2 – Sombras del pasado

1402 Words
Capítulo 2 – Sombras del pasado El cristal aún se siente en mi piel. Han pasado tres años desde aquella noche y, sin embargo, cada vez que cierro los ojos, vuelvo a oír el chirrido desesperado de los frenos, el impacto seco que sacudió mi mundo y los gritos que se apagaron en un instante. Era diciembre también, un mes que para muchos representa fiestas, brindis y promesas de renovación, pero que para mí quedó marcado como la frontera entre dos vidas distintas. En aquel entonces volvía de una reunión con mi hermano mayor, Julián, y su esposa, Mariana. Ellos reían en el asiento delantero, hablando de planes para el verano, con la naturalidad de quienes creen que siempre habrá más tiempo. Yo conducía distraído, pensando en el menú de la próxima temporada en el restaurante, anotando mentalmente combinaciones, sabores y técnicas que quería ensayar. El sonido de sus risas me envolvía, cálido, familiar, y jamás habría imaginado que serían las últimas que escucharía. Mariana se giró hacia mí, con esa sonrisa amplia que siempre llevaba como un estandarte, para contarme algo sobre Dylan, su bebé de apenas tres meses. Su voz alegre flotaba en el aire del automóvil, llenando cada rincón con una ternura que se quedó suspendida en mi memoria, como una fotografía que jamás perderá color. Después, el vacío. Un camión que no respetó el semáforo irrumpió en nuestra ruta como una sombra brutal. Las luces rojas se deshicieron en un golpe que me robó el aliento. El vidrio explotó como si miles de estrellas se hicieran añicos sobre nosotros. El chirrido metálico, el olor a combustible, el crujido de la carrocería plegándose como papel… cada detalle sigue allí, impreso en mis sentidos con la crueldad de lo imborrable. Cuando desperté lo hice en un hospital, rodeado de un silencio tan denso que supe, incluso antes de escuchar la noticia, que mi hermano y mi cuñada ya no estaban. Yo había sobrevivido. Ellos no. Y mi cuerpo, mi pierna izquierda, tampoco volvería a ser el mismo. La prótesis llegó después de semanas interminables de operaciones, dolor físico y noches donde la oscuridad pesaba más que la gravedad. Aprendí a caminar otra vez, a mantener el porte, a ocultar la cicatriz bajo los pantalones de diseñador que nunca dejé de usar. Ante los ojos del mundo, yo seguía siendo Alejandro Varela, el chef con estrella Michelin, el hombre que construía fama a partir del sabor. Sin embargo, en mi interior, me descubría convertido en un náufrago, un hombre amputado en cuerpo y en espíritu, condenado a cargar con la culpa de haber sobrevivido donde ellos murieron. En ese tiempo oscuro solo hubo una luz: Renata. Mi novia de toda la vida, la que conocía cada rincón de mi historia, la que había prometido acompañarme incluso en el dolor. Durante semanas la necesité más que al aire, me aferré a su presencia como quien se sostiene de una tabla en medio de un mar embravecido. Pero ella… me dejó. —Lo siento, Alejandro —me dijo una tarde en el hospital, con la voz temblorosa y una maleta en la mano—. No puedo con esto. Voy a Estados Unidos. Necesito estudiar, empezar de nuevo. No hubo discusión, ni súplicas, ni siquiera la dignidad de una despedida verdadera. Solo la certeza fría de que se marchaba. En aquel momento, todavía con muletas, con la pierna entumecida y la mente hecha jirones, gasté lo que no tenía para buscarla. Dinero, tiempo, contactos, favores. Escudriñé universidades, llamé a conocidos, seguí cada rastro como un hombre que se niega a aceptar la derrota. Nunca la encontré. Era como si la tierra misma se la hubiera tragado, o peor, como si se hubiera borrado de mi vida con la facilidad de quien cierra una puerta y tira la llave sin mirar atrás. Ese día comprendí que el amor era una mentira que no podía darme el lujo de volver a probar. Tres años después, me había convertido en lo que todos esperaban de mí: el hombre de hierro detrás del restaurante Varela, la mente fría que sostenía la estrella Michelin en una ciudad donde pocos lo lograban. El apellido era peso, orgullo y condena. Mi madre lo llevaba como un