IV. Susurros en la penumbra

1435 Words
IV Susurros en la penumbra Amara despertó con un sobresalto, jadeando, como si su cuerpo hubiera sido arrancado de un sueño profundo y lanzado de nuevo a la realidad. Pero algo era diferente. La habitación que la rodeaba no era su dormitorio, aunque las paredes parecían hechas del mismo tipo de piedra antigua que había visto en las catedrales góticas durante su infancia. Todo estaba envuelto en una penumbra cálida, interrumpida por la luz parpadeante de velas suspendidas en candelabros que flotaban en el aire. El aire tenía un aroma espeso, una mezcla de incienso y algo más… algo metálico. Se incorporó lentamente, sintiendo el peso de una tela extraña sobre su piel. Ya no llevaba la ropa con la que había caído dormida. En su lugar, un vestido n***o de mangas largas y bordados en hilos plateados cubría su cuerpo, ajustándose con precisión a su figura curvilínea como si hubiera sido diseñado a la medida de su cuerpo. El silencio en la habitación no era natural. Era un vacío pesado, un eco que no encontraba paredes en las que rebotar. Apenas se movió, sintió un leve cosquilleo recorrer su nuca, como si alguien la estuviera observando desde algún rincón oculto. Su mirada recorrió el lugar, buscando la fuente de aquella sensación. La tenue iluminación revelaba estanterías llenas de libros encuadernados en cuero, mesillas con frascos de cristal que contenían sustancias de colores imposibles y un gran espejo ovalado en la pared opuesta. Pero lo que más le inquietó fue la puerta. No había ninguna. El libro seguía en sus manos, pesado como si contuviera más que simples palabras. Pero ahora estaba abierto en una página diferente, una que ella no recordaba haber alcanzado. La tinta brillaba como si estuviera fresca, y las palabras se formaban lentamente, apareciendo ante sus ojos: “La entrega ha comenzado, y con ella, las sombras han despertado de su letargo. Cada paso que des te alejará más de lo que fuiste, arrastrándote hacia un destino que ya no te pertenece. El camino no tiene retorno, pues una vez que cruzas el umbral, aquello que aguarda en la penumbra reclama su deuda… y siempre cobra con creces.” El mensaje desapareció tan rápido como había aparecido, dejando el papel en blanco. Amara sintió un escalofrío recorrer su espalda. Levantó la vista y se dio cuenta de que la habitación no estaba vacía. En el centro, un hombre la observaba con una mezcla de curiosidad y desdén. Su figura era alta y esbelta, envuelta en un abrigo oscuro que parecía absorber la luz de las velas. Su rostro era tan perfecto que casi dolía mirarlo, pero había algo en él que la perturbaba, una intensidad que rozaba lo inhumano. —Amara. Dijo, y su voz resonó como un eco, profunda y melodiosa. —Por fin nos encontramos. Ella apretó el libro contra su pecho, dando un paso atrás. Su mente luchaba por procesar lo que estaba sucediendo. —¿Quién eres? ¿Qué es este lugar? preguntó, tratando de mantener la calma en su voz. El hombre sonrió, y la sonrisa era peligrosa, una promesa de secretos que no deberían ser revelados. —Soy el eco de las sombras que llamaste, la respuesta a tus susurros al abismo. Éste es el umbral, Amara. Un espacio entre lo que conoces y lo que estás por descubrir. Amara sintió que su respiración se aceleraba. Recordó las palabras de Madame Celeste: “Las sombras no solo te seguirán; te reclamarán”. Ahora entendía lo que significaban. —No quiero ser reclamada Dijo, apretando la mandíbula. —Solo quiero respuestas. El hombre inclinó ligeramente la cabeza, como si evaluara su determinación. —Las respuestas tienen un precio, y ya has comenzado a pagarlo. Pero el conocimiento que buscas no puede obtenerse sin abrirte completamente al poder que reside aquí. —¿Qué poder? Replicó ella, sintiendo que una chispa de valentía se encendía en su interior. El hombre extendió una mano, y el libro que Amara sostenía comenzó a temblar. Las páginas se volvieron como hojas en un vendaval, deteniéndose en una ilustración que mostraba un símbolo intrincado rodeado de runas antiguas. —El poder de la conexión entre mundos respondió él. Este símbolo te guiará hacia el siguiente paso. Pero ten