Capítulo 5 – El precio de un contrato
Elena llegó a su casa con el cuerpo exhausto y el alma hecha trizas. El chófer de ese hombre la había alcanzado, dejándola frente a la puerta como si fuese una pasajera cualquiera, cuando en realidad cargaba encima la marca invisible de una noche que jamás olvidaría. Las pocas horas que había dormido en el lujoso apartamento de Alejandro no habían sido descanso, sino un paréntesis incómodo, una pausa impuesta en medio del caos, un recuerdo que se había grabado en su piel como un tatuaje que no había pedido.
La puerta rechinó al abrirse y, antes de que pudiera dejar el bolso sobre la mesa, la voz alterada de su madre la alcanzó desde la cocina.
—¡Elena! Tenemos un problema.
Ese tono nunca traía buenas noticias. Caminó apresurada, con el corazón encogido, y la encontró sentada frente a la mesa, con los codos hundidos en la madera y las manos tapando un rostro arrasado por las lágrimas. Frente a ella estaba su hermano menor, con los ojos bajos y la piel pálida como el papel.
—¿Qué pasó ahora? —preguntó Elena, intentando sonar firme aunque su voz llevaba un temblor que no pudo ocultar.
Su madre levantó la mirada enrojecida por el llanto.
—Tu hermano… firmó como aval en un préstamo. Cien mil dólares.
Elena sintió que la sangre se le helaba.
—¿Qué?
Su hermano, incapaz de sostenerle la mirada, murmuró:
—Era para un amigo… me juró que lo devolvería.
—¿Un amigo? —La voz de Elena se quebró entre incredulidad y rabia—. ¿Un amigo que ahora qué? ¿Desapareció?
Él asintió, con la vergüenza hundiéndolo más en la silla.
—Los prestamistas vinieron hoy. Dijeron que si en tres días no está el dinero… se quedan con la casa.
Elena se dejó caer en la silla. El aire le faltaba. La casa… el último refugio de su familia, lo único que tenían, su techo, sus recuerdos, cada sacrificio de su madre convertido en ladrillos que ahora corrían peligro de ser arrebatados.
—¿Cuánto tenemos? —preguntó con la poca calma que pudo reunir.
Su madre extendió un sobre con billetes arrugados y unos papeles.
—He reunido todos mis ahorros. Son cuarenta mil.
Elena los contó con manos temblorosas. No alcanzaba, ni siquiera para cubrir la mitad. Ni aunque trabajara de sol a sol en diez empleos distintos llegaría a esa suma en tan poco tiempo.
El silencio pesó en la cocina. Solo se oía el reloj marcando segundos crueles, cada tic-tac como un martillo golpeando su sien.
De pronto, un pensamiento atravesó su mente como una ráfaga: Alejandro Varela. Su propuesta de trabajo, que ella había rechazado por orgullo, por dignidad, por el simple hecho de no querer deberle nada. Recordó sus palabras:
“Piénsalo y respóndeme mañana.”
No quería. Lo detestaba. Representaba todo lo que había aprendido a rechazar: arrogancia, frialdad, superioridad. Pero también representaba algo que ahora mismo su familia necesitaba desesperadamente: dinero.
Elena levantó la cabeza y, con voz firme aunque el corazón le temblaba como una hoja, dijo:
—Déjenmelo a mí.
Al día siguiente, Elena se vistió con su mejor traje profesional. No era nuevo, pero lo planchó con cuidado hasta borrar cada arruga. Ató su cabello en un recogido sencillo, se colocó los lentes de montura al aire que enmarcaban sus ojos verdes, y se miró en el espejo.
—Hoy no eres la mujer que lloró en un hotel. Hoy eres la repostera que va a salvar a su familia —se dijo en voz baja, como si esas palabras fueran un conjuro para sostenerse en pie.
El restaurante Varela la recibió con su elegancia intimidante. Cada detalle, desde la música suave hasta el aroma de pan recién horneado, parecía recordarle que allí estaba en territorio ajeno. Los uniformes impecables de los camareros, las luces cálidas, las mesas pulcras: todo le gritaba que ese no era su mundo… y, sin embargo, debía conquistarlo.
La condujeron hasta el despacho del dueño. Alejandro Varela estaba sentado detrás de un escritorio de madera oscura, revisando papeles con la concentración de un depredador que mide a su presa. Al verla entrar, levantó la mirada y esa media sonrisa arrogante apareció en sus labios.
