Capitulo 1- Sara

3781 Words
Sara  ¿Que significa cada vez que alguien te dice: siempre voy a estar para ti? ¿Qué significan aquellas palabras que parecen simples, pero que pueden penetrar, dejando su huella en lo mas profundo del corazón? ¿Qué significan? Siempre voy a estar para ti. Una frase cliché, que a lo largo de nuestras vidas, han pronunciado una y otra vez, con el fin de demostrar un aparente apoyo. Es una forma de demostrar aprecio y cariño hacia alguien. Sin embargo, con el paso del tiempo, aquellas palabras se han vuelto vacías, sin profundidad alguna. Se han vuelto monótonas, y hasta cierto punto, se han vuelto parte de un dialogo programado, dentro de nuestro dialecto, para expresar, una incondicional compañía hacia las personas que nos rodean.  A lo largo de mi vida, el siempre voy a estar para ti, se convirtió en una simple frase, a la cual, le perdí la profundidad, olvidando por completo su verdadero significado. Lamentablemente esto también ocurre con frases como: Te amo, ¿como estas?, eres especial, gracias… Estas son palabras, que cargan con tanta belleza, con tanto significado, pero que al igual que él siempre voy a estar para ti, la mayoría de las veces, se han expresando en momentos equivocados, sin sentir aquella carga de emociones. Aquella carga de felicidad. Gratitud. Sin sentir, aquel peso qué emana de cada vocal. Aquel peso, aquel sentimiento, que va de la mano de cada una de estas maravillosas palabras. La mayoría de las veces, se han expresado, sin sentirlas en lo absoluto. Y es triste. Triste normalizar palabras con tanto valor. Triste expresar sin sentir. Es triste.  Recientemente, me di cuenta de esta problemática, mientras lloraba desconsoladamente, en medio de una madrugada lóbrega, en donde analizando pequeños detalles, de pequeños sucesos, comprendí mi error, al haber dicho tantas veces te amo, cuando verdaderamente no lo sentía. Al haber expresando un gracias, cuando en realidad, no sentía ninguna pizca de gratitud. Comprendí mi error, al haber recordado todas esas ocasiones, en las que había formulado la frase: siempre voy a estar para ti. Y no era verdad. No había estado para aquella persona. No había sentido el peso de cada una de esas palabras, recorriendo todo mi ser, alborotando mi corazón, afirmándolas dentro de mí, una y otra vez.  Fue ahí, en medio de aquella madrugada lóbrega, cuando supe el error que las personas habían estado cometiendo, el horrible error que yo había estado cometiendo, el horrible y común error que habíamos estado cometiendo todos como seres humanos, al haber expresado esas palabras sin verdaderamente haber tenido la intención de expresarlas. Sin verdaderamente haberlas sentido en lo absoluto. Finalmente, llegue a una conclusión, diciéndome para sí, que a la próxima vez, solo expresaría aquellas palabras, al momento de verdaderamente sentirlas, recorriendo cada parte de mi. Al momento de verdaderamente encontrar a alguien que al igual que yo, exprese dichas frases con intencionalidad y no por monotonía.  Y fue en ese instante, cuando una oleada de recuerdos me atrapó, recordando cada momento de mi vida, en donde esas palabras se hacían presentes, en medio de un recuerdo, el cual, ahora solo era una reminiscencia proyectada en mi cabeza.  De un momento a otro, mientras la oscuridad me envolvía, bajo una noche larga, cubierta de intensas emociones abrazándome, me descubrí viajando al pasado. Mis pies se encontraban en el presente, sobre el suelo frio de mi habitación, sin embargo, mi cabeza, mi alma y mis memorias, daban vueltas, transportándose hacia los instantes del ayer. Ahí estaba yo, recordando, volviendo a vivir, volviendo a sentir…   Años atras… Siempre había sido una niña soñadora. Desde que tenia uso de razón, solía soñar, imaginar e idealizar, un pequeño mundo, el cual era irreal. Nubes densas, en forma de algodón de azúcar. Edificios pintorescos con colores inexistentes. Personas alegres, que eran amigables con todos a su alrededor. Animales que hablaban. Y columpios que se elevaban tan alto, así alcanzando las deliciosas nubes sabor a azúcar. Idealizaba. Creaba. Viviéndolo, tan real como mis cinco sentidos me lo permitiesen.  