Capitulo 3

625 Words
Sangre y fuego La noche siguiente, el sueño regresó. Lyra corría descalza bajo la luna, sus pies golpeaban la tierra húmeda, su corazón latía al ritmo de un tambor salvaje. No sabía a dónde iba, pero lo sentía: alguien la llamaba. Una voz profunda, grave, le hablaba sin palabras. Algo entre un rugido y un susurro. “Ven a mí.” Detrás de ella, un bosque ardía. Fuego blanco, como de luna, consumía los árboles sin hacer ruido. Pero no tenía miedo. El fuego no la quemaba. La envolvía. La marcaba. Y en medio de las llamas, lo vio. Aquel hombre de ojos dorados. Permanecía en silencio, con el pecho desnudo y la piel cubierta de marcas antiguas. No se movía, pero su mirada la atravesaba como una lanza. Cuando extendió la mano hacia ella, Lyra la tomó sin dudar. Y entonces despertó. Se incorporó de golpe, empapada en sudor, con el corazón a punto de explotar. Afuera, el viento golpeaba la ventana con fuerza. El reloj marcaba las tres de la madrugada. No podía respirar. Se llevó la mano al pecho. Sentía el calor ahí, donde él la había tocado en el sueño. Era una quemadura invisible. Una huella. La misma voz volvía en su mente: “Ven a mí.” Al otro lado del bosque, Rhydian aullaba. No como hombre. Como lobo. Sus patas golpeaban la tierra con furia, arrancando raíces, despedazando ramas, liberando la tensión que su cuerpo ya no podía contener. Desde el encuentro con Lyra, el lobo dentro de él no descansaba. No obedecía. Exigía estar con ella. La unión ha comenzado. Cada noche que pasaba, el lazo se fortalecía. Si no la reclamaba pronto, su cuerpo y su alma empezarían a romperse. Esa era la ley antigua. El regalo… y el castigo de la diosa. Thorne, su beta, lo esperaba en la cima del risco. —Te estás debilitando —dijo con seriedad. —Ella es mi mate —gruñó Rhydian, transformando lentamente sus garras de vuelta en manos humanas—. Lo sentí. —Y es humana —replicó Thorne, clavando sus ojos grises en él—. ¿Sabes lo que eso significa? —Sí. Thorne se acercó, bajando la voz. —La Luna Roja vendrá en menos de un mes. Si no la marcas, morirás. Y si lo haces… provocarás una guerra entre los clanes. Rhydian no respondió. Ya lo sabía. Y aún así, estaba dispuesto a arder por ella. En el pueblo, Lyra despertó con un grito. Su abuela, con rostro pálido, entró en la habitación. —¿Otra vez los sueños? —preguntó, ocultando el miedo tras la voz firme. Lyra asintió, con lágrimas en los ojos. —Abuela… ¿alguna vez soñaste con ser alguien más? ¿Como si algo dentro de ti estuviera… dormido? La anciana la miró con pesar. —No son sueños, niña. Son recuerdos. Sangre. Tu madre también los tenía, antes de desaparecer. Lyra se congeló. —¿Mi madre… soñaba con lobos? —Tu madre era uno. Silencio. El mundo de Lyra tembló. —¿Qué estás diciendo? La anciana se acercó. Tomó su rostro entre sus manos temblorosas. —No eres humana, Lyra. No del todo. La sangre de los licántropos corre por tus venas. Y ahora… te están llamando. Esa misma noche, Lyra volvió al bosque. No podía explicarlo. Solo… lo necesitaba. Como si algo más fuerte que su voluntad la arrastrara hacia el corazón de los árboles. Y allí, bajo el resplandor de la luna, él la esperaba. Rhydian. De pie, con los ojos encendidos, el pecho al descubierto, la respiración entrecortada. Ella se detuvo. Él no habló. Pero sus almas sí. Y cuando Lyra dio un paso hacia él, no hubo duda. Todo ardió.
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