XLIX Se sentó en lo que parecía una camilla. En ese lugar que funcionaba clandestino, pero con la apariencia de «legal», al no hallarse nada sospechoso luego de las mil inspecciones que hacía la autoridad de la universidad a diario, Matthew Siberan, definía en verdad su destino. Jamás el ex patinador hubiese pensado, dos años atrás, sacrificarse tanto por otra persona, por otras personas. Pero ese instinto primario que le corría en la sangre de proteger a su descendencia, a su pareja, estaba primando en todo eso. —Siberan, en realidad no pensé que vinieras, después de que dijiste que ibas a probar otra alternativa —habló un chico con bata, que sacó de sus pensamientos a Matt. —Dios Santo, pero si eres solo un niño… —Soy joven, pero como se diría, «un Alpha prodigio de la ciencia» —re