blasón y, semana tras semana, se empeñaba en recordarme que, como heredero, debía asegurar mi linaje. Citas a ciegas organizadas como si fueran reuniones de negocios, compromisos ridículos disfrazados de cenas íntimas, hijas de magnates y empresarios que desfilaban frente a mí como muñecas de porcelana con sonrisas ensayadas y apellidos inflados. Los vestidos caros, los perfumes exclusivos, las palabras repetidas una y otra vez. Ninguna me interesaba, ninguna tocaba ese sitio secreto donde aún ardía la cicatriz de Renata. Esa víspera de Navidad volví a ceder. Me encontré en el lobby del hotel con la hija de un magnate hotelero. Alta, rubia, con un vestido rojo ajustado que parecía más diseñado para una pasarela que para una cena íntima. Se presentó con una sonrisa ensayada y una lista de temas memorizados: viajes, inversiones, alianzas. Yo apenas asentía, tomando sorbos de whisky con la indiferencia de quien escucha un informe financiero. Por dentro, sentía el mismo cansancio de siempre: la fatiga de ser un escaparate, el muñeco que mi madre exhibía ante las familias poderosas para sellar pactos disfrazados de matrimonio. La joven hablaba con entusiasmo forzado, moviendo las manos con un histrionismo calculado, pero mis oídos ya no la seguían. En algún punto, sus palabras comenzaron a sonar huecas, como un eco que se pierde en una habitación vacía. Entonces, un golpe sordo en el pasillo me arrancó de mi letargo. Giré la cabeza y vi la escena que habría de marcarlo todo: una mujer en el suelo, con el maquillaje corrido y los ojos incendiados de lágrimas, mientras un hombre frente a ella la despreciaba con un gesto cruel y unas palabras que fueron más hirientes que cualquier bofetada. —Sí te amé, pero ese amor ya se acabó… Además, mírate. Estás más gorda, te has descuidado. Ya no eres la mujer que conocí. Aquellas palabras resonaron en el aire como un eco de algo que yo también conocía: el abandono en el momento más vulnerable. No supe por qué, pero no pude dejar de mirarla. El dolor de esa desconocida me atrapó como un imán, como si en sus lágrimas reconociera mi propia herida. La hija del magnate notó mi indiferencia y se enfureció. Exigió atención con un tono irritante y, al no obtenerla, me arrojó agua en la cara antes de marcharse con un portazo. No reaccioné. El agua fría fue apenas un contraste con el calor extraño que sentía en el pecho al observar aquella escena. La mujer —voluptuosa, de cabello castaño con reflejos dorados— no era solo un fantasma abatido en medio del lujo. Había algo más en ella. Lo confirmé segundos después, cuando se incorporó con los ojos encendidos y me devolvió la mirada con una dignidad que desafiaba al mundo. Abrí la boca dispuesto a lanzarle un comentario sarcástico, uno de esos que solía usar como coraza para mantener lejos a cualquiera. Sin embargo, no llegué a terminarlo. La respuesta me la dio de la manera más inesperada: demostró lo que era la dignidad de un gesto salvaje, estampando un pastel entero contra mi rostro. La crema fría resbaló por mi barba, el chocolate manchó mi traje, y el silencio del lobby se quebró en carcajadas ahogadas y murmullos incrédulos. Lo lógico habría sido enfurecerme. Cualquier otro hombre en mi lugar habría explotado, habría exigido disculpas o castigos. Yo no. Me quedé inmóvil, sorprendido, y lo único que se dibujó en mi rostro fue una sonrisa que hacía años no se atrevía a aparecer. —Interesante… —murmuré, saboreando el dulzor del chocolate. Porque esa mujer desconocida, en medio de su humillación y su furia, había mostrado más carácter que todas las muñecas de porcelana que mi madre me había puesto en frente. Tenía fuego en los ojos, temple en la voz y una valentía que contrastaba con la fragilidad evidente de su maquillaje corrido. Era un torbellino y, al mismo tiempo, un recordatorio cruel de lo que yo había perdido y de lo que, quizá, aún podía volver a sentir. Aunque todavía no lo sabía, aquella pastelera que me había estampado la dignidad en la cara terminaría cambiando cada una de mis reglas.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD