Capitulo 4

598 Words
El primer lobo El aire temblaba entre ellos. Lyra estaba de pie frente a Rhydian, con el pecho agitado, los ojos fijos en los suyos, y un temblor recorriendo cada músculo. No era miedo. Era otra cosa. Algo salvaje. Algo antiguo. Rhydian no hablaba. No se movía. Pero todo su cuerpo irradiaba poder, calor y… anhelo. Era como si contuviera un océano a punto de romperse. La luna brillaba sobre ellos como una antorcha sagrada, observando, marcando. El momento había llegado. —¿Qué me estás haciendo? —susurró Lyra, con la voz quebrada. Rhydian tragó saliva. Su voz fue ronca, casi un gruñido: —No soy yo. Es la luna. Es tu sangre. Está despertando. —¿Mi sangre…? Él dio un paso hacia ella. Solo uno. Y fue suficiente para que el mundo entero cambiara. De pronto, Lyra cayó de rodillas. Un dolor agudo le atravesó el pecho. Gritó, llevando las manos a la tierra húmeda. Su espalda se arqueó. Sus huesos crujieron. Rhydian corrió hacia ella. —¡Lyra! Ella jadeaba. Su piel ardía como fuego. Sus ojos se volvieron completamente negros por un instante. Una energía brutal la rodeaba, como un aura que vibraba con furia. Su lobo… estaba intentando salir. —¡Deténlo! —gritó ella—. ¡Haz que pare! Rhydian cayó junto a ella. La sostuvo con firmeza. —No puedo. Pero estoy contigo. No te dejaré. Ella temblaba. El corazón le latía tan rápido que parecía que se le iba a romper el pecho. Sus uñas se alargaron. Su piel se cubrió de venas oscuras. Y por un segundo eterno… rugió. Un rugido puro. Instintivo. Su primer rugido como loba. Y en ese instante, la transformación se detuvo. No llegó a completarse. Solo una pequeña parte se reveló. Pero fue suficiente. Lyra cayó inconsciente en los brazos de Rhydian. Horas después, en la cueva sagrada de la manada Sköll, Rhydian observaba el cuerpo dormido de Lyra junto al fuego. Estaba pálida, pero viva. Thorne, su beta, la miraba con preocupación. —No había visto un despertar tan brutal desde los hijos del Lobo n***o. —Ella no es una loba común —dijo Rhydian, con los ojos fijos en ella—. Su sangre… canta. —Y canta en dos idiomas —dijo Thorne con gravedad—. Mitad humana, mitad alfa. Eso la hace poderosa… o peligrosa. —La hace mía. Thorne no discutió. Sabía que discutir con un lobo enamorado era como gritarle al viento. —¿Qué harás cuando el Consejo lo descubra? Rhydian cerró los ojos. —Lo que tenga que hacer. Pero no la dejaré. Cuando Lyra despertó, sintió el calor del fuego, el olor a tierra y madera, y el cuerpo de Rhydian cerca. Lo vio sentado, con el rostro serio, pero con los ojos encendidos de preocupación. —¿Qué me está pasando? —murmuró. —Estás despertando, Lyra. Tu lobo está dentro de ti. Siempre ha estado. Solo dormía. Ella se incorporó lentamente. Le dolía todo el cuerpo, pero más que eso… sentía algo nuevo. Un poder reptando bajo su piel. —¿Y tú qué eres…? Rhydian la miró a los ojos. —Soy lo mismo que tú. Solo que yo ya lo sé. —¿Y qué es eso? Él se acercó. Le tomó la mano, con cuidado, como si temiera romperla. —Somos licántropos. Somos hijos de la luna. Y tú… tú eres mi mate. Lyra lo miró, atónita. Y algo dentro de ella, algo más profundo que el miedo o la lógica, susurró: “Lo sé.”
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