III. El susurro de las sombras

1182 Words
III El susurro de las sombras Amara regresó a su apartamento esa noche con el libro apretado contra su pecho, como si al sostenerlo pudiera contener las preguntas que revoloteaban en su mente. La ciudad dormía bajo una capa de niebla, y el eco de sus pasos en las calles empedradas era su única compañía. Cada esquina que doblaba parecía envuelta en sombras que se alargaban y torcían, casi burlándose de ella. Pero no había marcha atrás. Madame Celeste había dejado claro que el precio por la duda era incluso más alto que el de la valentía. Cuando llegó a su edificio, la puerta de hierro rechinó al abrirse, un sonido que pareció más fuerte de lo normal en el silencio de la madrugada. Subió las escaleras de dos en dos, sintiendo un escalofrío recorrer su espalda, como si algo invisible la siguiera. No era la primera vez que tenía esa sensación desde que puso los ojos en aquel libro. Dentro de su apartamento, la sensación de opresión no desapareció. Encendió una vela en la mesa del comedor, permitiendo que la tenue luz iluminara las páginas del tomo. El aire en la habitación se volvió más denso, cargado de un aroma extraño, mezcla de papel antiguo y algo que no podía identificar. Con manos temblorosas, deslizó los dedos por la cubierta, sintiendo la textura áspera del cuero desgastado. Abrió el libro con cautela, y al hacerlo, una corriente de aire pareció atravesar la habitación, apagando la llama de la vela por un breve instante. Amara tragó saliva. No era solo un libro. Era un umbral. Y ella estaba a punto de cruzarlo. Su habitación, pequeña y apenas iluminada por un par de velas gastadas, la recibió con el mismo aire de soledad que había aprendido a aceptar. Colocó el libro sobre su escritorio, evitando mirarlo directamente, como si al hacerlo pudiera desatar algo que aún no estaba preparada para enfrentar. Se sirvió una copa de vino, esperando que el líquido rubí calmara el temblor en sus manos. Pero ni siquiera el calor del alcohol logró apaciguar el frío que había arraigado en su pecho. La voz de Celeste resonaba en su mente. “Decide qué sacrificarás.” Amara cerró los ojos, permitiendo que los recuerdos la invadieran. Su infancia en una pequeña villa al norte de Inglaterra, los rostros borrosos de sus padres, siempre ocupados con su interminable trabajo en la iglesia local. La fe lo había sido todo para ellos, pero para Amara, la devoción había sido una jaula dorada. Tal vez por eso había huido. Por eso había buscado respuestas en lugares donde otros temían mirar. Al abrir los ojos, el libro seguía allí, inmutable. Las palabras de su cubierta, grabadas en relieve, brillaban tenuemente bajo la luz de las velas. Con un suspiro profundo, Amara se acercó y deslizó los dedos sobre la superficie. Una sensación de calor y frialdad simultánea la recorrió, y supo que no podía posponerlo más. Cuando abrió la primera página, el aire en la habitación pareció cambiar, volviéndose más denso, más pesado, como si un par de ojos invisibles se hubieran posado sobre ella. Las velas parpadearon, proyectando sombras danzantes en las paredes, pero una de ellas, en la esquina más oscura, no se movía como las demás. Se alargó sutilmente, retorciéndose con una lentitud inquietante, como si algo en su interior estuviera despertando después de un largo letargo. Las palabras en la página no eran solo tinta sobre papel; parecían latir con una energía propia, vibrando en un susurro silencioso que se filtraba en su mente. Amara sintió un escalofrío recorrerle la espalda, un impulso primitivo que le instaba a cerrar el libro de inmediato. Pero la curiosidad—o quizás algo más—la sostuvo en su lugar. Sus labios se entreabrieron, y su respiración se tornó entrecortada. Cada letra parecía pulsar, llamándola, exigiendo ser pronunciada. Con un hilo de voz, insegura pero incapaz de resistirse, dejó escapar la primera sílaba. En ese instante, la sombra de la esquina se crispó y el silencio de la habitación se rompió con un susurro que no provenía de su boca, sino de las páginas mismas. “Aquello que ofreces al abismo nunca se pierde, sino que regresa a ti transformado, multiplicado en formas que escapan a la razón. Pero ten cuidado, pues el abismo no distingue entre sacrificios y errores, y lo que devuelve suele ser más oscuro, más voraz… y nunca como lo esperas.” Un escalofrío recorrió su espalda, pero Amara no retrocedió. Lentamente, pronunció las palabras, y el ambiente a su alrededor se volvió pesado, cargado de electricidad. Las sombras comenzaron a moverse con vida propia, arremolinándose alrededor del libro como un remolino oscuro. De repente, una voz, suave, pero cargada de un poder inmenso, llenó la habitación. —Amara… ¿Estás dispuesta a entregarlo todo? Ella tragó saliva, su corazón latiendo con una mezcla de miedo y anticipación, cada latido resonando como un tambor dentro de su pecho. Las sombras parecían acercarse, apretando el aire a su alrededor, como si esperaran ansiosas el siguiente paso. Sus manos temblaban sobre las páginas abiertas, sintiendo la textura áspera del papel viejo bajo sus dedos. Una parte de ella gritaba que se detuviera, que cerrara el libro y se alejara antes de que fuera demasiado tarde. Pero la otra… la otra ardía de curiosidad, de un deseo irracional y primitivo por saber qué había más allá de lo prohibido. Sabía que estaba cruzando un límite que no podría deshacer, una frontera invisible que separaba lo común de lo desconocido, lo seguro de lo insondable. Su mente le advertía del peligro, pero su alma, o lo que fuera que la impulsaba en ese momento, ansiaba seguir adelante. Algo la llamaba, algo la reclamaba desde lo más profundo de esas palabras olvidadas. Cerró los ojos y susurró, con la voz entrecortada por el temblor de sus labios, el conjuro escrito en la página. Apenas la última sílaba abandonó su boca, la habitación pareció contener el aliento. Las velas se extinguieron de golpe, sumiéndola en una oscuridad tan espesa que parecía cobrar forma. Un escalofrío recorrió su columna cuando un susurro ajeno, grave y gutural, repitió sus palabras en la penumbra. No estaba sola. Algo la había escuchado. Y ahora, algo respondía. —Estoy lista. La oscuridad la envolvió por completo, como un manto tangible que apagaba cada rastro de luz y sonido. El aire se volvió denso, cargado de un susurro imperceptible que rozaba su piel como un aliento helado. En ese momento, Amara supo que su vida nunca volvería a ser la misma, que había cruzado un umbral donde las reglas de su realidad se torcían en formas incomprensibles, guiándola hacia un destino tan seductor como aterrador. Una presencia latente parecía observarla desde las sombras, como si el propio vacío contuviera una conciencia antigua y paciente, aguardando el momento adecuado para revelarse. Sus latidos se convirtieron en un eco lejano dentro de aquel abismo silencioso, mientras una parte de ella, aquella que siempre había anhelado lo prohibido, entendía que ya no había marcha atrás.
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