Sara—En la actualidad (febrero de 2022)
Me desplazaba por las agitadas calles y avenidas, con olores variados, tañidos constantes y cielos pletóricos, que seguían cada paso que yo daba. La canción de Glass in the Park, que había escuchado ser cantada por un músico de calle, en central park, seguía reproduciéndose dentro de mí. Aquellos recuerdos y aquel viaje en el tiempo, seguía dando vueltas en mi cabeza, una y otra vez. A veces deseaba volver a vivir el pasado. Volver a experimentar cada sensación vivida. Volver a ver a ciertas personas, que actualmente ya no se encontraban en mi vida. Volver a ver a Zedd. Volver a cuando mi madre y mi familia estaban bien. Volver al ayer. Volver a ser feliz. Deseaba tantas cosas imposibles de cumplirse. Solo me quedaba recordar. Recordar con exactitud, cada detalle, permitiéndome sentir, permitiéndome subsistir, sobre aquella remembranza, que me hacia estar mas cerca del pasado y de las personas que ya no estaban conmigo.
Un pensamiento sobre mi hermana Layla me invadió. La extrañaba. Hace tiempo que no la veía. Así que, al llegar a mi departamento, decidí llamarla. Lance mis tacones al suelo, mientras me sentaba sobre uno de mis cómodos sillones, en la gigantesca sala con chimenea para leños, que tenia. Mi pequeño gato Mickey, me siguió maullando, incorporándose enseguida de mí.
Le di un sorbo a la copa de vino que sostenía entre mis dedos, mientras sostenía con mi mano derecha, el teléfono, que timbraba en altavoz. Recorrí con mi mirada, los alrededores de mi departamento, dándome cuenta de que espacioso era este. Era un departamento demasiado grande para mí sola. Por un segundo, percibí un dejo de soledad, invadiendo cada parte de mí. El teléfono seguía lanzando un constante tañido, hasta que por fin, mi hermana me contesto.
—¿Hola?—musito la voz distante de Layla en el teléfono.
—Hola hermana. Te extraño—le exprese, sintiendo una ola de emociones avecinando hacia mi, para finalmente ahogarme.
—Ay, Sara. Yo a ti también te extraño—dijo Layla, a través de la distancia y la vía telefónica que nos separaba. Mis ojos se llenaron de lagrimas. A pesar de vivir en la misma ciudad, Layla y yo, no solíamos vernos muy seguido. Cada una siempre se encontraba ocupada en sus propios asuntos. Mas, era increíble ver cómo el tiempo transcurría de manera veloz, como cada segundo que pasaba era un segundo menos, y los recuerdos se iban almacenando, uno por uno, dentro de un baúl añejo en el interior. Era por eso, que no quería dejar pasar otro día sin al menos escuchar la voz de mi hermana. No quería que el tiempo nos consumiera, y llegara un día, en el que nos sorprendiéramos a nosotras mismas, sin un recuerdo reciente de las dos, juntas, riendo, siendo, como en los viejos tiempos—.¿Quieres que vaya para tu departamento? Por casualidad, ando por ese lado de la ciudad—volvió a decir Layla.
—No tienes ni porque preguntármelo—contesté, sonriendo de inmediato—Aquí te espero, hermana.
Una hora después, Layla llego a mi departamento, con galletas de Levain, nuestra panadería favorita, y café n***o con stevia, justo como nos gustaba. Nos vimos con una emoción y una felicidad, que nos hizo abrazarnos de inmediato, compartiendo, entre nosotras, un calor que despedíamos, un olor familiar que se arraigaba en las fosas, expresándome, que Layla era mi hogar.
—¿En donde te habías metido, eh hermanita?—le pregunté, entre risas.
—En el mismo lugar de siempre, es solo que últimamente he tenido mucho trabajo en la estética—repuso Layla, mientras nos sentábamos sobre los sillones de mi sala de estar, alrededor de galletas, café y una pequeña llama de fuego que flameaba sobre la chimenea—Y supongo que tu también haz tenido mucho trabajo, ¿no?
Layla tenia su propio salón de belleza, al que le iba excelentemente bien. Me daba mucho gusto por ella, pues era algo que siempre había soñado, y por lo cual había trabajado duro hasta lograrlo.
