Layla —En la actualidad.. (febrero del 2022)
Me gustaban los febreros en Nueva York. Caminar por las gélidas aceras, a compañía de la masa de personas con sus abrigos de colores, un viento fresco trayendo consigo una infinidad de olores, los altos edificios cumpliendo su función y el trafico observándonos a nuestro alrededor, en medio de las luces, los tañidos, el frio, que de vez en cuando traía la nieve consigo, y un sin fin de historias de amor sucediendo, en aquel mes del amor y la amistad. Me gustaban los febreros. El clima que acompañaba aquella época del año. El aroma que podía percibirse, alrededor de tanta gente que creía en el amor. Para mí, los febreros eran mas mágicos que otros meses.
Era 12 de febrero, a dos días de San Valentin, y podías notarlo en las calles y en las miradas de la gente. Era mi época favorita. Sin embargo, en aquel instante, mientras caminaba, rumbo al metro, para dirigirme hacia mi departamento, sentía una tristeza que me acompañaba.
Acababa de haber visto a mi hermana, Sara, después de mucho tiempo que no la veía. Amaba a mi hermana con todo mi corazón, sin embargo la vida y los trabajos suceden haciendo todo más rutinario y complicado de salir, socializar o ver a un ser querido. Mas, esa tarde del 12 de febrero, me marco al teléfono, diciendo cuánto me extrañaba. Yo también la extrañaba a ella. No la había visto ni siquiera en navidad. Me hacia falta. Verla. Platicar con ella de la vida. Y compartirle la inesperada noticia, sobre que estaba a punto de casarme. Así que, fui a su departamento, con galletas de Levain Bakery y café n***o con splenda. La mejor combinación del mundo.
Al verla, una emoción nos invadió a ambas. Nos dispusimos a disfrutar de nuestras compañías. Me gustaba estar con ella. Eramos diferentes, pero conectábamos, como dos hermanas que se amaban. Su locura, los comentarios graciosos y la manera libre y profunda en la que podía ver la vida, era una parte que admiraba de ella. Pues yo era todo lo contrario. Era más callada, introvertida y a veces no me lanzaba a la experiencia de vivir, por miedo o inseguridad. Sin embargo, cada persona es distinta y tiene sus propias cualidades. Eso es lo que nos hace ser únicos a todos.
Reíamos, hablando de todo, bromeando y poniéndonos al día, mientras comíamos nuestras galletas favoritas, junto a un fuego que flameaba en la chimenea transmitiendo la calidez que dé esta emanaba, bajo un atardecer gélido de febrero.
—Me voy a casar—le dije a Sara, mientras le enseñaba mi hermosa sortija sobre mi dedo.
Así es. Esa era la noticia que quería compartirle a mi hermana. Me iba a casar, y no podía estar más emocionada por aquel inesperado hecho. Inesperado, por la manera en la que las cosas se dieron, con aquella persona que próximamente, formaría parte de mis días y de mi vida para siempre. Todos se sorprendían de lo rápido que mi prometido y yo, avanzamos, formalizando las cosas, tras poco tiempo de habernos conocido, en la iglesia, a la que asistíamos. Sin embargo, la única explicación, a la forma rápida, en la que se habían acomodado las cosas, era porque estabas muy enamorados, y no queríamos esperar ni un segundo más, a estar juntos para toda la vida. Sentíamos una conexión que nos unía, atrayéndonos, conectando, como si de alguna manera, ya nos hubiéramos conocido tiempo atrás. Era loco. Mas suponía, que eso ocurría tras la existencia de una fuerte conexión mental, física y emocional. Él era todo lo que había soñado. Era el hombre de mis sueños. Y sabia, dentro de mí, que aunque la decisión de casarnos, tras poco tiempo de habernos conocido, podía parecer impulsiva o errónea, en mi interior, era la decisión más segura y correcta, que nunca antes había tomado. Eso era más que suficiente.
Ya moría de ganas de contarle todo a Sara. Y como lo supuse, al ver que yo era feliz, su mirada se lleno de emoción. Fue un momento muy especial con mi hermana mayor.
