Horas más tarde.
La brisa corría veloz igual que los niños felices por todo el parque, los árboles se mostraban imponentes alrededor del lugar, como si estuviesen custodiando el lugar de alguna amenaza y estuviesen listos para actuar en cualquier momento o así los contemplaba él, con una sensación de grandeza creciendo en su pecho.
Pero aquello solo era una emoción pasajera, pues si aquellos grandes árboles tuvieran realmente ese trabajo lo estarían haciendo muy bien, le gustó tanto la idea que incluso se preguntó a sí mismo si llegaría a ser igual que ellos.
Sin embargo, lo dudo por un instante y no supo con certeza que responderse así mismo, ni siquiera pudo mentirse, estaba solo en un sitio que aunque conocía a la perfección, sentía que podía perderse. Pensó seriamente lo que sucedía y lo analizo muy detalladamente, las cosas no estaban marchando como quería, pero al menos habían sido mejores que sus expectativas antes de llegar aquí.
Mañana empezaría con las tutorías y aquello sería un gran despeje de todos los problemas que tenía en casa mientras encontraba que hacer con su vida los fines de semana.
— Josué.
Escuchó una familiar voz a lo lejos, la cual lo saco de sus pensamientos tortuosos. Una figura femenina corría hacia él con entusiasmo.
— ¿Tamara? — pregunto desubicado, había estado tan centrado en sus pensamientos que no tenía idea de lo que sucedía a su alrededor.
— Te extrañé tanto. ¿Has vuelto?.— pregunto con entusiasmo, mientras lo miraba con cariño.
— S-sí. De hecho mañana entraré al instituto.
— Eso es una buena noticia, el profesor Lorenzo estará gustoso por tu regreso.
— ¿Qué has sabido de él?, Hace mucho que no le hablo.
— Sigue trabajando en lo mismo, de hecho su hija estuvo embarazada y dio a luz hace unos meses, todos estuvimos contentos por él y se hizo un pequeño convivió. Ya sabes se ha portado tan bien con todos.
— Sí. Cómo olvidarlo, es un gran hombre.
— ¿Estás bien? — pregunto Tamara mirándolo directamente a los ojos.
Aquello fue algo intimidante para él, aun cuando ella solo lo miro con calidez él se sintió indefenso, pues pensaba que si se miraban por mucho tiempo ella leería sus pensamientos y sabría con certeza el significado de su tristeza.
Después de todo decían que los ojos eran la llave del alma.
— Todo en orden. — soltó, aun cuando sabía que ella no le creería lo intento.
— Vamos. — pronunció dejándolo sorprendido.
¿No insistiría?. Se preguntó así mismo y aun cuando no quería que lo hiciera le pareció extraño. Sin embargo, no dijo nada y la siguió sin decir una palabra más.
Ambos llegaron a un camino que pasaba por debajo de unos inmensos árboles dando la apariencia de un arco gigante entre todos. Él se quedó quieto al inicio observándola a ella caminar.
— Camina, no seas tonto. — regaño al verlo quieto como una estatua.
— ¿Qué hacemos aquí? — estando al fin a su lado pregunto con curiosidad.
— A despejarnos.
Aquella respuesta no había resuelto su curiosidad, así que con inquietud repitió:
— ¿A despejarnos?
— Sé que hay algo que no quieres decirme, así que solo caminaremos mientras ordenamos nuestras ideas, veremos quién se aburre primero y cuenta sus tristes penas.
Josué no dijo nada, estaba consternado por la situación, contar lo que sucedía le daba una sensación extraña en el pecho que lo hacía incomodarse, pero escuchar aquella propuesta aunque no le convenció del todo decidió intentarlo.
— Bien.
Ambos caminaron por el extenso camino, ambos suspiraban intentando buscar alivio en la naturaleza, aunque por un momento la concentración de Josué fue interrumpida por una familia que caminaba por el lugar.
Todos se miraban alegres y unidos, sin preocupaciones, aquello hizo que recordara a su familia, pocas veces habían salido juntos y únicamente fueron aquellas fiestas importantes de las cuales los invitaban dos o quizás tres veces al año. Lo sucedido de esta mañana volvió a su cabeza, estropeando aquel bonito momento, aquella paz se esfumó una vez que su mente empezó a proyectar las imágenes de hace unas horas, aquellas que eran acompañadas por aquellas palabras llenas de desprecio.
— Hija, llegaron antes.
Intento entablar una convención su madre, para despejar aquella incomodidad y tensión en el ambiente.
— Fue idea de Khler… Pero si estás ocupada podemos volver en otro momento.
Propuso la joven con resentimiento en sus palabras, dejando claro que no le gustaba para nada la presencia de su hermano menor.
— No, p-para na-nada.
— No se preocupen, yo ya me retiró, con su permiso y una disculpa por las molestias señora Leticia. — interrumpió antes de que se creará una pelea sin sentido por su culpa.
Con la cabeza baja y con temor paso a lado de su hermana, pero era tan obvio que ella no lo consideraba de la misma manera. Sus ojos conectaron, los de él demostraron arrepentimiento, mientras los de ella solo podían expresar dolor y desprecio.
— Lo siento. — susurro deteniéndose junto a ella.
— Largo, no sé que buscas aquí, debería darte vergüenza poner un pie en esta casa. Me das pena.
Al escuchar esas palabras corrió fuera, una vez estuvo lejos de aquella habitación, bajando con prisa fuera de aquella casa que empezaba a hostigarlo.