Desde mis cinco años de edad, solía usar unas botas color amarillas, las cuales se encontraban repletas de pegatinas de arcoíris y caritas felices. Eran botas un tanto feas. Sin embargo, yo las amaba con toda mi alma. No me quitaba mis botas por nada del mundo. Sentía que con esas botas, era invencible. Era una parte de mi. Una parte, del alma de una niña de cinco años de edad.  Vivía en la ciudad de Nueva York, en un pequeño apartamento, en la 71 Broadway, donde al asomarse a la ventana, se podía ver una hermosa vista de altos edificios que se levantaban, adorando los cielos, con sus texturas, luces y colores. La pequeña parte de la metrópoli se apreciaba subsistiendo, los autos y los puñados de personas, desplazándose de un lugar a otro, luciendo diminutos desde mi ventana, a la altura en la que me encontraba. Me gustaba imaginar escenarios, en aquella pintoresca vista, de altos rascacielos. Amaba vivir en la ciudad, no me importaba lo enorme que podía lucir, ante la realidad y los ojos de una niña pequeña. Amaba perderme en las hermosas vistas, con diferentes cielos, que podían divisarse desde mi ventana. No me importaba si la metrópoli misma solía ser un tanto ruidosa, o si el ajetreo de todos los días era comúnmente monótono y constante. Amaba vivir en la ciudad, en donde la gente solía decir, que los sueños se hacían realidad. Y sí, verdaderamente creía que así lo era.  Crecí con dos padres que se amaban. Mi padre cargaba la determinación en sus hombros. Era alto, alegre, con unos ojos color miel, que había sacado de él. Parecía algo cansado. Por lo general, se la mantenía fuera de casa, trabajando todo el día, en una oficina que se encontraba cerca de nuestro apartamento. Mi madre decía que todo el esfuerzo y las ganas que mi padre aportaba, trabajando por horas, era por nosotras, por darnos la mejor vida que pudiéramos tener. Y eso, era algo que admiraba de él. Me encantaba pasar tiempo con mi padre. Solíamos salir a pasear por las tardes, los fines de semana, yendo a The Battery Park, un parque de arboles frondosos, que se hallaba cerca de nuestro apartamento y del puerto, donde a lo lejos, podía apreciarse la famosa estatua de la libertad. En aquel parque, nos gustaba recorrer los jardines, apreciando la naturaleza, los interesantes memoriales y monumentos históricos y los bellísimos paisajes que se percibían a nuestros alrededores. También, nos gustaba recoger plantitas de todo tipo, flores u hojas silvestres, que se hallaban por ahí, con el objetivo de coleccionarlas, como un recordatorio de lo que la naturaleza misma nos regala día con día. Eso era algo divertido para mí. Los edificios lucían, contorneando las alturas color azul cielo, mientras que, al mismo tiempo, se apreciaban las aguas, del rio Hudson, que nos separaban de las pequeñas islas a lo lejos. Solíamos sentarnos, en una de las bancas, con dirección al rio Hudson, viendo las pequeñas islas, los botes, Nueva Jersey y la estatua de la libertad, a lo lejos. En ocasiones, nuestras conversaciones giraban entorno a las millones de preguntas con o sin sentido, que le hacia a mi padre.  Papa, ¿por qué el mar es azul? ¿Qué es lo que más te gusta de vivir en Nueva York? ¿Quién construyo la estatua de la libertad? ¿Por qué la estatua de la libertad se llama estatua de la libertad? Papi, ¿qué son esas estatuas llamadas memoriales? ¿Crees que podamos venir a este parque todos los días? ¿Por que no?  Mas, la mayoría de las veces, solamente nos delimitábamos a permanecer callados. Mi padre, me había enseñado a disfrutar del silencio, y a escuchar atentamente, lo que este tal vez quería decirme, a través de palabras inaudibles. Me encantaba pasar aquel momento con él, donde juntos construíamos esas pequeñas memorias, disfrutando del paisaje, de la naturaleza y del silencio.  Mi madre era la mejor madre de todas. Fuerte. Hermosa. Llena de vida. La gente decía que yo tenia su sonrisa en mi rostro. Amaba escuchar aquel cumplido. Ella solía estar siempre en el departamento, haciendo el aseo y cocinando para nosotros. Mi madre era una persona sumamente artística, que dibujaba rostros y pintaba hermosos cuadros con pinturas excepcionales. Mi padre siempre trataba de animarla para que se desarrollara mas en aquel ámbito, dando a conocer sus pinturas en una exposición de arte, sin embargo, ella siempre se rehusaba. Y no entendía el por qué. Desde pequeña, me gustaba conversar con ella, haciéndole preguntas que solo ella podía