XXXIII Sergei estaba cautivado por el aroma de su cuerpo, a tantas exóticas plantas a la vez, a frutas, a pasión pura. Ni qué decir de sus cabellos que caían sobre su pecho, cada vez que subía y bajaba, estacándose ella misma en el poderoso m*****o del doctor. Florencia no sabía, ni siquiera imaginaba, que el pene de un hombre pudiera ser tan gigante; eso no era de lo que le habían hablado. El hombre jadeaba, le decía que la amaba, solo con haber cruzado unas miradas, solo con sentirla ahora siendo suya y comprobando su pureza. ¿Por qué se entregaba a él con tal facilidad? No importaba la respuesta en ese momento. Solo hacerla suya y dejarle en claro al mundo que ya nadie más la tocaría. Así sería, para siempre. —Florencia… —susurró el hombre, una vez la jovencita cayó rendida de amarlo

