Layla- actualidad (febrero del 2022)
Me encontraba en el metro, siendo transportada por aquel medio que avanzaba, velozmente, sobre las vías, que se hallaban dispersas en toda la extensa ciudad, mientras paraba seguido, en algún punto de la metrópoli, en donde nuevos pasajeros entraban, otros salían y así sucesivamente.
La tranquilidad se discernía, en el silencioso vagón en movimiento, en donde solamente se escuchaba el tañido de las vías y del mismo medio desplazándose, lanzando un constante ruido. Las personas a mi alrededor se encontraban viviendo sus diversas vidas. Todos con caras de extraños. Todos pensando en algo distinto. Rostros cansados del día. Rostros perdidos en sus pensamientos. Rostros tristes. Rostros despiertos. Personas en el teléfono. Personas durmiendo. Personas leyendo. Personas mirando hacia un punto fijo, distraídos, en sus asuntos, trayectos y cavilaciones.
Me gustaba transportarme en el metro y presenciar diferentes rostros, que nunca antes había visto. Me gustaba imaginar lo que las personas pensaban, sus vidas y quién eran ellos realmente. Me gustaba perderme por unos segundos de la realidad de allá afuera, mientras un puñado de gente, me acompañaba a través de mis trayectos, día con día.
Vivía en Brooklyn, al otro lado de Manhattan, lejos de donde vivía Sara. Mi departamento era un tanto pequeño, dentro del pintoresco barrio de DUMBO, en el que residía. Me gustaba vivir en DUMBO, encontrándome rodeada por la modernidad, los edificios de ladrillos rojos, las calles adoquinadas y diversos almacenes restaurados, en donde se hallaban, fabricas, comercios, boutiques o restaurantes. Tal vez, yo no tenia la misma vida de ensueño que mi hermana tenia, viviendo en el Upper East Side, sin embargo, amaba residir en aquel alegre barrio de Brooklyn, el cual lograbas recorrer completo caminando, disfrutando de sus estructuras, conocidos lugares, y recónditos sitios famosos, donde podías tomarte típicas fotografías y disfrutar de las vistas; como dentro de la calle Washington, en donde en el fondo, podía apreciarse encuadrado entre los edificios, el puente de Manhattan, luciendo así aquella típica imagen, que mostraba una pequeña parte de lo que era DUMBO, en su máxima expresión. También, a unos pasos cerca de ahí, cruzando Plymouth St, se hallaba el Main Street Park, un parque conocido, que mostraba distintas caras de Nueva York, con una espectacular vista al puente de Brooklyn y los rascacielos anunciando su presencia.
Por eso y muchas cosas más amaba vivir en DUMBO. Por sus cientos de sitios únicos, fotogénicos. Por la comida y los restaurantes deliciosos en cada esquina. Y por las personas, alegres, despreocupadas de la vida, que eran parte de la esencia de aquel emblemático barrio, que era mi hogar.
Mi departamento se encontraba en la 133 Water Street, a unas cuadras cerca de donde estaba el salón de belleza, en el que trabajaba, y no solo eso, si no que ademas, el local era mío, gracias a todo el trabajo y el esfuerzo, que había aportado, logrando cumplir mi sueño de tener un salón de belleza propio, el cual sacaba adelante, día con día. Gracias al cielo, me iba muy bien. Era mi propio negocio y ganaba lo que necesitaba, haciendo lo que mas me gustaba.
Cansada por el ajetreado día, me dispuse a colocarme la pijama y a lavarme la cara. Me mire por el espejo. Mis pronunciados pómulos. Mis ojos, lucían un tanto agotados. El contorno de mi rostro. Y a diferencia de Sara, yo no tenia la sonrisa de mi madre. Tenia la de mi padre. Luego, observe la cicatriz que se hallaba a un lado de mi ojo izquierdo. La cicatriz que me recordaba la noche turbia. La noche. En la que la esquizofrenia de mi madre se dio a conocer, de la peor manera posible. Aquella noche, que con solo recordarla, me provocaba un escalofrío y un muy mal sabor de boca. Había logrado superar aquel trauma. Había logrado perdonar a mi madre. Sin embargo, ese recuerdo siempre quedaría, existiendo, en algún lugar de mi cabeza.
Clavé mi mirar, en el espejo, hacia mis propios ojos, escudriñándolos perdidamente, como si tratara de ver mis recuerdos sobre estos. Y así fue. Divise ahí, sobre mis propias pupilas un recuerdo añejo, que se reproducía, tan real, sucediendo, sobre las profundidades de mi lóbrega mirada. Una versíon mía. A los 13 años de edad. Existiendo. Siendo.
Aquel recuerdo se reproducía, una y otra vez, sobre mis pupilas. Solamente me dispuse a presenciar aquel recuerdo.
Años atrás (noviembre del 2011)
Salía exhausta, todas las tardes, de aquel restaurante en el que solía trabajar, para ganar un dinero extra, que mi familia necesitaba. Siempre me gusto ayudar. En especial, si se trataba de las personas que mas amaba. Y cuando mas lo necesitábamos, pude conseguir un pequeño trabajo en el restaurante de los padres de mi amiga Liz, de toda la vida. Gracias a que ella les comentó mi situación y justo ellos necesitaban a alguien que los ayudara con la limpieza del local. Así que, tuve que comenzar un programa de escuela en internet, para poder manejar mis estudios y el trabajo, al mismo tiempo. Mis padres me decían que no era necesario que cambiara todo por ellos. Sin embargo, ¿cómo iba a estar bien sabiendo que necesitaban ayuda económicamente y yo podía ayudarlos con solamente unas horas de trabajo? Tuve que hacer algo. Y no me quejaba.