El tiempo transcurrió, mientras las disfrutrables conversaciones entre dos hermanas, seguían fluyendo, hasta que, de un momento a otro, decidí cambiar el tema abruptamente, desviandome hacia una dirección arriesgada, atreviéndome a preguntarle sobre nuestra madre. Esa fue muy mala idea. El ambiente se puso incomodo. La actitud de Sara cambió. Ya que, aquel tema era algo que a Sara la dolía profundamente. Algo que todavía no había logrado superar. El trauma de lo ocurrido en el pasado, con nuestra madre, había sido mucho más grande para ella, de lo que alguna vez, llego a ser para mí.
A pesar de yo haber sido la mas perjudicada por las acciones que nuestra madre cometió, gracias a Dios y a mi terapeuta, habla logrado salir adelante. Había logrado sanar mis heridas y perdonar a mi madre. No había sido fácil. Sin embargo, sabia que aquella era una decisión que tenia que tomar por mí, para poder tener una paz en mi interior y seguir adelante, sobre el camino trazado, a por mis sueños, metas, y un nuevo capitulo, que estaría lleno de nuevas cosas por vivir.
El perdonar, no era algo fácil. Pero hacia que mi corazón estuviera menos roto de lo que estaba. Hacia que pudiera amar con libertad. Sin cargas. Ni dolor.
Cuando era niña, solíamos ir a la iglesia en familia, ahí había aprendido la importancia de perdonar, aunque nuestro enojo y odio interior, no lo quisiera de esa forma. Sin embargo, perdonar era mostrar ser diferente a las personas que alguna vez nos dañaron. El perdonar era una de las muestras más grandes de amor. Aquella hermosa lección, aprendida en la iglesia, se había quedado en mi corazón, y me la recordaba día con día.
Era por eso que, a pesar de todo, había decidido mostrarle el amor que le sentía a mi madre, por medio del perdón, dejando todo atrás, amándola, respetandola y entendiendo que la verdadera esencia de quien realmente era mi madre, jamas hubiera querido hacernos daño a mi y a mi familia. Entendiendo que ella no era la esquizofrenia que padecía.
La primera vez que fui a visitarla, en el departamento en donde Sara y yo solíamos vivir, fue completamente extraño. Al atravesar aquellas cuatro paredes, las emociones y los recuerdos me invadieron.
Los recuerdos. Podía vernos a mi y a mi hermana de niñas, jugando felizmente, riendo y corriendo por todos lados, al mismo tiempo que el recuerdo de mi madre, en aquella vieja época, riéndose con ternura de mi y de Sara, mientras nos prepara los mejores bocadillos y proseguía a dibujar un retrato de nosotras, sobre lápiz y papel, transmitiendo el amor de una madre, mirándonos, a mi y a mi hermana siendo solamente dos niñas pequeñas que se divertían corriendo por la sala.
Las emociones. Flotando en aquel pequeño apartamento, de lo que alguna vez fue mi hogar. Las emociones del pasado, de aquellas niñas que jugaban y de mi madre radiante, flotando por los mismos sillones viejos, las mismas ventanas, y las mismas molduras del hogar, que seguían existiendo hasta ese día.
La nostalgia me invadía, mientras recordaba y sentía. Y fue ahí, cuando en medio de los recuerdos que se reproducían ahí frente a mis ojos y las emociones del ayer que seguían flotando por la sala, hasta ese día, fueron interrumpidos, cuando mi madre salió de su habitación.
Mi madre, ya no en forma de recuerdo, si no quien era ella, subsistiendo, en medio de ese presente. Su mirada, triste, con un dejo de arrepentimiento y una pizca de amor sobre ellos. Su esencia, volviendo a brillar, nuevamente siendo quién realmente siempre fue. Era ella otra vez. La mujer que vivía en mis recuerdos. La madre que dibujaba retratos de sus dos niñas pequeñas, corriendo por la sala de estar. Era ella. Era ella. Era ella.
No pude evitar soltarme en llanto. Hace tanto tiempo que no la veía, para ser exactos, desde aquel catastrófico día, desde aquella turbia noche en forma de un trauma, que gracias a Dios y a mi terapeuta, ya no estaba ahí, atormentándome.
Se veía tan diferente. Según mi padre me había dicho, mi madre había pasado por un largo camino de tratamientos, medicamentos, terapia, ayuda medica/mental y cuidados. Era por eso, que ahora podía estar mejor. Era por eso, que ahora podía ver su verdadera esencia, siendo, a través de sus delicadas facciones. Era ella otra vez. La mujer que vivía en mis recuerdos. La madre que dibujaba retratos de sus dos niñas pequeñas, corriendo por la sala de estar. Era ella. Era ella. Era ella.