—Sabía que volverías.
Elena apretó los puños.
—Estoy aquí por el trabajo, nada más.
—Claro —respondió él, con un tono cargado de ironía, como si no le creyera en lo absoluto.
Le extendió un contrato. Elena lo leyó línea por línea, con la respiración entrecortada. Era un empleo como jefa de repostería, con un salario justo, beneficios… todo en regla. Tomó el bolígrafo y firmó.
Alejandro se puso de pie y extendió la mano.
—Bienvenida a mi restaurante. Espero que el futuro sea dulce.
Elena estrechó su mano, pero no la soltó de inmediato. Sus ojos verdes brillaban con una preocupación que no pudo ocultar.
—Necesito pedirle algo.
Alejandro arqueó una ceja.
—¿Qué cosa?
—Un adelanto del sueldo.
—¿Cuánto?
Elena respiró hondo, sintiendo la vergüenza clavarle las uñas en la piel.
—Un año completo.
El silencio llenó la oficina como un humo espeso. Alejandro la observó con calma peligrosa, como si intentara leer su alma. Y luego sonrió, esa sonrisa que no era de bondad sino de estrategia.
—Eso es posible —dijo con voz grave, pausada—. Pero hay una condición.
Elena se tensó.
—¿Cuál?
Alejandro rodeó el escritorio y se detuvo frente a ella, demasiado cerca. Su sombra la envolvió.
—Un romance contractual. Serás mi novia de conveniencia.
Elena lo miró con incredulidad.
—¿Está loco?
—Quizá. Pero mi madre está empeñada en casarme con la hija de algún magnate. Y tú… —la señaló con un gesto sutil, como si estuviera eligiendo un ingrediente para una receta— eres perfecta para arruinar sus planes.
—No —respondió ella, con firmeza—. No soy un adorno para exhibir en sus cenas.
Él no se inmutó.
—Entonces, te pagaré lo estipulado en el contrato. Ni un dólar más.
Elena sintió que el piso se desmoronaba bajo sus pies. Tres días. Ese era todo el tiempo que tenía antes de que los prestamistas arrebataran su casa.
Salió del despacho con el contrato firmado y el corazón encogido. Quiso convencerse de que lo resolvería de otra manera. Quiso creer que el dinero aparecería de algún lado. Pero al volver a casa y ver a su madre apagada, a su hermano hundido en la culpa, y a la amenaza de perderlo todo, entendió que no había escapatoria.
La tercera noche, Elena no durmió. Se sentó frente a la mesa con el contrato, lo leyó otra vez, repasó cada palabra como si buscara un resquicio, una cláusula oculta que le evitara lo inevitable. El reflejo de su rostro en el vidrio de la ventana la observaba con dureza, como un juez silencioso.
Finalmente, tomó el teléfono y marcó el número que Alejandro había grabado en su celular.
—Acepto —dijo apenas él contestó, con la voz ronca de madrugada.
Hubo un silencio al otro lado, y luego la voz grave de Alejandro.
—Sabía que lo harías. Bienvenida a nuestro contrato de amor.
Elena cerró los ojos. No era amor. Era un trato frío, una transacción desesperada. Pero también era la única manera de salvar a su familia.
Aunque su orgullo gritaba que estaba firmando su propia condena, el eco de la deuda y el miedo a perder su hogar fueron más fuertes que nada.
Al día siguiente, Elena se presentó en el restaurante con el corazón en la garganta. Alejandro la esperaba en el vestíbulo, impecable en su traje oscuro. La miró con un brillo en los ojos que ella no supo descifrar, una mezcla de triunfo y curiosidad.
—A partir de hoy —dijo, acercándose con paso seguro— eres mi pastelera… y mi novia.
Elena tragó saliva, recordando las palabras que él mismo había usado días atrás.
—Esto es solo un contrato.
Alejandro sonrió, ladeando los labios con esa expresión enigmática que tanto la irritaba.
—Ya veremos.
Ella no respondió. Se ajustó los lentes, respiró hondo y se adentró en la cocina, sabiendo que había cruzado un umbral del que ya no podría volver atrás. Cada cuchara, cada batidor, cada horno encendido sería testigo de un juego peligroso: el precio de salvar a los suyos era entregarse a un contrato que podía costarle mucho más que dinero.