Capitulo 16 - Sara

1709 Words
Años atras…(octubre del 2011) Sara —Tengo un problema—expresé, sentándome de un salto, frente a la barra, de un restaurante con olor a pancakes de nuez, donde detrás de esta, se encontraba mi hermana Layla, limpiando algunas tazas y cubiertos.  Mi hermana había decidido salirse de la escuela y llevarla en modalidad virtual, para comenzar a trabajar por las mañanas, y algunas veces en las tardes, ya que en los últimos meses, habíamos estado batallando económicamente. Y ella se había ofrecido a ayudar, para ganar un dinero extra. Mi padre, seguía trabajando para la misma empresa de bienes y raíces, sin embargo, ya hacía tiempo, que no le estaba yendo muy bien. Las ganancias eran menos. La inflación subía. Y el dinero que entraba era menos. Fue por eso, que Layla, con tan solo 13 años y medio, había decidido tomar el trabajo, en un restaurante de desayunos, que se hallaba a unas cuadras de la 26 Broadway, cerca de mi escuela, en donde solo se limitaba a limpiar algunos trastes y a hacer el aseo de vez en cuando en la cocina. Admiraba a mi hermana por aquella decisión. Y sin duda, mis padres la amaban más por eso. Como siempre, a pesar de ser la menor del hogar, ella siempre sabía qué hacer y qué decir. Era más inteligente y sabia de lo que se veía. La gente solía creer que Layla era mayor que yo. Y no los culpaba. Pues así parecía serlo. Eramos como el sol y la luna. El día y la noche. El blanco y el n***o. Sin embargo, a pesar de lo distintas que podíamos llegar a ser, siempre nos habíamos llevado bien. Y eso, como hermana mayor, me hacia muy feliz.  Ella siempre estaba ahí para mí. Siempre sabia que decir. Sin importar qué, ella siempre me cuidaba. Tal vez, ella no lo sabia, sin embargo, yo también la cuidaba. Y siempre lo haría.  —Hola hermanita—saludó Layla, lanzando aquella sonrisa que elevaba sus pómulos rosáceos—¿Y ahora en que te metiste? —Creo que me gusta alguien—musite, dejando caer mi cabeza, de un golpe, sobre la fría barra de metal. —¿Qué?—expresó Layla, en tono sorprendido—¿Quién es el afortunado? Espero que no sea un drogadicto de lo peor, eh. —Es peor que eso—respondí, virando mi cabeza hacia donde se hallaba mi hermana—Se llama Zedd, es de mi clase, tiene los ojos verdes y muy buenos gustos musicales—dije, lloriqueando de broma.  —Wow, ¿y cual es tu problema?, ¿por que luces frustrada?, ¿acaso ya le confesaste tu amor y no es mutuo?  —No es eso. —¿Entonces…? —¡También le gusta a Lisa!—exclamé, provocando que las pocas personas que se encontraban en el restaurante, viraran su cabeza y sus miradas hacia a mí.  —Oh no—musito, Layla, que todavía limpiaba algunas tazas y cubiertos—Si que  estas en un problema.  —Ya lo se—respondí—Me siento como la peor amiga del mundo.  —Escucha, te diré dos cosas..—dijo Layla, penetrando su mirada en mi—La primera, debes de olvidar a aquel chico, no puedes permitir, de ningún modo, que eso afecte tu amistad con Lisa.  —Pero..—interrumpí.  —Nada de peros, Sara. Es la verdad. Los chicos vienen y se van, pero las amistades son para siempre—dijo Layla, con la tierna voz, que delataba lo pequeña que realmente era.  —De acuerdo—hice una mueca de fastidio—¿y cuál es la segunda cosa? —No va a ser nada fácil olvidarlo..—dijo Layla, con una pequeña risilla, que junto a sus palabras, altero mi interior. —¡Estupendo! Qué increíbles consejos. Gracias, hermana menor—musite en tono sarcástico.  —Es la verdad, Sara. Es algo lógico. Obviamente vas a batallar en olvidar a aquel chico, pero lo vale, por tu amistad con Lisa.., ¿no lo crees?—expreso Layla. —Si, eso creo—contesté, desanimada.  Mi hermana me había dado el consejo que me temía que me diera. Mas, en mi interior, sabia que Layla tenia razón. Los chicos iban y venían, a diferencia de una amistad verdadera. No podía permitir que un estupido chico afectara mi relación con Lisa. Ademas, ni siquiera sabia si yo le interesaba a Zedd. No tenia caso seguir ahí. Lo mejor era olvidar toda conexión. Por Lisa y por nuestra amistad.  Espere 30 minutos más, a que el turno de mi hermana acabara. Luego, nos dirigimos juntas a nuestro departamento, adentrándonos por las calles, siendo parte del paisaje, la masa constante de personas y el bullicio que se movía de un lado a otro sobre las aceras y las calles ajetreadas de la ciudad.  Finalmente, Layla y yo llegamos al departamento. Mientras subíamos las escaleras de este, para llegar a donde residíamos, pasamos por la puerta de Lisa. La mire fijamente, deseando, que repentinamente, no saliera de esta. Me sentía culpable con Lisa. Ella no sabia de los sentimientos que también podía sentir por Zedd, sin embargo, con el simple hecho de saberlo yo, era más que suficiente. Pensaba que no merecía tener tan buenas amigas. Ya que, yo no estaba siendo una buena amiga.  