Los días se volvieron largos y agobiantes. SImone no quería reconocerlo pero había comenzado a sentir un hueco de vacío que nunca antes había sentido. No quería creer que sus pocos días en aquel jardín hubieran logrado dejar tal huella, pero a juzgar por los pensamientos que se acumulaban en su mente, estaba hecho. La sonrisa de Florencia, el bullicio de los recreos, la manito de Mila acariciando su mejilla como si necesitara confirmar que era de verdad, todo regresaba como en un carrusel. Se miraba en el diminuto espejo de su húmeda habitación y repasaba aquel tacto con su propia mano, solo que ahora estaba violacea, el hematoma que se había gestado cuando Moro, días atrás la había golpeado, se había distribuido siguiendo las leyes de la gravedad y si bien la hinchazón parecía haber mer

