Si dar a luz a un bebé era doloroso, ahora había que multiplicar ese dolor por tres. Pensé por un momento que me iban a hacer cesárea, pero no, eso era imposible cuando los bebés ya venían coronando. —Leo —apreté la mano de mi esposo —no aguanto, mi espalda me está matando. —Espera un momento, amor. Leo se subió en la camilla y abrió sus piernas, él permitió que me recostara y sostuvo mis manos en esta posición. Pujé fuerte con cada contracción y después de eso pude escuchar un llanto, luego otro y por último otro. —Zoé, tengo que llevarlos a la incubadora —la doctora anunció mientras sostenía a uno de ellos —pero se miran sanos. La doctora entregó a mis bebés y se los llevaron de la sala, estaba angustiada y solo esperaba que mis bebés estuvieran bien. —No te preocupes, mi vida —Leo
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