Mi hermana seguía siendo la misma noble alma de siempre. Con aquella cadencia noble, aquellos valores y manera tan única de ser, que la caracterizaba. No había cambiado en lo absoluto. Seguía siendo sabia, inteligente, prudente y madura. Seguía sabiendo qué decir y qué hacer en cada situación, con consejos o maneras de ver la vida, que solo ella podía poseer. Seguía irradiando una felicidad en su rostro. Un brillo. Una luz. En sus pupilas. Seguía teniendo sus rasgos perfectamente definidos y unos tiernos pómulos rosáceos que lucían cada vez que ella sonreía. Seguía teniendo aquella cicatriz, a un lado de su ojo izquierdo. Aquella cicatriz, evidente en su rostro, que contaba un suceso de una noche turbia. Que contaba una pelea catastrófica, en la cual fue rodeada por gritos, violencia y la misma muerte, avecinándose hacia ella, para llevársela consigo. Aquella cicatriz, recordándole aquel lúgubre momento para toda su vida. Aquella cicatriz, ocasionada por una alma gélida, fuera de control, que busco dañarla en ese momento. No parecía que había vivido el trauma que le había tocado vivir. Mi hermana era fuerte. Valiente. Hermosa. Y no merecía haber pasado por lo que paso. Ella merecía ser feliz.
—Sara, tengo que decirte algo—dijo Layla, de un momento a otro, con una expresión de emoción en su rostro.
—¿Qué cosa?—pregunté, intrigada—¿A caso voy a ser tía?
—¡No!—exclamó Layla, a compañía de una fuerte risotada—Todavía no…pero..—un breve silencio se extendió. En sus ojos se podía ver la mezcla de sentimientos, que se hallaba invadiendo; dé un instante a otro, escupió sus palabras, inesperadamente:—Me voy a casar—volvió a decir, mostrando un hermoso anillo entre sus dedos.
—¿Qué diablos! ¡En qué momento? ¿Con quién! ¡Por qué apenas me vengo enterando! ¡Qué esta pasando aquí?—exclamaba anonadada, buscando respuestas, sin saber lo que ocurría.
Hace tiempo que no veía a mi hermana. Sin embargo, jamas pese que aquel tiempo había sido suficiente para que Layla conociera a alguien y se comprometiera, así como así. Era extraño. Pues la ultima vez que la había visto, no tenia ningún tipo de relación amorosa. Y en ese momento, ¿resultaba que se iba a casar!
—¡Tranquila, Sara!—dijo Layla, entre rizas—Todo fue muy de la nada.., para mí también es una sorpresa.
—Ya veo que si—respondí, todavía impactada, sin saber qué decir—¿Quién es el chico? No me digas que es alguien, que de la nada, un día conociste, en medio de la calle, y al día siguiente te pidió que te casaras con él—volví a decir, en tono sarcástico.
—No, Sara, créeme que ese no fue el caso—contestó Layla, con una risilla nerviosa. Sus ojos se iluminaron de un momento a otro, tratando de encontrar las palabras adecuadas—Lo conocí en la iglesia.
—Vaya, debí suponerlo—repliqué. A diferencia de mi, Layla siguió asistiendo a la iglesia, aun cuando en el pasado habíamos dejamos de ir, como familia, ella había seguido firme sobre aquellas creencias, que con nuestros padres solíamos seguir, cuando éramos niñas—Pero, ¿como es que no me entere que hablas conocido a alguien?
—No lo sé, Sara. Lo siento—dijo Layla—Supongo que estamos en aquella etapa, en la que nos adentramos a vivir nuestras vidas, olvidándonos de nuestros seres queridos.
—Es una mierda—respondí exasperada—No tiene porque ser así. Yo no quiero que sea así.
—Lo sé, y te prometo que de ahora en adelante ya no será de ese modo—musito mi hermana, tocando con ternura una mis manos—Hagamos el esfuerzo por vernos más seguido.
—Al paso que íbamos, ni me ibas a invitar a tu boda—bromee, un tanto ofendida.
—¡No digas eso! De hecho, quiero que seas mi dama de honor—dijo Layla, transmitiéndome aquella emoción que podía notarse tras su mirar.
