Zedd- años atrás (octubre del 2011)
—Hola—expreso una voz rasposa, que ya antes había escuchado. Una voz singular, que resonaba, alterando una parte de mí.
Era Sara, que se hallaba frente a mis ojos. Su cabello castaño, libre en el viento. Su sonrisa, acentuando las facciones de su rostro. Sus ojos grandes y oscuros, observándome, mientras mi cuerpo se encontraba en el Bowling Green Park, sentado, bajo los rayos del sol, en donde experimentaba, dos realidades distintas.
Una, que acaecía frente a mí. Con gente, cielos y edificios existiendo. Otra, que acaecía por medio de la música que salía despedida de los auriculares sobre mis orejas.
Y ahí estaba Sara, con su cabello, su sonrisa y sus grandes ojos, siendo capaces de alterar ambas realidades. Era extraño tenerla ahí, de frente, escuchando su voz, su saludo, ser dirigido hacia mí. Era extraño, como el imán invisible nos atraía. Desde miradas constantes, que lo expresaban todo, a dé manera inesperada, dirigirnos la palabra. Sin conocernos. Sin conocer más que solo nuestros nombres. Me di cuenta que no era el único que percibía aquella conexión emergente entre los dos. No era una casualidad. Cada momento en el que nos habíamos sorprendido, mutuamente, intercambiando miradas, nos habían llevado hacía ese mismo instante. Al instante, en el que por primera vez, intercambiaríamos más que solo una mirada. Al instante, en el que intercambiaríamos palabras.
—Hola, Sara—la saludé de vuelta; segundos mas tarde, proseguí a compartirle uno de mis auriculares, invitándola a ser parte de una de ambas realidades. Invitándola a comunicarnos por medio de la música.
Glass in the park, de Alex Turner, comenzó a darle un sentido al espacio suscitado a nuestros alrededores. La melodía resonaba, siendo parte de las personas subsistiendo, de la fuente ante nuestros ojos, fluyendo y de las flores percibiendo, la calidez emanada por la música y la conexión. Era la primera vez que escuchaba aquella canción. Y me encontraba compartiéndola con Sara. Era como si fuéramos parte de la canción. Parte, de la melodía narrada por notas, acordes y letras con profundo significado.
No pude evitar mirar a Sara. Sentada a un lado mío. Nunca habíamos estado tan cerca. La miraba detenidamente, dándome la libertad, pues estaba seguro de que ella no respondería a aquella mirada. Su delicado perfil, una parte de ella, que atraía a mis pupilas una y otra vez. Era adictivo verla más cerca de lo acostumbrado. Mis ojos se perdían, en medio de la brecha entre la música, la conexión y el perfil del rostro de Sara.
La música termino, sin embargo, la conexión permanecía, abrazándonos. La conversación siguió solo por un fragmento de tiempo. Sara me pidió su listón color n***o, mas habla algo dentro de mí, que me impedía regresárselo. Así que mentí y le dije que lo había perdido. Luego, le regale una de mis pulseras favoritas, la pulsera de perlas grisáceas, para que así, ambos tuviéramos una parte de nosotros, en forma de un ente, que a simple vista parecía ser insignificante. Mas, no lo era.
—¿Qué demonios me esta pasando?—me pregunté, en voz alta, a mí mismo, mientras caminaba por una acera, rodeada de personas, que parecían ir a la misma dirección que yo.
Sentía una sensación agridulce. Ya que, era adictiva la conexión existente con Sara. Sin embargo, tenia miedo de lo que podía llegar a suceder sí dejaba que aquella conexión me embelesara. Había algo en ella, que con anterioridad no me había percatado. Mas, de un momento a otro, algo de la nada había resurgido. Despertando algo que nos atraía, sin quererlo o buscarlo. Y sabia que Sara, también lo notaba.
Estábamos inmersos en algo que no tenia nombre ni respuesta. No sabia que iba a ocurrir y eso era algo que me aterraba. En las relaciones, en el amor, así era. Ya que, no importaba qué tan fuerte podía llegar a ser la conexión entre dos personas, todo seguía siendo inseguro, inestable, ambiguo. Nada era seguro en aquellas situaciones, en donde se involucraba el tema de relaciones amorosas, pues, todo podía pasar, y sinceramente, ¿para qué quería uno estar en una situación insegura, en donde solo te arriesgabas a terminar sufriendo? O peor aun, en dónde probablemente solo terminarías como iniciaste, como llegaste: completamente solo. Entonces, si así era el caso, ¿cuál era el verdadero motivo de enamorarse, de tener una relación? ¿Cuál? Sí era mucho más alta la posibilidad de terminar sufriendo, obligándose a sí mismo, a cargar con un corazón roto de por vida, cuando aquello, pudo haber sido evitado.
Era por eso que odiaba las relaciones amorosas. Por eso me había prometido a mí mismo a nunca tener una, a nunca enamorarme. Pues no le encontraba el sentido a sufrir por diversión. A sufrir solo por sufrir.
Ya sufría lo suficiente como para sufrir por más cosas. No agregaría “ruptura amorosa”, a mi lista interna, de situaciones y traumas del pasado, por las cuales solía lamentarme. Una ruptura amorosa, nunca ocuparía un lugar en mis traumas del ayer. Nunca.
Por eso, me había prometido a mi mismo jamas experimentar un corazón roto. Y lo cumpliría.
Mas, ¿de que manera podía obligarme a mí mismo a no sentir, aquella conexión, así apagando toda clase de emoción dentro de mí?