responder. Me gustaba que me leyera historias, animándome a seguir soñando con el mundo perfecto, el cual yo solía crear con mi imaginación. De alguna manera sentía que ella podía ver aquel pequeño mundo irreal, de edificios de colores inexistentes. Sentía que ella podía entenderme a la perfección. También, creía que mi madre tenia las respuestas a todos los misterios de la vida. Era increíblemente sabia e invencible para mí. Pero supongo que así es la madre de todos cuando somos apenas unos niños. Lo que mas me gustaba hacer con mi madre, era que me enseñara a dibujar. Dibujar sobre una simple hoja de papel, o sobre un lienzo, trazando con cientos de hermosos colores tan nítidamente reales. Era como expresar sentimientos o un mensaje en concreto, a través de formas, gamas y tonalidades. Intentaba seguirle el paso a mi madre, cada vez que dibujábamos juntas, sin embargo, sin importar la edad que yo tuviera o sin importar con quién se le comparara, nadie lo hacia mejor que ella. Mi anhelo, era ver algún día una de las hermosas pinturas de mi madre, en alguna exposición reconocida de arte o en un museo de Nueva York. De alguna manera, sentía que mi anhelo, tarde que temprano, se cumpliría.  Crecí con una hermana menor. Era alegre. Unica. Diferente a mí, en todos los aspectos, sin embargo, ayudaba a colorear mis días, con sus propia paleta de colores. Las dos nos complementábamos. Era mi compañera en todo lo que hacíamos. Jugábamos juntas, veíamos la televisión juntas, observábamos pintar a mi madre juntas, veíamos el hermoso paisaje de la ciudad juntas, todo juntas. Eramos muy unidas. A pesar de que mi hermana era un año menor que yo, su distinta manera de ver la vida, me ayudaba a entrar en razón, en medio de situaciones, en donde para mí no existía la razón. Y eso ocurrió, desde temprana edad, quedándose así para siempre.  Recuerdo una ocasión, en donde mi familia y yo, nos encontrábamos en un super mercado. Tenia tantas ganas de un dulce, así que lo tome, sin decirle nada a mis padres. Estaba a punto de salir de la tienda, sin haber pagado el dulce, hasta que Layla, mi pequeña hermana menor, me lanzo una mirada, que dijo por sí sola, lo que quería expresar. Supe lo que no tenia qué hacer. Supe, que estaba dando un mal ejemplo como hermana mayor, al tomar el dulce con intención de probármelo; así que, deje el dulce. Luego, mas tarde, le agradecí a mi hermana, por haberme guiado a lo que tenia que hacer, a lo correcto, con tan solo una mirada. A partir de ahí, supe que podía contar con ella. Supe que sus consejos serian oro. Que ella siempre vería por mí, pero también por el bien común en general. Y eso era bueno. Desde ese momento supe que, ademas de ser mi hermana, Layla seria mi confidente. Mi conejera. Mi amiga.  Layla y yo experimentamos las mejores aventuras, idealizadas por la extensa imaginación que poseía en aquellos momentos, en donde nos toco enfrentarnos a dragones, convertíamos en super estrellas, o viajar por todo el mundo, en el sillón de nuestra sala.  A esa edad, solía creer que la vida era así de fácil y perfecta. Incluso, llegue a creer que era mejor que aquel pequeño mundo, que solía idealizar, con animales que hablaban y columpios que tocaban las nubes de algodón. Mas, dicen que crecer duele. Y yo lo fui comprobando con el paso de los años.  Mi primer día del jardín de niños fue todo un caos. Estaba acostumbrada a estar prácticamente todo el día en el departamento con mi madre y mi hermana, mientras mi padre se iba al trabajo. Mis días eran así de fáciles, como despertar, comer, jugar, volver a comer, volver a dormir, volver a despertar, volver a jugar, para finalmente volver a comer y luego dormir. Era la vida perfecta. Sin embargo, un día todo cambio. Mi madre me dijo que era hora de asistir al jardín de niños. Así que, comencé a levantarme mas temprano de lo usual, alistándome, poniéndome mis botas amarillas con pegatinas, y dirigiéndome a pie, tomada de la mano de mi madre, hacia un pequeño edifico, con decorativos infantiles, donde unas señoras, extremadamente felices, me recibían, saludándome con una falsedad que hasta yo a edad edad percibía. Luego, mi madre se iba, despidiéndose con un rostro de preocupación, nostalgia y felicidad, mezcladas, en ese mismo orden. Y yo, conteniendo un mar de lagrimas, sintiéndome fuera