Layla y yo, seguimos subiendo, hasta llegar a nuestra entrada.  Al entrar al departamento, nos encontramos con mi madre, que se hallaba con una maraña de cabello sobre su cabeza y una sucia bata que no se había quitado por días. Su rostro demacrado y sus manos un tanto sucias de pintura, se hallaban perdidos sobre un lienzo de colores fuertes, que se encontraba frente a sus narices, en el cual, daba constantes pincelazos. La luz era inexistente en esas cuatro paredes. La oscuridad predominaba, haciendo parte de esta a mi madre.  —Hola mamá, ¿cómo estas?—saludó Layla.  Mi madre, no respondió palabra alguna. Layla y yo intercambiamos miradas entre las dos, sin entender, todavía del todo, lo que verdaderamente le pasaba a mi madre. Ya que, desde hace tiempo, nos encontrábamos pasando por una situación con ella, en la que se encontraba en un estado extraño, deprimido, sin vida, donde no salía del departamento. Incluso, habíamos dejado de ir a la iglesia los domingos, cosa que era anormal, pues como era costumbre, siempre habíamos asistido a la misma iglesia que se encontraba a unas cuadras de nuestro departamento. Sin embargo, mi madre ponía cualquier pretexto para no salir a ninguna parte, diciendo que no se sentía muy bien. Mas, tampoco quería ir al doctor, a examinarse. Prefería quedarse en aquel estado turbio, que poco a poco iba transformando a mi madre en alguien irreconocible. No entendíamos el porqué. Ni mi padre. Ni Layla. Mucho menos yo. Solo la veíamos refugiarse en sus pinturas, en sus lienzos, y en su propio arte. No hablaba. No expresaba. Era como si se hallara perdida en el propio mundo, creado en los lienzos que constantemente pincelaba. Era aterrador verla en medio de aquel estado. Pues todo el brillo que solía poseer, la sonrisa bella que dibujaba sobre su terso rostro, la esencia única e inigualable que la caracterizaba, todo eso y mas, habían desaparecido, convirtiéndola en otra persona completamente distinta.  Solo rezábamos para que estuviera bien.  Al no tener respuesta de mi madre, Layla y yo proseguimos a incorporarnos frente a ella, viéndola pintar aquel lienzo, en el cual se hallaba perdida, creando su propio mundo. Siempre nos gusto ver pintar a mi madre. Verla hacer arte. Sin embargo, en aquellos momentos, no sabíamos cómo sentirnos. Ya que, se sentía como si poco a poco, la esencia de mi madre iba desapareciendo, regandose sobre todos los lienzos, cubiertos de figuras, retratos, paisajes y escenas, que contenían un pequeño fragmento de lo que alguna vez, fue mi madre. Era como si nos sentáramos a presenciar, una muerte lenta de la esencia de la mujer que más amábamos en el mundo. ¿Que te pasa, mamá? Claramente no estas bien, pensé en aquel momento, escudriñando de cerca, sus bonitos rasgos, cubiertos por pintura, sudor, poros y ojeras.  Ella seguía pintando y pintando, sobre su propio y nuevo mundo. Me percaté que mi padre aun no llegaba del trabajo.  No me gustaba estar en el departamento, cuando se sentía aquella turbieza, merodeando, poseyendo la verdadera cadencia de mi madre. No me gustaba aquel sentimiento que percibía en esos instantes. No me gustaba el hecho de pensar que mi madre se hallaba sufriendo y que tal vez, nunca volvería a ser la de antes.  —Madre, esa es muy bonita pintura—dije de un momento a otro, interrumpiendo el silencio existente. Sin embargo, tampoco dijo nada. Siguió pintando sobre su pintura, como si no hubiera escuchado absolutamente nada. Sus ojos se veían vacíos, sin emitir ninguna emoción. Era como un robot programado. Como alguien extraño. Alguien diferente. Que sin duda alguna, no era mi madre.  De un momento a otro, dejo de pintar y se dirigió hacia su habitación, mientras susurraba algunas palabras indistinguibles, dejando de tras el lienzo que acababa de pintar, en donde varias manchas de colores se hallaban haciendo formas entre sí.  No sabíamos que era aquello que le sucedía a mi madre. Extrañaba que fuera ella. Extrañaba ver la gama de emociones en sus hermosos ojos. Extrañaba estar entre sus brazos y oler su perfume floral. Extrañaba verla reír a carcajadas, con aquella sonrisa, que yo había sacado de ella. Extrañaba quien solía ser mi madre.  Mi padre había querido darle su espacio, mas empezaba a creer que lo mejor era pedir ayuda, lo mas pronto posible, antes de perder su verdadera esencia para siempre, antes de que fuera demasiado tarde. De alguna manera, queríamos obligarnos a nosotros mismos, a pensar que todo estaba bien, qué dentro de todo, las cosas estaban bajo control. Que simplemente habían sido días pesados u hormonales de mi madre. Que solo seria por un pequeño tiempo y listo, ella volvería a ser quien solía ser. Pero, por mas que queríamos clavarnos aquella idea en la cabeza, era claro que algo no andaba bien..
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD