Capítulo 8 – El eco de un té amargo Manuela Morel de Varela sostenía la taza de porcelana con la misma elegancia que la había acompañado toda su vida. El té humeaba suavemente, liberando un delicado perfume a jazmín que impregnaba el aire de la estancia. Sentada en uno de los sillones de brocado marfil, contemplaba los ventanales abiertos que dejaban entrar la luz del atardecer. Afuera, el jardín ofrecía su habitual espectáculo de perfección: magnolias en flor, rosales intensos y setos recortados con precisión milimétrica. En esa casa nada era casual, nada escapaba al orden; era el reflejo de su propia existencia, marcada por la disciplina, el prestigio y la dignidad. Aquella tarde, una llamada trastocó la calma. Una amiga íntima, esposa de un empresario influyente, le había confiado u