de lugar, proseguía a enfrentarme con el mismo infierno. Un infierno en donde se encontraban niños de mi edad. Sin embargo, nadie era mi amigo en ese feo lugar. En pocas palabras, no encajaba. Los niños eran crueles conmigo. Y no entendía cómo existían niños tan crueles a esa edad. —No te preocupes hija, lograras hacer amigos—recordaba una y otra vez, las palabras de mi madre, antes de salir de casa. Y una y otra vez, volvía a creerle. Sin embargo, como todos los días, horas mas tarde, me encontraba llorando, con arena calando sobre mis ojos, causándome un inexplicable ardor, mientras que al mismo tiempo había lodo haciendo juego a mis prendas de ropa.  —Odio la escuela—le berreaba a mi madre—¡No quiero volver!  Y si. Verdaderamente no quería volver a ese tipo de infierno llamado: jardín de niños, donde la razón por la que me molestaban era por el simple hecho de llevar mis botas amarillas con pegatinas por todos lados. Por alguna razón que no lograba comprender, a los cinco años de edad, tenia que ir obligatoriamente a la escuela, y según mi madre, así seria por un largo tiempo. —Sara—me dijo mi madre—solo es cuestión de días. Sé que lograras encajar y finalmente tendrás muchos amigos. Créeme.  —No, mamá. Nadie en mi escuela me entiende. Se burlan de mis botas, no ven lo que yo veo en ellas, y eso no hará que me las quite, así que, ¡nunca tendré amigos!  —No tienes que encontrar a alguien que le gusten tus botas. Lo importante es encontrar una amistad que te quiera tal cual eres, sin importar sus gustos o lo diferentes que pueden llegar a ser entre ustedes—dijo mi madre, acariciando mi cabello castaño—Por ejemplo, con Layla. Es diferente a ti y cuando juegan, logran divertirse.  —Pero Layla es mi hermana. ¡Es diferente! —No, no lo es. No lograba entender lo que mi madre quería que entendiera. No comprendía cómo podía tener una amistad que no compartiera mi gusto por mis adoradas botas amarillas, si era esa la razón por la que no lograba hacer amigos.  Con el paso de los días, así fue. A pesar de ser tan diferente y llena de miedos, en tan corta edad, finalmente, logre hacer una amiga, mientras me encontraba almorzando sola, lejos de donde estaban todos los demás niños jugando. —Hola—dijo, una pequeña niña de cabello rojizo—Me llamo Clara y también pienso que tus botas son algo extrañas. Luego, se sentó a mi lado.  Comprendí, con tan solo cinco años de edad, que a al igual que los otros niños, a Clara no le gustaba mi calzado, sin embargo, Clara no se sentaba a mi lado por ser fan de mis llamativas botas, si no todo lo contrario. Comprendí, que el ser tan diferentes, una de la otra, era lo que realmente nos unía. El ser amigas no significaba qué nos gustara lo mismo. Recordé a que se refería mi madre, sobre no tener obligatoriamente en mi vida, una amistad, con los mismos gustos que yo tenia. Esa fue una gran lección que aprendí.  A partir de ese día, Clara y yo nos hicimos grandes amigas. Todos los viernes, después del jardín de niños, mi madre iba a recogerme, y Clara eolia irse conmigo, para jugar en mi departamento. También, había ocasiones en las que yo me iba con ella y su madre. Vivimos muy cerca la una de la otra, prácticamente en el mismo sector de la ciudad. Así que, por esa razón, era muy fácil vernos muy a menudo, después de la escuela. Horneábamos pastelillos y jugábamos a ser espías secretos. Aquella rutina formo parte de nuestra vidas por años. También, solía verla los domingos en la iglesia, en donde después del servicio, nuestros padres se reunían a comer. ¡Nuestras familias también eran amigas! Eso era increíble para dos niñas de 7 años de edad. Eramos inseparables. Era mi mejor amiga. Mi primera mejor amiga.  Clara fue la primera persona que me dijo un: siempre estaré para ti.  Aun lo recuerdo como si hubiera sido ayer.  Un domingo por la tarde, después de la iglesia, nos encontrábamos en una de las comidas familiares, en casa de Clara. Mis padres conversaban con los suyos, de temas los cuales nunca prestábamos atención. Clara tenia un hermano mayor, dos años más grande que nosotras. Su nombre era Emilio. Emilio era el niño más atractivo que mis ojos habían presenciado. Su cabello oscuro. Su perfecto rostro simétrico. Había algo en él, que me hacia querer mirarlo por horas.  —¿Te gusta mi hermano?