La noche resulta el cómplice perfecto de los temores más ocultos. Su oscuridad y melancolía innatas atraviesan los ojos cerrados para hacer temblar cualquier cuerpo que no pueda creer en sí mismo. Su silencio expectante agrega suspenso a las horas que parecen correr con menos prisa en su presencia y los corazones galopantes resuenan en los pechos tanto de los amantes furtivos como de las pequeñas dormidas. Simone sintió el rechinar de aquella cama y supo que pronto el silencio volvería a vencer. Notó sus pies fríos y tiró de la manta, pero al notar que Luna se movía inquieta decidió utilizarla para cubrirla a ella. Sus ojos agotados intentaron acostumbrarse a la oscuridad y unos pasos acelerados la llevaron a abrazar su almohada mientras apretaba los dientes. No era un sonido habitual

