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Yo era un agente de seguridad de la playa, sí, de los que patrullan la playa por si alguien se cae al agua accidentalmente.
Siempre hay hombres que fingen estar en el agua en la zona en la que estoy de servicio y aprovechan para tocarme cuando lo estoy pescando, ya sea en los muslos o en la barriga, y al último que me tocó los pechos directamente le di una patada en el “ding dong” y tuvo que devolverme el mordisco cuando llegó al suelo.
El gerente también dijo que esto es normal.
—Es normal que las mujeres sean tocadas dos veces.
Esas fueron sus palabras exactas.
¡Hoy renuncio!
¡Ya no puedo hacer este trabajo! ¡Intento salvar a gente inocente, no a estos hombres lascivos y desagradables!
El sol se ponía, y después de cien rondas de discusiones airadas con el gerente, me conformé con que se quedara sin palabras y me fuera a casa.
No podía dejar un muerto sin atender, así que el último día de mi corta carrera recogí a un hombre guapo de la playa.
El hombre era lo suficientemente honesto como para haberse atragantado varias veces. Me costó mucho despertarlo, pero no me dejó llevarlo al hospital, así que tuve que llevarlo a casa.
Tuve que ayudarle a desvestirse, de lo contrario se habría resfriado y habría perdido la temperatura.
Tuve que quitarle los pantalones por la vergüenza y, bueno... Eran bastante grandes...
Tiré la ropa en el baño y le di una manta para taparlo, y no se despertó hasta la medianoche.
Le toqué la frente y estaba muy caliente.
Sin poder evitarlo, saqué el medicamento antifebril que tenía en casa, lo sostuve en posición vertical y traté de dárselo, pero mantuvo la boca cerrada y frunció el ceño.
Le acaricié suavemente la cara.
—Oye, despierta, tienes fiebre y necesitas tomar tu medicina.
Seguía sin abrir la boca y su ceño permanecía fruncido.
—Frío —musitó.
Ah, bueno, la gente con fiebre es muy friolera, debería taparle más, aún es primavera.
Saqué varias mantas más y se las subí al cuello, dejando al descubierto sólo un leve rizo de pelo castaño, que no pude resistirme a tocar y me hizo sentir bien.
—Vamos, toma alguna medicina para curarte rápido —Lo engatusé en tono suave, sin saber de dónde era, pero soy paciente con los hombres guapos.
Finalmente movió los labios y tomó la medicina de mi mano y la tragó con agua. La palma de mi mano hacía cosquillas y sus labios eran tan suaves.
Estoy empezando a divagar de nuevo, ¡vamos! ¡Es sólo el salvaje que recogiste!
Bajé su cabeza, pero la frotó contra mí como para mostrar su gratitud. Su rostro era exquisito, con una nariz alta, labios finos, mandíbula afilada... El contraste entre sus rasgos, que parecían esculpidos, y los movimientos tan mimados que hacía en ese momento era demasiado grande.
—No me dejes...
Volvió a hablar.
¿No te dejan? ¿Qué pasa, no te estás quemando y aprovechando de mí, verdad? ¡Estás yendo demasiado lejos! ¿Por qué sigues sosteniendo mi mano?
—No me dejes... Mamá... Estaré bien... Mamá... No te vayas...
Sus largas pestañas se agitaron ligeramente y su aspecto era otro tipo de vulnerabilidad.
¿Me tomó por su madre?
Este momento me hizo pensar en mi madre, que murió en un accidente de coche hace tres años, y la punta de mi nariz cosquilleó un poco. Yo solía tirar de mi madre cuando estaba enferma y no me sentía bien. Su mirada me hizo empatizar un poco, le acaricié suavemente la cabeza, le volví a dar una palmadita en la espalda y le respondí:
—No me voy, no me voy, duérmete ya.
Su respiración se calmó poco a poco y sus manos se aflojaron, pero seguía aferrado a mí.
Eran ya las dos de la madrugada y estaba sentada en el suelo, exhausta, con la mano todavía cogida por un hombre extraño.