—me pregunto Clara, mientras observaba a Emilio, que jugaba videojuegos en la sala.  —¿Gustar? ¿Qué? ¿A que te refieres…?  —Si, Sara. Creo que ya estamos lo suficientemente grandes como para saber que significa que te guste alguien—repuso Clara. —No se a que te refieres, Clara—negué.  —No mientas, Sara. Cuando te gusta alguien, sientes mariposas en el estomago. —Entonces, ¿estas preguntando si siento mariposas en el estomago cuando veo a tu hermano? —Exacto.  Si, si las sentía, volando dentro de mí. Era un sentimiento de lo más extraño. Un sentimiento nunca antes experimentado. Me gustaba. Me gustaba sentir mariposas en el estomago. Sin embargo, al mismo tiempo, me aterraba. —No. Te equivocas—mentí—Sin ofender, pero tu hermano me da asco.  —Emilio, ¿escuchaste eso? A Sara le das asco—le dijo Clara a Emilio, haciendo que me sonrojara.  Emilio no expresó nada. Siguió jugando a su videojuego tranquilamente. —¡Clara!—exclame avergonzada. —¿Qué! A mi no me mientas Sara. Te mueres por darle un beso a mi hermano—dijo Clara de manera divertida, mientras corría por toda la casa.   —¡Ya basta!—exprese, un tanto molesta, persiguiendo a Clara.  De un momento a otro, nos encontrábamos donde estaban nuestros padres, conversando de temas sin importancia. Sin embargo, un frase resonó tanto en mis oídos, como en los de Clara, dejándonos en estado de shock. —Nos mudaremos la próxima semana—repuso la madre de Clara.  Eso significaba el fin de mi amistad con Clara. Me había costado tanto tener una amiga, y cuando por fin la tenia, ahora ella se mudaría a otra ciudad. Teníamos solamente siete cortos años de edad. Sin embargo, sabíamos lo que ocurriría los próximos días.  —No quiero que Clara se vaya, ¿por qué tiene que irse?—le lloriqueaba a mi madre, abrazándola con fuerza.  —Escucha Sara, hay cosas que tú todavía no entiendes. Pero la gente se va y aveces es imposible evitar que se vayan—dijo mi madre. —¿Pero por qué? ¿Por qué la gente tiene que irse? Nada parecía tener sentido. No entendía porque la gente llegaba a nuestras vidas para luego desaparecer así como así. Mi madre me consolaba, tratando de que yo pudiera entender la realidad de las cosas. Mas era imposible. Y no por mi corta edad. Si no porque más que nada, estaba en la etapa de mis primeras veces. Mi primer amiga. Mi primera despedida. Mi primer corazón roto.  Finalmente, llego el día. Un día borroso en mi memoria. El día en el que Clara se iría a vivir a otra ciudad, junto a su familia y su encantador hermano Emilio.  Mis padres y yo habíamos ido a despedirnos de ellos.  Clara lloraba, al igual que yo, sin poder pronunciar palabra alguna, hasta que finalmente, ella interrumpió el silencio: —Siempre serás mi mejor amiga, Sara.  —Ten—exprese, mientras me quitaba, de los pies, mis preciadas botas amarillas, cubiertas de pegatinas—Quiero dártelas, para que siempre me lleves conmigo.  —Sigo pensando que estas botas son algo feas—dijo Clara, mientras las risas nos invadían—Pero es el mejor regalo que puedes darme—me abrazo—Nunca te olvidare—Y a consiguiente, fue ahí, cuando Clara dijo—Siempre estaré ahí para ti.  Sus palabras se guardaron dentro de mi corazón, atesorándolas por completo. Esa fue la primera vez que escuchaba aquella frase tan elaborada, ser dirigida para mí y solo para mí. En aquel momento, lo sentí tan real. Tan genuino. Eran palabras importantes, y pude sentir el peso que tenían. Sin embargo, después de todo, solo éramos dos niñas de siete años de edad, que expresaban palabras, sin saber la profundidad que estas tenían. Los años pasaron, y él siempre estaré para ti, fueron palabras que se disolvieron con el tiempo, al nunca haber recibido ni una sola llamada de Clara. O peor aún, al nunca jamas haberla vuelto a ver. Mis padres tampoco supieron absolutamente nada de la familia de Clara. Era extraño. Pero supongo que siempre supe qué aquello ocurriría.  La extrañé, a ella y a mis botas amarillas, hasta que cumplí los ocho años de edad, y finalmente, pude seguir con mi vida.  Tuve una bonita infancia.  La infancia. Un refugio para el alma. Un refugio que la protege de la realidad de la vida. Donde todo es más colorido, más alegre. Donde todo es más sencillo, más monótono. Y la monotonía, siendo parte en la etapa de la infancia, es perfectamente bien recibida.  
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