Capítulo 2: El arte de las máscaras de seda

1207 Words
Capítulo 2: El arte de las máscaras de seda El amanecer sobre Albania no trajo claridad, sino una neblina densa que se aferraba a las torres del palacio como un sudario. Elara regresó a sus aposentos antes de que la primera doncella hiciera sonar las campanas del servicio. Sus pies estaban cubiertos de barro y su vestido de seda verde estaba desgarrado, pero su rostro... su rostro era una máscara de mármol que ni siquiera ella misma reconocía en el espejo. —Recuerda —la voz de Caerum vibró en el aire, aunque él no estaba físicamente allí. O quizás sí, oculto en los pliegues de la realidad—. Una sombra no necesita ser vista, solo necesita estar en el lugar correcto cuando la luz cambia. Elara se bañó sola, restregando su piel hasta que quedó roja, intentando quitarse no solo el barro del bosque, sino la sensación de los labios de Anton en su memoria. A las ocho en punto, su doncella principal, Marta, entró en la habitación. Marta no era solo una sirvienta; era una mujer de cincuenta años que había servido a la Reina Madre y que conocía todos los pasadizos de la corte . —Princesa, está pálida —dijo Marta, dejando una bandeja con té de tilo—. ¿Otra pesadilla con el día de la boda? Elara la miró a través del espejo. Aquí nacía la primera duda dentro de su cabeza: ¿En quién podía confiar? —No ha sido una pesadilla, Marta. Ha sido una revelación. ¿Qué se dice en las cocinas sobre el Conde de Valerius? Marta dudó. El silencio en Albania era una moneda de cambio. —Se dice que sus fincas están al borde de la quiebra, señora. Y que el Rey, su padre, necesita el dote de usted para pagar a los mercenarios de la frontera norte. Elara apretó los puños. Así que no solo era deseo lo que unía a Anton con Isolde; era una transacción. Anton necesitaba el dinero de Elara, pero quería el poder de Isolde. Una jugada maestra que la dejaba a ella como la única perdedora. El desayuno real se servía en la Terraza de los Suspiros. El Rey Aleksander, un hombre consumido por la paranoia y las deudas, presidía la mesa. A su derecha, Isolde, radiante en un vestido de mañana color lavanda. A su izquierda, el asiento vacío de la Reina, que llevaba años recluida en un convento por "melancolía". Elara entró y la conversación se detuvo. Anton estaba allí, sentado frente a Isolde, sosteniendo una taza de porcelana con una elegancia que ahora le resultaba nauseabunda. —Llegas tarde, pequeña —dijo el Rey, sin levantar la vista de sus informes de guerra—. Espero que no estés descuidando tus pruebas de vestuario. El embajador de las Tierras Bajas vendrá a la boda y Albania debe parecer próspera, aunque tengamos que fingirlo. —No he descuidado nada, padre —respondió Elara con una voz tan dulce que parecía almíbar—. De hecho, anoche estuve en el jardín reflexionando sobre mi futuro. Notó el breve intercambio de miradas entre Anton e Isolde. Un milisegundo de tensión. —¿En el jardín? —preguntó Isolde, arqueando una ceja—. El aire nocturno es peligroso para los pulmones débiles. —Lo es —coincidió Elara, sentándose—. Pero encontré algo perdido. Un objeto que parece haber caído en el lodo. Anton dejó la taza. —Dinos, Elara, ¿qué encontraste? —Mi fe en los cuentos de hadas —sonrió ella, clavando sus ojos en los de él—. Pero no te preocupes, Anton. He decidido que la realidad es mucho más... lucrativa. En ese momento, un cuervo n***o aterrizó en la barandilla de mármol de la terraza. Tenía los ojos del mismo azul eléctrico que Caerum. Elara sintió un hormigueo en la nuca. El tiempo pareció ralentizarse y, por un instante, vio lo que Caerum le había prometido: la verdad tras las máscaras Vio un aura de color n***o podrido emanando de Anton; un hilo de ambición y miedo que lo conectaba directamente con Isolde. Pero en Isolde vio algo más complejo: su aura no era negra, era de un rojo violento, mezclada con hilos plateados que se extendían hacia el Rey. Ella no solo quiere el trono, comprendió Elara, ella quiere derrocar a nuestro padre antes de la boda. —¿Te encuentras bien, Elara? —la voz de Anton la trajo de vuelta. Él le tendió la mano por encima de la mesa, un gesto de afecto fingido. Elara miró esa mano. Antes, la habría tomado con devoción. Ahora, veía las manchas invisibles de la traición. Justo cuando iba a tocarlo, un estruendo interrumpió la escena. Un guardia de la frontera entró corriendo, su armadura cubierta de polvo. —¡Majestad! Los rebeldes de la Orden de la Rosa Blanca han cruzado el río. Han quemado el granero del conde de Valerius. Anton se puso en pie, lívido. —¡Eso es imposible! Mis tierras están protegidas. —Parece que tus muros son tan frágiles como tus promesas, Anton —soltó Elara, casi sin pensar. El Rey golpeó la mesa. —¡Silencio! Isolde, ve a la sala de guerra. Anton, acompaña al capitán. Elara... vete a tus habitaciones. Esto es asunto de hombres y de reinas. Elara se levantó, pero no se fue a sus habitaciones. Mientras el caos se apoderaba de la terraza, ella buscó el rincón más sombrío del pasillo. Allí, apoyado contra una columna de sombra, estaba Caerum. Ya no vestía túnicas, sino el uniforme de la Guardia Real, aunque nadie parecía notar su presencia. —La Orden de la Rosa Blanca —susurró Elara—. Ellos son los enemigos de la corona. —O quizás son los únicos que saben que la corona está podrida —dijo Caerum, acercándose—. Tu hermana les está filtrando información para debilitar a tu padre. Si quieres destruirla, debes jugar en un tablero más grande que este palacio. —¿Quieres que me una a los rebeldes? —preguntó ella, horrorizada. —Quiero que seas el puente —Caerum extendió su mano y, por primera vez, la tocó. Sus dedos eran fríos como el hielo, pero su contacto prendió una chispa en la sangre de Elara—. Albania necesita una reina, no una tirana. Pero para llegar a ese trono, primero debes convertirte en el ángel caído que ellos creen que eres. Elara sintió una nueva fuerza. El peligro de la rebelión se abría ante ella. Si Isolde estaba usando a los rebeldes para sus propios fines, Elara los usaría para exponerla. —Dime qué debo hacer —dijo ella. —Esta noche habrá un baile de máscaras en honor a tu boda —dijo Caerum con una sonrisa enigmática—. Será la última noche de paz que este reino conocerá. Prepárate, princesa. Vamos a robarle a tu hermana su posesión más preciada, y no hablo de Anton. —¿Entonces de qué? —De los planos de la red de túneles bajo el palacio. El corazón de Albania. Elara asintió. La venganza ya no era solo un sentimiento; era un mapa de guerra
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