No solo entró mi mamá, sino también mi abuelo. Ellos cerraron la puerta y me asusté al ver a todas estas personas. Pensé en las niñas que dormían en sus habitaciones y el temor fue grande al imaginar que las iban a dañar. —¡Suéltenme! Malditos infelices, esto lo van a pagar demasiado caro. No puedo creer que se atrevan a hacer tal cosa. —Cállate —mi mamá me abofeteó —ya me cansé de tu actitud de niña malcriada, ahora vas a ver que cuando amenazó a alguien, lo cumplo. —Escucha, Karen, porque no mereces que te llame madre. Si algo le pasa a mis niñas, te voy a hacer pagar con sangre todo esto. Paf, otra bofetada aterrizó en mi mejilla y esta fue del gran senador Ortega. Él me miró con desprecio, sus ojos me recorrían de pies a cabeza y no pasaba desapercibido su desagrado. —Es una lásti