La abrace. La abrace tan fuerte como pude. La abrace después de haber pasado tantos años desde nuestro ultimo abrazo. En los brazos de mi madre, era aquella niña pequeña, que lloraba, desconsoladamente, mostrándole todo el amor que le tenia. El amor en forma de perdón.
—Te amo—dije, entre sus brazos, entre las lagrimas y sollozos invadiéndonos a las dos.
—Perdóname, hija—repetía mi madre una y otra vez—perdóname, perdóname, perdóname..
—Te amo mamá—le decía—Yo ya te perdone. Te amo. Te amo. Te amo.
Mi padre nos divisaba a la distancia, con los ojos cubiertos de lagrimas, lanzándonos una sonrisa de inmersa serenidad.
Y esa fue la primera vez, en la que después de todo el caos vivido, el trauma, la tristeza, y los años transcurridos, nos reencontrábamos nuevamente. La primera vez, después de aquella turbia noche, en la que todo cambio, a causa de la esquizofrenia que llego a tomar el control de quien era mi madre, la primera vez, desde aquel fatídico día, en la que finalmente, podíamos respirar una paz, una nostalgia, un amor y una felicidad que flotaba en la habitación, junto a las emociones del pasado, junto a mi madre y yo abrazándonos y el recuerdo monótono del ayer, todavía acaeciendo, de aquellas dos niñas jugando y su madre mirándolas con amor y ternura.
Decidí atesorar aquel momento, dentro de mí, guardándolo para toda la vida. El pasado había quedado atrás, enterrado, junto a aquella turbia noche, junto a los malos recuerdos, los traumas y el enojo hacia mi madre, que alguna vez acaeció. El amor ganó, superando todo obstáculo, siendo mas poderoso que el pasado y la esquizofrenia de mi madre, logrando una restauración, no solo en el exterior, si no también, en lo más profundo del interior, de lo que alguna vez fue un corazón herido.
El perdonar a mi madre, fue una de las mejores decisiones que pude tomar. Me daba cuenta de la importancia de soltar el pasado, de seguir adelante y de remediar todo con mi madre, con quien, disfrutaba estar, reponiendo todo el tiempo perdido, conviviendo junto a ella y a su esencia. Conviviendo junto a ella y a sus lienzos, que a diferencia de antes, esos sí mostraban panoramas llenos de color y alegría. Aquel color y alegría, era lo que sentía cada vez que pasaba tiempo con mi madre.
Dentro de mí, deseaba que Sara también experimentara ese mismo color y alegría. Deseaba que, al igual que yo, Sara también decidiera perdonar a mi madre, soltando toda carga del pasado, juntando aquellas piezas sueltas de su corazón, volviendo a construirlo, poco a poco. Mas, sabia que su odio y enojo eran tanto, que seria difícil que aquello pasara. Mi madre anhelaba ver a Sara. Anhelaba que ella también la perdonara. Sin embargo, también la conocía muy bien. Y al igual que yo, estaba consiente de que aquello era un tanto imposible. Me dolía ese hecho. Me dolía pensar en cómo se podía llegar a sentir mi madre. En cómo se podía llegar a sentir Sara.
Era 12 de febrero, a dos días de san Valentin, y podías notarlo en las calles y en las miradas de la gente. Yo seguía caminando, absorta en aquellos pensamientos, que me seguían junto a una tristeza consigo. Absorta en lo que acababa de ocurrir. En la visita a Sara y en su reacción al preguntarle sobre cuándo iría a visitar a nuestra madre. Absorta en el recuerdo de mi madre y en lo sanador que había sido para mí decidir perdonarla. Solo me gustaría que Sara pudiera experimentar lo mismo que yo, pensé, reproduciendo la serie de cavilaciones sobre Sara, mi madre, su esquizofrenia, lo ocurrido, y en lo mucho que deseaba una reconciliación. Sin embargo, si a Sara no le nacía perdonar a mi madre, entonces no había nada mas por hacer, mas que aceptar y respetar su decisión. Y de alguna manera, después de todo lo ocurrido, podía entenderse.