Me gustaba llegar al restaurante, todas las mañanas, a muy buena hora, poner el café, la música y comenzar a alistar todo, limpiando y acomodando, para cuando los comensales empezaran a llegar. Era parte de mi rutina. Me gustaba mi rutina. Pues mis jefes, que eran los padres de amiga, me trataban bien, el ambiente era agradable, con olor a panecillos recién salidos del horno y la paga tampoco era mala.
Lo único malo es que casi no tenia vida social, pues cuando llegaba del trabajo, me ponía al corriente con la escuela. Y así se me iban los días. Mas, de vez en cuando, mi hermana Sara, llegaba de imprevisto al restaurante, para hablar o ver como estaba; al igual que mi amiga Liz, hija de mis jefes, solía aparecerse de vez en cuando para hacerme compañía. Esa era mi vida prácticamente. Tranquila. Serena. Feliz. Y estaba bien con eso.
Sin embargo, de un momento a otro, la tranquilidad, la serenidad y la felicidad, empezaron a desvanecerse, poco a poco, mientras los días pasaban.
Para ser exactos, una tarde de noviembre, suscito el inicio de la peor noche de mi vida. Como todas las tardes, había salido de trabajar de aquel restaurante. Me dirigí, caminando hacia mi departamento, mientras sostenía un paraguas sobre mi mano, percibiendo la lluvia caer, envolviendo cada ente y ser, a su paso. El olor a tierra mojada acrecentaba y el sonido de las gotas, repiqueteaban en los techos de la arquitectura dispersa a mi alrededor. No me gustaba la lluvia. Ya que, todo por alguna razón, lucia más triste, bajo la constante llovizna y el cielo grisáceo.
Finalmente llegue a mi departamento, en el que la penumbra lo cubría. Todo estaba muy oscuro. Solo se divisaba la nítida luz del exterior, colándose por las persianas, iluminando un pequeño fragmento, en donde se hallaba la sala y los sillones, en los cuales, el cuerpo de mi madre reposaba, acostada, durmiendo profundamente, en medio de aquella oscuridad, el ruido de la lluvia cayendo y el nítido rayo de luz que se filtraba tímidamente.
Últimamente, mi madre parecía otra persona. Era distinta, en todos los aspectos. En su trato, su manera de ser e incluso de hablar. Su mirada era gélida y sus movimientos también. Lucía triste, con un rostro demacrado y perdido. No salía de casa. Solo se quedaba pintando sobre sus lienzos, sin emitir ni una sola palabra.
Mi padre solo nos había dicho, a mí y a Sara, que le diéramos tiempo, que no nos entrometiéramos. Sin embargo, algo dentro de mí me decía que las cosas no estaban bien. Que muy dentro de ella, su corazón sufría. Y podía verlo. Con el simple hecho, de que ya no era la misma. Su esencia, su cadencia, sus colores, todo lo que la hacían ser ella, ya no estaban más. Y me dolía. Me dolía aquel hecho. Quería ayudarla. Pero, ¿cómo?
Mientras mi madre seguía profundamente dormida, divise el ultimo lienzo sobre el que había pintado, tratando de encontrar alguna respuesta, sobre las pinturas de colores que mi madre realizaba, como si de alguna manera, fuera a encontrar sus pensamientos transmitidos en el lienzo. Sin embargo, al mirar bien la pintura, me percaté que esta no tenia forma. Mi madre siempre había hecho paisajes, rostros, objetos en especifico, y formas que tenían un significado mas profundo, inundadas de color. Mas, aquella pintura que se hallaba frente a mí, era un completo caos. Parecía como si una niña pequeña hubiera regado pintura de colores oscuros, sobre aquel lienzo. Aquello, no era una pintura. Ni una forma abstracta, con un significado mas allá. Ni nada por el estilo. Aquello era una abominación que se burlaba del arte mismo de mi madre. ¿Qué quisiste trasmitir?, me pregunte. Quería encontrar respuestas en aquellas enormes manchas oscuras, que con solo mirarlas aterraban.
Proseguí a buscar más pinturas que recientemente había hecho. Y mientras buscaba y buscaba, sobre los lienzos regados en el suelo, me encontré con algo que me dejo helada. Más pinturas que eran un caos, con manchas oscuras y rojas, sin representar algo en sí. Eran demasiadas. ¿Qué significaban? Esto no era obra de mi madre. Ninguna de aquellas pinturas lo eran. Su arte. Su esencia. Eran otras. Ella era otra.
Me quede anonadada, sintiendo un pánico en mi interior. ¿Quién era aquella mujer que dormía en la sala, pretendiendo ser mi madre? ¿Dónde estaba la artista que solía plasmar cualquier cosa sobre sus lienzos, convirtiéndolo en arte? ¿Qué significaban aquellas horribles manchas y formas oscuras, que pintaba constantemente sobre sus lienzos?
Un miedo se apoderó de mí. Me comencé a preocupar más por mi madre. Algo ocurría. Algo le ocurría. Tenia que hacer algo. Antes de que fuera demasiado tarde…
Aquel día lluvioso de noviembre, fue solo el indicio, de lo que ocurriría después. El inicio de la turbia noche, que lo cambiaria absolutamente todo.