cuidado, Amara. Cada decisión te acercará más a lo que deseas, y también a aquello que temes. Ella miró el símbolo, sintiéndose extrañamente atraída por él. Sin embargo, una parte de ella luchaba contra ese impulso, consciente de que estaba jugando con fuerzas que no comprendía. —¿Y tú qué ganas con esto? Preguntó, alzando la vista para enfrentar su mirada. La sonrisa del hombre se ensanchó, y por un momento, sus ojos brillaron con un destello carmesí. —Yo soy parte del abismo, Amara. Lo que tú encuentres también me fortalecerá. Pero no te equivoques; mi existencia no depende de tu éxito. Éste es tu viaje, no el mío. Amara sintió un peso invisible sobre sus hombros, como si cada palabra del hombre anclara más su destino, envolviéndola en un lazo que no podría desatar. Su respiración se volvió más lenta, consciente de que lo que estaba a punto de hacer marcaría un antes y un después. Con un movimiento lento, cerró el libro, sintiendo la vibración casi imperceptible de su cubierta bajo sus dedos, como si el objeto mismo poseyera una energía latente, expectante. Dio un paso hacia él, y el suelo bajo sus pies pareció estremecerse levemente, como si la realidad misma reconociera su elección. La sombra del hombre se alargó a su encuentro, absorbiendo la tenue luz de las velas, mientras una sonrisa enigmática se dibujaba en su rostro. Amara supo, en lo más profundo de su ser, que no había vuelta atrás. —Dime qué tengo que hacer. El hombre asintió, satisfecho. —El símbolo que has visto debe ser dibujado en el suelo de la habitación donde lo todo comenzó. Usa estas. Dijo, extendiendo la mano para entregarle un pequeño saquito de terciopelo n***o. El aroma a hierbas y ceniza escapó de él cuando Amara lo tomó. —Al completarlo, el siguiente portal se abrirá. Pero recuerda, Amara: la energía que desates será tan fuerte como tus deseos. Ella cerró los dedos alrededor del saquito, sintiendo una mezcla de temor y determinación. El hombre dio un paso hacia atrás, y la oscuridad comenzó a envolverlo. —Nos volveremos a ver. Dijo, antes de desaparecer por completo. La habitación quedó en silencio, excepto por el leve crujido de las velas, cuyos destellos titilaban como si respondieran a una presencia invisible. Amara se permitió un momento para recuperar el aliento, sintiendo el peso de la decisión que acababa de tomar hundirse en su pecho como una piedra arrojada a aguas profundas. La atmósfera a su alrededor parecía cargada de una energía densa, expectante, como si algo —o alguien— estuviera observándola desde las sombras. Sabía que el camino que había elegido estaba plagado de riesgos, que cada paso la alejaba más de la seguridad de su antigua vida, pero también estaba claro que no había marcha atrás. Algo, en lo más profundo de su ser, le susurraba que la rueda ya había comenzado a girar… y que el destino no esperaría por ella. Salió de la habitación con el libro y el saquito en la mano, cada paso resonando en el pasillo como un eco de las elecciones que había hecho. Las tablas del suelo crujían bajo sus pies, como si la casa misma reaccionara a su presencia, a su carga. El aire estaba impregnado de un aroma a madera envejecida y cera derretida, una fragancia que parecía susurrarle secretos en un idioma que no lograba comprender. Mientras la penumbra la envolvía una vez más, las sombras parecían moverse a su alrededor, no como una amenaza, sino como si la reconocieran, como si la aceptaran como una de las suyas. Una única idea ocupaba su mente: estaba dispuesta a enfrentarlo todo, incluso a las sombras que ahora parecían formar parte de ella. Sentía que algo en su interior había cambiado, como si la oscuridad que tanto había temido durante años finalmente hubiera encontrado un hogar en su alma, llenándola de una extraña mezcla de fuerza y vulnerabilidad. Con cada paso, el peso del libro en su mano no era solo físico; era el recordatorio constante de lo que había comenzado, de lo que no podía deshacer. Amara sabía que el camino hacia las respuestas que buscaba sería arduo, pero por primera vez en mucho tiempo, el miedo no la detuvo. En cambio, la impulsó hacia adelante.
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