XLIV Se atrevió de nuevo a entrar en esa habitación que era casi un templo para los Siberan. Iba descalza, abrumada y cansada ya de llorar. Ahora que sabía que estaba embarazada, se sentía más sensible. Del primer piso solo podía escuchar las voces alteradas, los improperios, los señalamientos. Aluna cruzó el puente entre los extremos de la casa, sin que nadie se diera cuenta, aunque ella era la protagonista en esa discusión. Al entrar de lleno a la habitación de Florencia, se sentó en la mecedora, y ahí pudo ver las flores, muy hermosas y que brillaban con ayuda de la luna. Todo en ese momento era inverosímil, casi hasta ridículo. Se llevó las manos a su propio abdomen, sonriendo un poco. —No entiendo el motivo de existir, si al final todo está mal conmigo. Yo no quería esto para uste

