuando estuvo frente a Matthew, le extendió la mano. El momento era tan confuso, que Matt solo se la dio en señal de saludo. Todo era surrealista, así que pensó que estaba soñando.
—¿Ustedes dos vinieron a burlarse de mí, verdad? —refunfuñó el señor del hielo—. Ahora que lo recuerdo, una de las competencias cortas será en esta ciudad, claro, aprovecharon para venir y reírse en mi cara, no me lo esperaba de ti Steve, que mal amigo eres.
—¡Ah no es nada de eso! Yo te dije que vendría muy pronto a visitarte. Aunque, adivina, quién será tu nuevo compañero de clases: ¡el niño carisma...!
Steve no pudo terminar de hablar, porque explotó en carcajadas. Era totalmente cierto, el otro joven era Louis Leroy, más conocido como “Lu”, y directa competencia en el hielo de Matt, estaba ahí para tomar el mismo curso de finanzas, no importando que llegara un mes tarde.
Matthew alegó, Louis también lo hizo, no era un placer para él tampoco estar ahí. Ahora ya no parecía tan arrogante, incluso podía notársele triste.
—¡¿Qué maldita broma es esta?!, ya vinieron, me vieron cojeando, comprobaron que estoy en un estúpido curso de finanzas, ahora lárguense a patinar.
—Mira, Siberan, no eres dueño de la Universidad, ¡y yo voy donde se me da la gana! —respondió Lu, alterado—. Y voy a tomar un curso, porque así...
Detuvo su enojada presentación cuando miró a su alrededor y no pareció encontrar lo que buscaba. Gritó una maldición y salió a correr.
Matthew de nuevo confrontó a su amigo. Hasta donde sabía, Leroy había ganado la medalla de plata con su programa libre y estaba saliendo con una omega. Era la historia perfecta. Lu, joven y exitoso Alpha, por supuesto, de profundos ojos esmeralda y de cabello cobrizo, iba a comprometerse; sin embargo, aun a los Alpha los rechazaban, y eso le sucedió a Leroy.
***
Fin capítulo 6