—Seria todo un honor—contesté, emocionada, abrazando con fuerza a mi hermana—Solo una cosa, ¿realmente conoces a aquel chico con el que te vas a casar? ¿Si estas cien por ciento segura de tu decisión? No es por impulsividad, ¿cierto?—le pregunté a Layla, un tanto preocupada, por aquella sorpresiva decisión, que sabia que para mi hermana era importante y no quería que, por impulsividad, aquello fuera algo de lo que después se terminara arrepintiendo.
—Sara, ¿desde cuando yo soy la impulsiva aquí?—musito, tiernamente, lanzándome aquella sonrisa característica de Layla—Se que parece una locura, la rapidez en la que las cosas se fueron acomodando, pero créeme que nunca en la vida había estado mas segura de algo. Amo al hombre con el que me voy casar. Es bueno. Amable. Me entiende. Y hay una especie de conexión…
Conexión. Un pensamiento sobre Zedd, invadió abruptamente mi cabeza, desconcentrándome de lo que Layla se encontraba platicándome, acerca de su relación. Me había perdido, en aquella ultima palabra que dijo. Conexión. Aquella palabra, haciendo que el recuerdo de Zedd, se aferrara en mi mente. ¿Por qué de la nada el recuerdo de Zedd me invade? Sencillo. Por la palabra conexión. Aquella palabra, estaba ligada con el nombre de Zedd y su memoria. Zedd había sido el único chico con el que había podido tener una conexión. Una especie de conexión. Que no había experimentado con nadie más. Y ciertamente, no sabia si algún día lograría compartir aquella especie de atracción con alguien más. Ya que al fin de cuentas, la conexión no era algo que podía ser obligada a percibirse, con una persona en especifico. Simplemente, sin hacer o decir nada, se sentía, por medio de tacto, palabras o miradas. La conexión se percibía, abrazando a los individuos en aquel momento. Se percibía, por medio de todos los sentidos sensoriales, atrayendote, directamente, hacia una persona en especifico. Una persona. Una conexión.
—Estoy muy feliz, Sara—dijo Layla, al mismo tiempo que ahuyentaba, yo misma, aquellos pensamientos sobre Zedd y la conexión, así volviendo a la realidad y a lo que mi hermana se encontraba diciendo—Quiero que lo conozcas. Es por eso que para mañana he organizado una cena, con varios amigos, en mi departamento—decía Layla, con una enorme sonrisa y una evidente emoción, que emanaba solo con mirarla. Jamas había visto así a mi hermana—Se que esta un poco lejos de este sector, pero para mi seria increíble que pudieras asistir.
—Ahí estaré—le conteste, devolviéndole la sonrisa.
Me gustaba ver aquella faceta de Layla, enamorada del amor, del sentir, de la conexión, que había logrado experimentar con alguien. Estaba feliz por ella. No me importaba que la noticia de la boda, llegara de la nada. O si acababa de conocer a aquel chico o no. Yo solamente quería verla así. En aquella faceta. Como me encontraba presenciándola en aquel momento. Enamorada. Feliz. A fin de cuentas, sin importar qué, el amor había tocado a su puerta, y ella era sumamente afortunada por tal hecho. Y no solo eso, si no que también era afortunada, por haber encontrado a alguien, con el que podía percibir aquella especie de conexión, que no se solía encontrar fácilmente. Aquella especie de conexión, que hace mucho tiempo atrás, solamente había experimentado una vez en mi vida.
Me alegraba de saber, que mi hermana había podido encontrar a alguien, en donde tanto el amor como la conexión, eran mutuos. Ella se lo merecía. Merecía experimentar aquella mágica conexión. Merecía ser amada. Layla merecía lo mejor. Layla merecía ser feliz. Más que nadie en el mundo.
La noche transcurrió, amenamente, en donde éramos dos hermanas, que disfrutaban de su mutua compañía, conversando por un rato, del trabajo, la vida social y temas de interés, mientras que la llama de fuego en la chimenea, anunciaba su presencia, calentando nuestras pieles y corazones; hasta que de un instante a otro, esta se consumió, dejando cenizas y brazas ardiendo, al mismo tiempo que Layla se atrevió a preguntarme algo, que transformo aquella amena tarde, en una situación incomoda, sacando a relucir un tema el cual yo prefería evadir.
—En algún momento, ¿piensas ir a ver a mamá?—la voz de mi hermana, golpeo con fuerza sobre mí. No supe cómo actuar, ni que cara mostrar. Percibí la manera en la que, en cuestión de segundos, el ambiente se transformo.
—No puedo creerlo—musite, en tono enojado—No entiendo cómo eres capaz de preguntarme algo así.
—Escucha Sara, yo ya fui a verla y ha cambiado mucho—titubeo Layla, mientras se le nublaban los ojos de lagrimas—Me atrevo a decir que su esencia regreso. Es como cuando éramos unas niñas.
No comprendía cómo Layla había sido capaz de ir a visitar a nuestra madre, después de lo que había hecho. Y en especialmente a ella. ¿De dónde había sacado las fuerzas para ir a verla?
—Es que, no lo entiendo—repuse, resistiéndome a no llorar—¿Como pudiste olvidar el pasado e ir a verla, después de lo que te hizo?
—Ya no pienso en eso—respondió Layla, dibujando una sonrisa en su rostro, entre lagrimas acumuladas en sus ojos—Ya la perdone.
Aquellas palabras golpearon fuertemente mi corazón, haciéndome estremecer, percibiendo tanto enojo, indignación y ganas de llorar al mismo tiempo. A causa de la esquizofrenia que padecía, mi madre había sido un monstruo, especialmente con Layla, arruinando su vida, mi vida, y la de mi padre, arruinando nuestras vidas por completo, robándonos de la felicidad, destruyendo lo que alguna vez fue nuestra bonita familia, siendo una mas de las personas que habían pronunciado palabras y promesas falsas, con expresiones de amor que ni siquiera se notaban en sus ojos; al igual que, con prometer una incondicionalidad, que simplemente no pudo ser. Sin embargo, por una razón que no comprendía ni lograría hacerlo, Layla había decidido perdonarla. Pero, ¿cómo?, ¿cómo pudo olvidar el pasado y perdonarla así como así, después de lo que le hizo?
—Quiero que sepas Layla, que si a ti te hace feliz perdonarla, entonces es muy tu problema—expresé, en tono firme—pero, no por eso, ni tu, ni papá, tienen que obligarme a que yo lo haga también. Yo no tengo esa capacidad para perdonar tan fácilmente.
—Pero, Sara, tienes que saber que…
—¡No!—interrumpí de inmediato a Layla—¡Yo jamas voy a perdonar a mamá, porque lo que ella hizo no tiene perdón!
Percibía los acelerados latidos de mi corazón y a mi cuerpo entero, experimentando tantas emociones al mismo tiempo. Pensar en mi madre, en su situación, y en lo ocurrido en aquella turbia noche, me ponían gravemente mal. No podía siquiera soportar la idea de hablar del tema, pues eso involucraba recordarla a ella y aquella noche, en donde nuestras vidas habían cambiaron para siempre.
A consiguiente, Layla se levanto del sillón del cual nos hallábamos y repuso con una voz amable, que ya tenia que retirarse. Lamentablemente, el momento se había tornado extraño. No entendía porque tanto Layla, como mi padre, querían obligarme a hacer algo que era imposible. Me daba rabia. Con ellos. Con mi madre. Con la vida. Conmigo misma.
Mis palabras habían sido ciertas. Yo jamas perdonaría a mi madre. No lo merecía.
Para antes de irse, sobre el umbral de la puerta, Layla me dijo:
—Sara, si yo pude perdonarla, se que tú también puedes. Es solo decidir hacerlo, entender su condición y entender que la verdadera esencia de quien verdaderamente es nuestra madre, jamas hubiera hecho lo que hizo—sus palabras quedaron sobre el umbral, impregnándose alrededor de este, visibles ante mis ojos, para evitar ser disipadas—Espero que puedas ir mañana a la cena en mi departamento—volvió a decir, tras un silencio— Me encantaría verte ahí. Nos vemos, Sara.
Y se marcho, desapareciendo sobre la oscuridad que invadía toda la metrópoli de luces, que brillaban con más intensidad sobre la lobreguez de la noche.
Permanecí inmóvil, observando las palabras de Layla, todavía sobre el umbral, que a consiguiente, estas comenzaron a desplazarse hacia dónde me encontraba, así impregnándose dentro mi, penetrando, con fuerza, en las profundidades del alma.